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Balonmano - Liga Asobal

Qué Gayo es: cuando el balonmano se lleva en los genes

Martín, en O Vao, flanqueado por sus padres, Marga Rodríguez y Carlos Gayo

Martín, en O Vao, flanqueado por sus padres, Marga Rodríguez y Carlos Gayo Pablo Hernández Gamarra

Martín Gayo comenzó a jugar a balonmano en el Seis do Nadal cuando su hermano, Jorge, casi dos años mayor, pasó al instituto. Ambos habían probado antes natación, atletismo, judo, fútbol, bádminton...

Martín, recién renovado por el Frigoríficos, prolonga junto a su hermano Jorge, del Seis do Nadal, la saga de su padre Carlos, su tío Fran y su madre Marga Rodríguez

–Tenéis que elegir un deporte que os guste. Podéis probar balonmano –les propuso su madre, Marga Rodríguez, que reconoce: “No lo tenían muy claro”.

“A Martín le enganchó enseguida. A Jorge le costó un poco más. Luego, encantadísimos de la vida y ya se quedaron”, relata Marga. Hubo un instante, sin embargo, en que Martín dudó. Aunque menor, se entrenaba con el equipo de su hermano por comodidad. En el Seis lo convocaron para un partido de su propia categoría. Martín anotó 20 goles. Mientras la grada lo jaleaba, aquel pequeño de 9 años le gritaba enfadado a sus padres:

–Yo no vuelvo, me aburro.

Incluso el presidente del Seis do Nadal, Antón Piñeiro, les recomendó:

–No lo traigáis nunca más aquí; que juegue con los mayores.

“Él tenía un concepto distinto que sus compañeros”, explica Marga. “Le encantaba hacer pases y probar cosas nuevas, como las roscas o el lanzamiento fuerte-flojo. Realmente meter goles le aburría. La gente lo miraba pensando que no era normal”.

Martín Gayo es normal a la vez que excepcional. El balonmano no lo sacia, pese al disgusto de aquel día. Es él mismo, lateral derecho recién renovado por el Frigoríficos del Morrazo, pero también el legatario de un clan incrustado en el corazón del balonmano gallego. Su madre, la pionera Marga, jugó en el Citroën. Su padre, el legendario Carlos, brilló en Teucro y Octavio. A su tío, el llorado Fran, también teucrista, lo truncó la carretera en la flor del juego y la existencia, antes de que Martín naciera. Su hermano Jorge, pivote del Seis do Nadal y especialista en balonmano playa, comparte con él la herencia.

Fue hace dos temporadas cuando el Balonmán Cangas reclutó a Martín, que desde los 16 años se había instalado en el equipo de Primera Nacional del Seis do Nadal. El aterrizaje en Asobal no le ha resultado sencillo al joven, que hoy tiene 20. Primero, la pandemia; después, una tendinitis rotuliana que desde febrero lo ha mortificado. “Puedes jugar cinco minutos y el dolor va aumentando hasta un punto que no aguantas”, describe Martín. “No es una lesión grave, pero he tenido que forzar. No he podido rendir al cien por cien”.

El Frigoríficos, pese a esas dificultades, ha confirmado su apuesta por él con un contrato hasta 2023. El vigués ya ha experimentado mejoría. También ha modificado su enfoque. Marga lo detalla: “Física y técnicamente tiene aptitudes. Necesita que le den minutos, como todos los jóvenes, y que tenga suerte, que amueble bien la cabeza. Se lo está tomando en serio y le animamos”. Martín se ha puesto este verano en manos del preparador físico Joan Rodríguez. “Está feliz, madruga sin problemas, ha cambiado la alimentación...”.

“Yo agradezco mucho esa prueba de confianza”, reconoce Martín respecto a su renovación por el Frigoríficos, a cuyo éxito ha colaborado. “No sé cómo se hace lo de la permanencia en Cangas, pero siempre se consigue”. Un milagro redoblado esta vez por las restricciones de público que han reducido el impacto que suele tener O Gatañal. La plantilla que gestiona Nacho Moyano ha sabido explotar otros recursos: “Normalmente se juega mejor en casa que fuera. Este año ha sido al revés”.

