Sonia Villapol Salgado | Neurocientífica gallega en Houston

“Implantar sistemas de filtrado de aire cambiaría las enfermedades infecciosas”

“Tras la pandemia se percibe que los científicos tenemos una utilidad para la sociedad”

Sonia Villapol, con su libro.   | // Lavandeira Jr

Sonia Villapol, con su libro. | // Lavandeira Jr / Rafa López

Rafa López

Rafa López

Ha sido una de las científicas de referencia en la pandemia, y sus estudios sobre COVID persistente, microbiota y las secuelas neurológicas del coronavirus están a la vanguardia de la investigación. Sonia Villapol (Bretoña, A Pastoriza, Lugo, 1977), licenciada en Biología Molecular y doctora en Neurociencias, ha vuelto desde Houston, donde es jefa de laboratorio en el Centro Médico de Texas, para presentar por toda Galicia “Consciencia. A ciencia que nos rescatou da pandemia” (Xerais), un volumen divulgativo que no solo hace balance, sino que mira al futuro y explica cómo con lo aprendido afrontaremos mejor los desafíos del futuro. El próximo jueves 27 (20.00 horas) lo presentará en la librería Cartabón de Vigo.

–Insiste en que “la memoria es muy débil”. Si tuviera que transmitir una sola idea de la pandemia para que la población no la olvidase, ¿cuál sería?

–Para mí el mayor error ha sido, sin duda, el de no dejar clara la transmisión del virus en aerosoles. No sé si esto sigue siendo confuso para la población, pero la manera de protegerse y la información confusa que se planteó fue grave. Si algo hay que quedarse para las enfermedades respiratorias es que la transmisión a través del aire, en aerosoles, es más importante que por las gotas que caen al suelo o por superficies, que no tienen relevancia. Habría que implementar ese aprendizaje en edificios públicos, colegios... En Estados Unidos hay sistemas de filtrado en los techos de los colegios para renovar el aire. Esto cambiaría mucho las enfermedades infecciosas, sobre todo en la población infantil. No es algo en lo que yo investigué, pero debería quedar muy claro.

–Más allá del virus, que no se podrá erradicar, ¿qué nos va a quedar de la pandemia a largo plazo en cuanto a consecuencias médicas?

–Deberíamos enfocarnos en la COVID persistente. Hablando con colegas de España estos días no hay un registro fiable de personas afectadas, y me comentaron que las unidades de COVID persistente de los hospitales se cerraron. No sé qué sentido tiene no mantenerlas cuando hay mucha gente con problemas y surgen otros nuevos con raíz en el COVID. Me parece volver atrás.

–Han sido unidades vinculadas a neumología. ¿Tal vez deberían estar más vinculadas a neurología?

–Claro, es un problemón. Desde la distancia del mundo de la investigación al mundo más clínico veo la incredulidad por los síntomas de COVID persistente. No hacen un esfuerzo por entender un poco más. Los síntomas más importantes son los neurológicos. El lunes, en Santiago, vino una médica hematóloga desde Ourense a conocerme. Me había seguido en estos temas y el metaanálisis que publicamos en 2021 le cambió la vida. Se infectó en marzo o abril de 2020 y hasta marzo de este año no dejó la silla de ruedas. Tuvo afasia, pérdidas de memoria, no podía leer... multitud de síntomas. Y vino a la rueda de prensa en andador. Tiene 39 años.

–Vaya.

–Le frustraba que sus colegas, los médicos, no lo aceptaban como COVID persistente. Le decían que sería otro tipo de infección, algo raro asociado... Ella tenía todos los biomarcadores de COVID persistente: el dímero D, la ferritina... Y lo entendía, al ser médica. Sus colegas no lo consideran un problema de salud pública. Esto es lo que más frustra a los pacientes, que su problema no está reconocido y asociado a la COVID persistente.

–Tiene todavía una imagen de “enfermedad fantasma”, como en su día el síndrome de fatiga crónica y la fibromialgia.

–Es complicado por sus múltiples causas. En cada persona puede causarla una o más causas: inflamación crónica, daño en los tejidos, autoinmunidad... Al no haber buenos biomarcadores para determinar la causa, aunque se aplique otro tratamiento no va a ser efectivo en la sintomatología. Luego está la asociación de varios síntomas. El coronavirus es un virus distinto a otros tipos de virus, y los receptores celulares ACE2 están distribuidos por todos los tejidos, por lo que afecta de manera distinta a otras enfermedades. Además, no siempre están asociadas a la COVID persistente las comorbilidades de la fase aguda de la infección.

–Como la obesidad o la edad.

–Claro. Afecta más a mujeres, que son más propensas en un cierto porcentaje por el tema de la autoinmunidad. También hay predisposiciones genéticas. Deberíamos quedarnos con el mensaje de las vulnerabilidades de cada persona que hay que identificar, perfiles genéticos y de microbiota que determinan que la inflamación se agrave o dañe los tejidos. Espero que gracias a la investigación del COVID persistente se pase de la aplicación clínica a nivel convencional a buscar más la medicina de precisión o personalizada para un mejor tratamiento. La gente es diversa y no funciona lo mismo para todos.

