Madrid-Manila, el raid imposible

El 13 de mayo se cumplieron 90 años del aterrizaje en Filipinas de los pioneros de la aviación en España

15.05.2016 | 06:17
Gallarza y Loriga en la escala de Rangún, junto al combustible que les proporcionó la empresa Shell. Esteve no completó el vuelo. // Servicio Histórico del Ejército del Aire

Hace noventa años, dos pioneros de la aviación española aterrizaban en las islas Filipinas por primera vez. La ruta aérea, nunca antes explorada, fue una odisea de 39 días repleta de peligros y peripecias. Toda la patrulla, compuesta por tres pilotos y tres mecánicos, sobrevivió a la aventura, algo que a los aviadores ingleses de Egipto les parecío casi imposible en un viaje que calificaron de temerario.

El 13 de mayo de 1926, hace ahora noventa años, dos pioneros de la aviación aterrizaban en Filipinas en nombre de España. Era la primera vez en la Historia que se hacía el vuelo desde Madrid a Manila, después de recorrer más de 17.000 kilómetros en varias etapas. La patrulla, en su origen, estaba compuesta por tres aviones Breguet XIX (Elcano, Magallanes y Legazpi), con tres aviadores (González Gallarza, J. Loriga y Martínez Esteve) y tres mecánicos (Arozamena, Pérez y Calvo), que salieron de Madrid el 5 de abril. Los primeros pilotaban por el día y dormían por la noche, y los segundos trabajaban en las horas nocturnas y procuraban dormir durante las horas de vuelo. Todos ellos sobrevivieron, lo que a los aviadores ingleses de Egipto les pareció algo casi imposible en un viaje que calificaron de temerario. El raid hay que enmarcarlo en los vuelos pioneros para los posibles enlaces regulares entre Europa y Oriente que llevaron a cabo franceses (Pelletier d'Oisy) y portugueses (Brito Paes y Sarmento de Beires), quienes ayudaron generosamente a los españoles a preparar el viaje. La primera etapa (Madrid-Argel), el 5 de abril, la emprendieron en un día sereno y despejado. En la segunda, Argel-Trípoli, Esteve tuvo que tomar tierra de emergencia en Túnez. Por lo acordado previamente, en caso de avería en alguno de los tres aparatos, los otros continuarían hasta El Cairo para esperar un solo día al rezagado, porque había que llegar a la costa asiática la primera semana de mayo para evitar los monzones. Loriga y Gallarza, por una parte, y Esteve, por otra, realizaron las etapas siguientes hasta la capital de Egipto. Esteve tuvo un vuelo dantesco entre Túnez y Trípoli el 7 de abril. El mismo día, de Trípoli a Bengasi, Loriga y Gallarza también tuvieron un mal vuelo. Los tres volvieron a coincidir en El Cairo el 9 de abril. El día 11 se adentran en el peligroso desierto. Esteve y Calvo desconectan de sus compañeros "entre remolinos de areniscas y nubes". La brusca pérdida del combustible les obliga a aterrizar. Desgraciadamente no fueron encontrados por los británicos. Estuvieron cinco días sin comida, perdidos en el desierto, de los que nos han dejado un relato impresionante sobre la capacidad de supervivencia del ser humano. Los propios ingleses, acostumbrados al medio, se sorprendieron. Ambos se separaron accidentalmente. El mecánico fue encontrado extenuado: "Dispuso la Providencia que un aparato, por avería de motor, se viese forzado a tomar tierra a dos kilómetros del sitio donde él se encontraba". Esteve ya no continuó el viaje y, después de restablecerse, volvió a España.

Gallarza y Loriga siguieron el raid en etapas agotadoras. En la séptima, entre Bender Abbas-Karachi, el 14 de abril, para evitar el fuerte viento volaron "muy alto" (3.000 metros) y el sol los "tostaba". Al llegar a Karachi, un telegrama de la casa Shell, "que se ocupó de nosotros durante el largo camino" suministrando combustible y con apoyo logístico, les informó de que Esteve y Calvo estaban vivos. En Birmania y la Conchinchina, el avión de Loriga comenzó a sufrir paradas insólitas e incomprensibles. Después de varios aterrizajes forzosos, los mecánicos y pilotos vieron el origen de los problemas del avión de Loriga: "¡Eran los mosquitos! Una nube de estos insectos había penetrado en el carburador, por la campana de la admisión del aire, y obstruía la entrada de la gasolina. ¿Quién podía sospechar avería semejante?". La solución provisional fue cubrir el carburador con una fina tela metálica. El motor siguió dando problemas, por lo que en otra etapa tuvo que aterrizar en Hué, donde tuvieron graves problemas para comunicarse y aprovisionarse de combustible. A su vez, Gallarza se desvió del itinerario para huir de las altas montañas que amenazaban con un accidente ante la falta de visibilidad por las nubes. Por fin, en Saigón, Loriga y Gallarza volvieron a encontrarse. El 26 de abril, Gallarza tuvo también un accidentado vuelo de Saigón a Hanoi. Allí tuvieron que esperar tres días a que Arozamena, su mecánico, superase una tremenda inflamación bucal producida por el calor. El 1 de mayo emprendieron la que pensaban que iba a ser la penúltima etapa del viaje, entre Hanoi y Macao. Gallarza aterrizó en un campo de fútbol de Macao y sufrió un accidente al esquivar a la multitud que se abalanzó sobre el avión, que quedó maltrecho. La reparación duró varios días. Por otro lado, Loriga tuvo que tomar tierra en un arenal de la costa china, cerca de una aldea donde la población -algunos de ellos piratas del mar-, por una parte intentaba ayudar a los españoles y, por otra, trataba de obtener todo lo que pudiera de ellos. La astucia y el valor de Loriga les permitió salvar la vida, comunicarse con los chinos a través de dibujos y conseguir salir de allí para llegar hasta Macao en un barco de dudosa bandera. Las dificultades y desdichas continuaron durante días hasta que, con ayuda de los portugueses y de la Shell, lograron arreglar el avión de Gallarza en Macao. Montados sobre él, los dos pilotos llegaban, el 13 de mayo, a Manila.

En todas las poblaciones tuvieron calurosas recepciones y festejos de los aviadores locales, autoridades, colonia española y población en general. Estos recibimientos ganaron importancia a medida que el vuelo avanzaba, porque la prensa, especialmente en Europa y Asia, informaba de ellos de manera creciente. La empresa Shell también colaboró en su difusión. Pero nada como la llegada a Manila. Cuando el avión Legazpi -el único de los tres aparatos que salieron de Cuatro Vientos que llegó a Filipinas- paró sus motores en el campamento Nichols, "al instante -lo describen así-, como si una fuerza sobrehumana lo impulsara, quedó roto por mil sitios el cordón humano del aeródromo, y todo aquel pueblo, loco, frenético, presa del vértigo entusiasta, lanzose en precipitada carrera, rompiendo vallas y cuerdas en dirección a nuestro avión". A partir de este momento, fueron muchos los homenajes que recibieron del pueblo y las autoridades filipinas durante trece días y sus noches. El relato de los agasajos resulta casi más agotador que el largo viaje desde España. Un viaje que los pilotos recogieron en sus diarios de a bordo y que ha sido fundido en el libro El vuelo Madrid- Manila & Una aventura en el desierto, con los peligros, peripecias y alegrías experimentados por los aviadores.

Del artículo de Germán Rueda (Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Cantabria) publicado en el número 211 de la revista "La aventura de la historia". Para ler más: El vuelo Madrid-Manila & Aventura en el desierto. (Biblioteca del XX).

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