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Agapito, vecino del Provincial

Su "familia" del hospital despide al hombre que vivió 79 años en el centro

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Trabajadores del Provincial acompañaron el cuerpo de Agapito Pazos. // Gustavo Santos
Trabajadores del Provincial acompañaron el cuerpo de Agapito Pazos. // Gustavo Santos 

Testarudo, colaborador, amante de las croquetas y el chocolate, un punto coqueto, tenía pavor a las gaviotas, no soportaba que le tocasen sus cosas. Son rasgos, todos ellos, que definían a Agapito Pazos Méndez, el octogenario que vivió 79 años de su vida en el Hospital Provincial, en cuyas puertas fue abandonado cuando era un niño de corta edad, según recordaban ayer emocionadas algunas de las trabajadoras del centro que lo trataron y cuidaron en algún momento de su vida. Una treintena le acompañado hasta su morada definitiva en el cementerio de San Mauro.

B.MÁRQUEZ - PONTEVEDRA Su mundo era el Hospital Provincial. Aquí vivió prácticamente toda su vida (desde los tres a los 82 años) y aquí murió. Y si alguien duda sobre cuál era su lugar, sólo hay que echarle una ojeada al padrón municipal: Agapito Pazos Méndez; domicilio: calle Loureiro Crespo, Hospital Provincial, habitación 415, cama 2. Pontevedra.
Agapito fue abandonado en un "caixón" a las puertas del centro hospitalario, entonces de beneficencia, recién estrenada la década de los años 30 del pasado siglo. Eran tiempos difíciles y un niño de tres años con espina bífida (el diagnóstico llegó más tarde) era una carga.
El pequeño, rememoraban ayer las conocedoras de su historia, tenías las extremidades inferiores y una superior atrofiada y nunca llegó a caminar. Sus problemas físicos no le impidieron, sin embargo, granjearse el afecto de quienes le recogieron y el cariño de sucesivas generaciones de monjas y trabajadoras sanitarias que lo trataron.
Era un "todo un personaje", apuntaba una auxiliar que lo atendió de manera continuada durante más de una década y "se dejaba querer, aunque tenía sus prontos" añadía una compañera que apenas estuvo con él unos meses.
En su juventud y hasta entrada la década de los años 70, Agapito tenía asignadas "obligaciones": era el encargado de guardar las llaves de la gaveta de los medicamentos y del almacén, explicaba el médico Fernando Filgueira, que conoció a Agapito cuando realizó sus primeras prácticas profesionales y que lo trató durante sus años de ejercicio y de dirección en el Provincial.
Sus tareas de "vigilancia" se prolongaron en el tiempo y se centraron en los numerosos enfermos que lo largo de casi ochenta años compartieron con él habitación, primero en salas corridas de veinte personas y posteriormente en la habitación doble que se convirtió en su "domicilio".
"Nos avisaba cuando los veía muy mal y nos decía que se iban a morir y en muchas ocasiones acertaba" evocaba en el tanatorio una de sus deudos, que también recordaba que "nos llamaba a gritos al oír y ver las gaviotas, les tenía pánico".
Viajes de ensueño
Un miedo que, sin embargo, no lo impidió definir como uno de los momentos más felices de su vida, el día que un auxiliar se lo llevó de excursión a la playa de A Lanzada para que conociese el mar. "Elías (así se llamaba este auxiliar) también lo llevó al aeropuerto".
Estas dos salidas constituyeron los "viajes" de su vida, ya que sus excursiones habituales (en silla de ruedas y convenientemente atado para que no se desplomase) tenían como horizontes el patio, el vestíbulo y los pasillos del hospital.
El paso del tiempo convirtió a Agapito en una parte indisoluble del Provincial, en una "institución" en palabras del médico Filgueira.
El paso del tiempo lo convirtió en un cascarrabias pero no impidió que siguiese queriendo a su "familia", con la que a veces se enfadaba – "era bastante testarudo"– pero con la que siempre se reconciliaba.
El chocolate era una buena arma de reconciliación "le pirraba", indicaba una de sus conocidas "y las croquetas le volvían loco" apuntaba su compañera.
Agapito descansa desde ayer en el cementerio municipal de San Mauro.

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