Iago Aspas conoce como nadie los rincones imposibles de las porterías. Es un delineante que ejerce de futbolista, especialista en anotar esos goles con los que ya nadie cuenta, que el común de los mortales ya ha descartado. Pierde la esperanza el aficionado, se relaja el defensa convencido de que Aspas ha desaprovechado sus opciones y, de repente, saca el tiro imposible, preciso como el disparo de un francotirador: justo al único rincón de la portería inaccesible para el meta. Le sucedió hace dos semanas al Espanyol; se repitió ayer en Girona. Dos porteros preguntándose cómo había sido posible mientras Iago se agarra el escudo clavado como una estaca en mitad del campo. El moañés desniveló gracias a un ramalazo de su ingenio en el arranque del segundo tiempo la visita del Celta a Montilivi y permitió a los vigueses cosechar la primera victoria del curso. Aliento para un momento en el que surgían, de forma algo precipitada, las primeras dudas sobre el futuro del equipo esta temporada. Pero Iago es como el ángel de la guarda del Celta, siempre puntual para alejar temores e inquietudes.

Más allá del embrujo del moañés a la hora de resolver la jugada clave, el gol hizo justicia a un notable Celta. Superior al voluntarioso Girona que para su desgracia no tiene futbolistas diferenciales en su plantel y que casi siempre jugó a merced del conjunto de Coudet. Sobre todo cuando Oscar Rodríguez se decidió a entrar en el partido poco antes de la primera media hora de juego. Hasta ese momento el Celta había demostrado lo complicado que lo tiene para generar peligro con futbolistas en su alineación como Cervi, Beltrán o Tapia. Inofensivos para el rival, insistentes hasta el agotamiento en el pase horizontal. Sin verticalidad ni electricidad el fútbol es una interminable película de cine francés al que solo le faltan las declaraciones de amor. El Celta había juntado en la alineación por primera vez a Aspas con Carles Pérez, pero vivían en una isla sin nadie que fuese capaz de hacerles llegar el balón en unas mínimas condiciones higiénicas. Nadie filtraba y así la defensa del Girona, bien pertrechada, lo tenía fácil. Pero llegó Oscar y la situación cambió de forma radical. Para ello tuvo Coudet que devolverle a la izquierda y concederle libertad para moverse en el balcón del área, donde es una verdadera amenaza. El talaverano encontró caminos, puso mano a mano a Cervi con el portero, fabricó una ocasión en una excursión por la línea de fondo, pero sobre todo cambió la tendencia anodina de un partido que no iba en ninguna dirección. Después de escuchar su nombre asociado con demasiada regularidad al de Denis por fin disfrutó de sus primeros momentos de cierta plenitud en el Celta. Un disparo de Carles Pérez, que demostró que tarda en armar la pierna izquierda un suspiro, fue la otra ocasión de la que disfrutaron los vigueses en ese esperanzador final de la primera parte.

Solo faltaba Iago por activarse del todo. El Girona perseguía al moañés de forma insistente y no dudaba en derribarle para impedir que se encontrase con situaciones de peligro cerca de su área. Pero en el primer ataque del segundo tiempo ocurrió lo inevitable. Carles Pérez ganó un balón con inteligencia a su marcador y habilitó con rapidez a Iago que atacaba la zona izquierda del área del Girona. Su control pareció mejorable porque le obligó a cambiar la dirección de su carrera y quedarse en una situación complicada para sacar un simple remate, demasiado perpendicular a la portería. Pero Iago resolvió la acción con un disparo que se fue directo al palo para poner al Celta por delante, una obra maestra, de esas que no llaman excesivamente la atención pero de una complejidad gigante.

El golpe fue descomunal para el Girona que trató de encontrar en el banquillo alguna clase de solución. Quien la encontró sin embargo fue Coudet. Se lesionó Renato Tapia y el técnico le dio media hora bastante comprometida a Gabri Veiga. El canterano se metió el partido en el bolsillo con el oficio de un veterano. No perdió la pelota, estuvo siempre donde debía, ayudó en defensa, corrió para atrás (eso que tanto gusta a su entrenador) y dio la sensación de llevar una vida entera jugando partidos así. Su presencia en el primer equipo va a ser una constante esta temporada y mucho más viendo la madurez de ayer. En esa tarea tuvo una ayuda inestimable en la figura de Solari, un jugador con oficio que recibe en ocasiones los palos que le corresponden a otros. El argentino le dio un extra al Celta en el trabajo de presión y fue esencial para que el Girona no tuviese forma de meterle mano al Celta. Lo intentaron con balones aéreos, pero en esos casos siempre estuvieron en su sitio Aidoo y Unai Núñez, otra de las buenas noticias en el arranque de temporada. Los centrales mejoraron de forma considerable el partido de sus laterales, mucho más dispersos e imprecisos.

Al Celta le faltó en ese tramo del partido disfrutar de una renta algo mayor, tener un poco de veneno extra para liquidar al Girona y evitar el clásico temor a una desgracia en el descuento como ocurrió el día del Espanyol. Pudo resolver Paciencia que salió al campo en los últimos minutos y no acertó en un remate franco después de una contra conducida de forma ejemplar por Gabri Veiga. Su error quedó en simple anécdota porque el Celta defendió con orden los desesperados intentos del equipo catalán por igualar el partido y respiró aliviado tras lograr la primera victoria de la temporada, esa que a veces cuesta demasiado trabajo conseguir. Un triunfo sobre el que edificar en el futuro y una razón más para ponerle una calle, una avenida, una plaza, lo que sea, a Iago Aspas.