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Faro de Vigo

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Historias irrepetibles

Il cuore di Roma

Giacomo Losi, que ayudó cuando era un niño a sus padres en la Resistencia antifascista, fue el primer jugador que levantó un trofeo europeo para la Roma

Losi corre con la Copa de Ferias tras imponerse al Birmingham. AS Roma / FDV

Giacomo Losi creció en una casa donde el nombre de Benito Mussolini provocaba un odio extremo. Su padre era portero y su madre trabajaba como hilandera en Soncino, la localidad de la provincia de Cremona donde establecieron su residencia. Ambos eran acérrimos militantes antifascistas y nunca tuvieron dudas a la hora de tomar partido. Giacomo solo tenía cinco años cuando la Italia fascista entró en la Segunda Guerra Mundial del lado de Alemania. Durante parte de su infancia le tocó lidiar con la angustia de la guerra. Todo ello mezclado con la inocencia de un niño. Losi recuerda que él y sus amigos llamaban “Pippo” a los bombarderos aliados que trataban de destruir los puentes que había cerca de Soncino. Durante los meses de calor los niños pasaban buena parte del día en el río y cuando escuchaban la alarma que hacían sonar desde la torre del pueblo salían corriendo a los refugios que había bajo las murallas. Una especie de juego macabro. En unos segundos pasaban de la alegría y la despreocupación que acompañaban los inocentes chapuzones en el agua a la angustia de verse metido en una cueva rodeado por los suyos mientras esperaban que “Pippo” se alejase lo antes posible.

En 1943, aún en plena guerra, en la comarca donde vivía comenzó a articularse un movimiento de Resistencia. Allí estaban sus padres, gente de profundas convicciones. Giacomo Losi, que solo tenía ocho años, también se prestó a ayudarles. Pequeñas tareas pero que le hubieran generado un problema en caso de que alguno de los fascistas de Soncino le hubiese descubierto. Se dedicaba a robar pan que luego llevarían a los partisanos que se escondían en la montaña y también le encargaban trasladar munición de un lado a otro en su bicicleta.

Losi y su familia vivieron con infinita felicidad la liberación de Italia que les devolvió, solo en parte, la paz en su día a día. Ya podían pensar en otras cosas, hacer planes y tener sueños. Tampoco resultaba sencillo en un país que había quedado seriamente dañado y cuya recuperación iba a ser muy complicada. A Giacomo ese periodo de reconstrucción de finales de los años cuarenta le llegó durante su adolescencia. Como casi todos los niños italianos amaba el deporte y tenía como grandes referencia a Fausto Coppi y al Gran Torino, base de la selección italiana, que desaparecía trágicamente en el accidente de avión en la Basílica de Superga. Esa noche, como buena parte de los italianos, Losi lloró de forma desconsolada cuando escuchó la noticia por la radio.