Martín es perfectamente consciente del pasado balonmanístico de sus padres y de su tío (“hablamos de él; dicen que era muy bueno”). Jamás se ha sentido presionado. “El balonmano me resulta natural. Probé varios deportes y fue el que más me gustó”, asegura. “De pequeño mi padre me daba más consejos, pero ahora me deja a mi aire. Su carrera me motiva. Quiero superarlo, llegar más lejos. Que pueda o no se verá en años”.

Lateral completo (“no destaco en nada, ni lanzo fuerte ni finto rápido, pero sé hacer de todo”), posee un amplio margen de crecimiento y el atrevimiento de asomarse a lo que tal vez le demande su ambición. Marga y Carlos, que trabaja en un banco y se retiró al poco de nacer Jorge, no disfrutaron de un balonmano plenamente profesional. Martín solo conoce, de momento, el balonmano depauperado que quedó tras la crisis de 2008. “Ojalá fuese como en Francia o Alemania. Aquí es difícil ganar dinero, salvo que te fiche el Barcelona”, lamenta el lateral, que acepta la posibilidad de emigrar si finalmente explotan sus cualidades: “Me tendré que ir”. Lo acompañarán, en tal caso, el amor y la estirpe.

Despertar, gloria y tragedia del balonmano gallego

La historia del balonmano gallego está codificada en los genes de Martín; su despertar, su gloria, su tragedia. Sobre todo, la pasión que anida en este rincón ibérico gracias a no se sabe bien qué sortilegio. Marga aviva esos rescoldos y se entusiasma: “Es un deporte precioso, dinámico, con la dosis justa de agresividad. Gana mucho más en la cancha que por la tele. Tengo amigos a los que he llevado a ver a Martín y han flipado”. Ese mismo pasmo lo provocaron Marga y sus compañeras, auténticas pioneras. El balonmano, como el bádminton o el balonvolea devenido en voleibol, lo introdujo en Vigo Luis Miró en tiempos de postguerra, en su variedad original de once contra once. Ya de siete contra siete, en los sesenta cuajaron el Vulcano y el Octavio. Para las mujeres no resultó tan sencillo. En los ochenta reclamaron su sitio. Marga, que también había probado atletismo, fútbol y baloncesto, pasó directamente de escolares al Skol y desde allí, en desembarco generacional, al Citroën, donde asombraron. Marga jugaba de extremo derecho, siendo diestra. “Tiraba rectificando y era ágil”, menciona. “Cuando nosotras lo dejamos, el balonmano femenino quedó algo descolgado. Ahora parece que ha resurgido”. Compara épocas: “Técnicamente se ha mejorado mucho, aunque falta lanzamiento lejano. La gente en mi época sí tiraba”. Los Gayo, por su parte, descollaron en el tiempo de asentar el balonmano masculino. Teixeira apadrinó a ambos desde prebenjamines en el Santa Cristina. A Fran Gayo lo dirigió en el Lalín; a los dos hermanos, en Mercantil y Teucro. Militaban de azul aquel 8 de febrero de 1989 en que Fran, que había empezado a trabajar de visitador médico, sufrió el accidente de coche que le costó la vida. Un suceso que conmocionó a todo el deporte gallego. Su hermano Carlos lloró y se echó el Teucro a la espalda. Después se iría al Octavio, aquel mágico de Lvov, Nesterov, Valenzuela, Orge o Muiños, que perdió la final copera de 1995 con el Teka. “Fran era central. Carlos, lateral izquierdo, aunque en el Octavio jugó a veces de extremo, pivote... En la cantera siempre jugaba una o dos categorías por encima. Técnica y tácticamente ha sido uno de los mejores jugadores que ha habido en la provicia”, indica Teixeira sobre Carlos y se emociona al recordar a Fran, cuya novia, Aurora, es madrina de su hijo Adrián. “Su muerte fue un golpe duro”.

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