07 de noviembre de 2016

Calabacín, zanahorias y brécol

07.11.2016 | 01:11
Calabacín, zanahorias y brécol

Es indudable que la instalación de frigoríficos a bordo, de medios complementarios para la actividad que se desarrolle en cualquier departamento del barco, el disponer de lugares adecuados -no siempre los más idóneos, pero infinitamente mejores a los de hace 45 o 50 años- para la tripulación en la zona de habilitación, etc., han introducido en la vida del trabajador una serie de ventajas que incluso proporcionan más seguridad para la vida humana en la mar. Ahora, por ejemplo, nadie se puede ver obligado a realizar sus necesidades fisiológicas desde la cubierta y a favor del viento imperante (barlovento), o tener que recorrer toda la cubierta con el plato en una mano (como hacían los viejos marineros en los bacaladeros) mientras con la otra intentaban asirse a un cabo -modelo tranvía- para evitar caerse por la acción de las olas. Ahora, la tripulación de los pesqueros gallegos, al igual que las de otros buques del Estado español, disponen de duchas y, desde hace años, incluso de televisión y señal wifi y los marineros de teléfonos móviles que les permiten recibir o enviar llamadas en las que la intimidad puede ser casi absoluta cuando, hasta no hace demasiados años, la comunicación con la familia o con cualquier persona se efectuaba de modo que no solo los compañeros del barco podían enterarse de lo que se hablaba sino que, en muchas ocasiones, tales llamadas se emitían a través de la que se conocía como "radio costera" en una determinada frecuencia. Y, encima, había que pagar por esa llamada realizada.

Esta semana he podido comprobar que, a diferencia de aquellos viejos candrays que, desde el "Muro" coruñés -como desde el Berbés, en Vigo- arranchaban para unos cuantos días de mar y pesca en Gran Sol, (embarcaban jaulas y jaulas de vino (COES y Viñalar, sustancialmente), algunas botellas de coñac y aguardiente, carne salada, carne fresca (esta en menor cantidad) y patatas y cebollas), ahora, además de pan y leche, botes de café y cacao, llevan buenas cantidades de patata, cebolla, ajo, pimentón, azafrán, e importantes reservas e verduras y legumbres -nunca faltan los guisantes ni los garbanzos- con las que acompañar los platos de cada día, entre estos los elaborados con el pescado recién capturado.

A nadie sorprende en la actualidad ver cómo los calabacines, las zanahorias, las judías, el brécol, el repollo y, evidentemente la patata (¡qué sería del marinero sin una buena ración de patatas en una caldeirada que se precie y que los propios irlandeses han aprendido a cocinar como grandes expertos gracias a los gallegos?) forman parte de la dieta habitual a bordo, con un buen cocido para el fin de semana -o cuando se tercie- que es bien celebrado y altamente agradecido si, a la costilla, el lacón, la oreja, el tocino de hebra, el hocico o la "cachola" se la unen unos buenos chorizos que levanten el espíritu hasta el infinito y más allá.

Tampoco falta el vino, pero ya no en las cantidades que se consumían hace medio siglo. Ni las gotas de aguardiente (caña) para el café o una copita de este como complemento en el desayuno. El wisky no circula mal, pero lo hace más y mejor la cerveza en lata.

Se han mejorado notablemente las medidas de seguridad a bordo y cada tripulantes sabe -o debe saber- qué hacer en una circunstancia determinada. El marinero ya no es aquel individuo indocumentado que recurría al trabajo a bordo porque no estaba cualificado para hacer otra cosa. Hoy se exigen certificados, cursos de capacitación y la preparación necesaria para desempeñar el trabajo en un barco de pesca.

Definitivamente, sí han cambiado las cosas. Y más que deberán cambiar. Pero me ha llamado la atención comprobar que el brécol, el calabacín y las zanahorias no faltan en la cocina de un barco gallego, sea del día o un gransolero.

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