Losi no era el mejor de su equipo, pero sí el que mejor comunicaba con la grada

Aunque durante un tiempo se planteó probar suerte en el mundo del ciclismo fue finalmente el fútbol el que se impuso en ese duelo. Comenzó jugando en el Soncinese, de su pueblo, como delantero. Posteriormente se fue al Cremonese con el que fue subiendo de categoría hasta que llegó a la C. Fue en ese momento, en 1954, cuando le comunicaron que había sido traspasado a cambio de 500.000 liras. Tenía entonces veinte años. Y no sabía dónde iba. Se presentó en la estación del tren con una maleta y fue en ese momento cuando supo que su destino era la Roma. El Inter, con el que había jugado un torneo amistoso a modo de prueba, le había rechazado finalmente. El conjunto de la capital no hacía mucho que había vivido su primer y único descenso a la Serie B que pudieron solucionar gracias a un rápido ascenso. Había demasiada inestabilidad en el club y las dudas de los aficionados acerca del equipo eran permanentes. También se daba la circunstancia de que acababan de trasladarse a jugar sus partidos al estadio olímpico y eso generó cierta desafección entre la hinchada. Era un recinto más grande, pero más frío, con el que tardaron en conectar. Ese es el ambiente que se encontró Giacomo Losi cuando pisó el vestuario romano. Gipo Viani, el entrenador de aquel tiempo, tomó la decisión de retrasarlo. Ya en Cremona había ocupado diferentes posiciones y alejándose del área rival que era donde comenzó su vida futbolística. Viani le veía algo pequeño, rápido y buen cabeceador. Pensó que haría una gran función como lateral derecho y allí le situó. Durante casi quince años aquel carril llevó su nombre. Losi se transformó en una pieza indispensable en el campo y en una voz imprescindible en el vestuario. Le sobraba personalidad y carácter entre otras cosas para enfrentarse a la directiva cuando se negaban a cumplir sus compromisos con los futbolistas. Porque no eran años sencillos para el club. Losi confesó en alguna ocasión que “yo viví en una Roma en permanente crisis. No conocí otra cosa durante los quince años que jugué con ellos”. En apenas cuatro años ya se había convertido en capitán. Por eso tuvo el honor de levantar el primer trofeo que la Roma conquistaba en mucho tiempo. Sucedió en 1961 en la Copa de Ferias. El equipo hizo una temporada decente, pero en ese torneo continental se sintió mucho más liberado. Aunque desde la directiva les llegaban mensajes restándole valor y se aconsejaba guardar fuerzas para los campeonatos domésticos, la plantilla vio en él una forma de reivindicarse. Y a por se fueron haciendo esfuerzos considerables. Losi por ejemplo tuvo que jugar un partido al día siguiente de haber debutado con la selección italiana. Cosas del calendario de aquel tiempo. Llegó al vestuario romano y el entrenador le preguntó si estaba en condiciones de jugar contra el Hibernian el partido de vuelta de las semifinales. “No me haga preguntas absurdas” le contestó Losi. La Roma llegó a la final ante el Birmingham y tras un empate a dos goles en Inglaterra conquistaron el torneo tras ganar 2-0 en su estadio. Fue el día que los aficionados olvidaron para siempre el traslado relativamente reciente de estadio. Esa tarde el olímpico adquirió la personalidad y el ambiente del que ya nunca se despojaría. Giacomo Losi pasó a la historia por ser el primer jugador de la Roma que levantaba un trofeo europeo.

Unos meses después de aquello vino uno de esos acontecimientos que marcan una carrera. En enero de 1961, durante un partido ante la Sampdoria, Losi se lesionó. Estaba cojo perdido, pero como no había sustituciones posibles se quedó en el campo haciendo lo que buenamente podía. El partido estaba empatado y no estaba dispuesto a dejarles en aquella situación. En los últimos minutos, en un saque de esquina a favor, de entre la nube de jugadores que trataban de alcanzar la pelota, apareció la cabeza de Giocomo Losi para darle la victoria. Uno de los dos goles que anotó en catorce años para su equipo en Liga. La gente enloqueció con él. Aquel día le bautizaron como “Il cuore di Roma”, el apodo que ya le acompañaría para siempre. No se trataba de fútbol porque en el equipo de los años sesenta hubo en el equipo jugadores de indudable calidad. Era otra cosa. Losi respondía de forma fiel a lo que los aficionados creían que debía ser un jugador de la Roma. Y por eso se rindieron a él.

La Roma de los años sesenta ganó dos trofeos de campeón de Copa que Losi se encargó de levantar al cielo como capitán de la escuadra. El segundo, en 1969, llegó con Helenio Herrera como entrenador, con quien no acabó de congeniar. Ese día, disfrutando de la felicidad de sus compañeros y de la ciudad, Losi decidió que era el momento perfecto para marcharse. Tenía 34 años y durante catorce años había defendido de manera orgullosa al club. Había lidiado con momentos de apuro, con crisis deportivas, con impagos a los jugadores… pero también pudo disfrutar de la felicidad de la victoria, del orgullo de representar a Italia en el Mundial de 1962 y de pequeños placeres más personales como el de conocer a Di Stéfano. Giacomo Losi se marchó de la Roma como el futbolista que más veces defendió su camiseta en la historia. Tardaron en batir su récord. Lo hicieron casi cuarenta años después Francesco Totti y Daniele De Rossi. Esta semana también dejó de ser el único jugador de la Roma en toda la historia que había levantado un trofeo europeo. A sus 86 años “Il cuore di Roma” sonreía feliz en su casa.

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