El vandalismo no es arte urbano

08.10.2016 | 02:11
El vandalismo no es arte urbano

Una oleada de arte urbano enriquece las ciudades europeas y en cuyo ámbito acaba de entrar la ciudad de Vigo. Esta fascinante creatividad del grafiti urbano combina estilos de pintura clásica, realismo, abstracción y surrealismo, utilizando las herramientas más callejeras: rodillo y spray. En un solo año, Vigo amaneció en medio de la expresión artística del muralismo de gran formato sobre aquellas paredes huérfanas del espacio público. El grafiti es un movimiento cultural diverso, constructivo y vandálico a la vez. Como el dios Jano, tiene dos rostros, el de la expresión sublime de los cánones académicos y el de la aparente resistencia cultural al sistema.

Pero no es lo mismo arte urbano que vandalismo. El vandalismo no es arte, no tiene sentido, no tiene belleza alguna, es una forma de violencia sin una comunicación social o artística expresada directamente. Hoy asistimos a un asedio de marranería y vandalismo que destruye la imagen pública de nuestro entorno. Hay grafitis vandálicos que lo único que hacen es destrozar el área urbana, haciendo más desagradable la ciudad. El vandalismo mina la propiedad pública, causa contaminación visual y algunos son usados por pandillas para marcar el territorio con símbolos plasmados en edificios, monumentos o mobiliario urbano.

El grafiti del arte urbano no debe ser confundido con la categoría del grafiti tipográfico y mucho menos con el vandalismo, cuya pretensión es mantener el caos gráfico organizado. En el último año los grafiteros metropolitanos son mucho más territoriales y agresivos. Aunque es cierto que la revalorización del grafiti artístico representa un rescate del significado de la calle como lugar de intercambio comunicativo, no todo vale en el espacio de todos. Las cristaleras rayadas con objetos punzantes se han convertido en una expresión de arte-vandálico repudiable, también los gritos tipográficos ilegibles en puertas comerciales.

Posiblemente Vigo sea una de las ciudades en la que exista un componente juvenil más organizado en la difusión grafitera del tag. Es abrumador el espacio público dedicado a estas firmas o acrónimos de un solo individuo o un grupo de personas, como inquietante el espíritu de competición en el número de grafitis al día. La adrenalina de aquellos tiempos de las pintadas políticas en la clandestinidad, se transformó en un asalto a la Ciudad, en el desafío a la estética y culto a lo clandestino con capucha y spray, para conseguir el trofeo que inmortalice su pieza en las redes sociales con la obsesión de marcar su nombre y su ego. Es posible que con una ordenanza de civismo la cultura del grafiti deje de ser un acto vandálico, integrado en un plan urbano específico. ¿Seguiremos aceptando el lado más vandálico del arte?

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