–¿Se puede temer un aumento de enfermedades neurológicas, como el alzhéimer y el párkinson, como consecuencia de la pandemia?

–Desde que hice la tesis doctoral en Barcelona he estado estudiado los mecanismos de inflamación cerebral, que se puede asociar a muchas enfermedades. Hice toda la investigación aplicada a daños cerebrales e ictus, pero también a alzhéimer. El SARS-CoV-2 causa igualmente inflamación cerebral y no es fácil de eliminar. Acelera los procesos neurodegenerativos. Ya suponíamos que en los enfermos de alzhéimer el COVID iba a agravar el deterioro cognitivo, y hay estudios que lo demuestran. ¿Quizá aumente el riesgo de desarrollar más casos de alzhéimer? Probablemente sí. Es lo que ocurre cuando hay inflamación.

–Lo ha investigado en las contusiones cerebrales de los jugadores de fútbol americano.

–Los atletas jóvenes que tienen contusiones cerebrales tienen más riesgo de desarrollar párkinson temprano, con cuarenta y pico años, o patologías de salud mental, como depresión, porque aceleran los procesos neurodegenerativos. Conocemos los mecanismos. La beta amiloide se acumula después de la inflamación, aunque no cause daño neurodegenerativo, y con el tiempo puede formar placas. Ya se vio con otras enfermedades virales, como la gripe pandémica de 1918: aumentaron los casos de problemas neurológicos. Se sabe también que los herpesvirus aumentan la neurodegeneración y se demostró una asociación directa con la esclerosis múltiple [del virus de Epstein-Barr, un herpesvirus]. Se sospecha que el virus del COVID aumenta el riesgo de alzhéimer, pero transcurrirán años hasta que se pueda contabilizar de alguna manera.

–Ha investigado la conexión entre la microbiota intestinal y el cerebro. Al menos hasta hace poco se podía pensar que el cerebro es un órgano bien aislado de los microbios por la barrera hematoencefálica.

–Un dato a tener en cuenta en relación a muchas enfermedades es que hay un componente de inflamación periférica. No solo central, en el cerebro, que puede causar, por ejemplo, una hemorragia cerebral. Hay una inflamación que procede de la periferia. Cuando tenemos una enfermedad, nos hacemos muy mayores o tenemos alzhéimer, la barrera hematoencefálica se hace más frágil y permeable. Bacterias patógenas pueden agravar la inflamación. El componente de microbiota es muy importante para regular esta inflamación periférica. La interacción de las bacterias intestinales con las células intestinales inmunes (células T, B y dendríticas) puede regular el 70% de la inmunidad general de nuestro cuerpo.

–Es sorprendente.

–Hay muchos aspectos que no entendemos: por qué unos tratamientos de inmunoterapia para el cáncer funcionan y otros no. Hay componentes, como el viroma y el microbioma, que no se analizan y pueden estar alterados, afectando esa inmunidad general. Es un todo. El cerebro no está aislado del cuerpo. La microbiota y la inflamación sistémica son muy importantes y juegan un papel bidireccional. Hay 500 millones de neuronas en el intestino. Tenemos un segundo cerebro en los intestinos porque hay neuronas. Es algo inexplorado porque no disponíamos de las herramientas informáticas para analizarlo, y la secuenciación era carísima. Ahora podemos hacer metagenómica por cien dólares. Y la metagenómica no solo te aporta el nombre de las especies de bacterias, también información sobre su función real, qué puede estar alterado y qué puede ser un biomarcador. Va a ser revolucionario. En el futuro nos darán el análisis de nuestra microbiota, y, dependiendo de qué bacterias tengamos, nos reforzarán una u otra para que un medicamento funcione mejor. Será medicina individualizada para cada persona. Y todo se va a abaratar.

–¿Qué otras tecnologías y terapias ha impulsado la pandemia?

–La nanomedicina tiene que ser una herramienta de uso cotidiano. Por ejemplo, en traumatismos craneoencefálicos no hay tratamiento. Más de 300 ensayos clínicos fallaron tras tener datos preclínicos muy buenos con animales, también de mi laboratorio, pero, aunque los ratones son muy similares entre sí, los humanos somos muy diferentes. Hay que integrar la obesidad, la diabetes, si es mujer u hombre, distinta inmunidad, predisposiciones genéticas... La inteligencia artificial aplicada a la medicina pegó un bum muy importante en la pandemia y revolucionará la medicina. La gente tiene pudor al avance tecnológico, pero hay que tomarlo como una herramienta. En Houston hay colegas que trabajan en machine learning [aprendizaje automático]. El robot tiene que aprender a hacer las cirugías mejor, pero no va a suplantar al cirujano. Es la medicina de precisión aplicada en todos los campos. No hay que temerlo.

-Integró un grupo internacional de investigación del COVID que se formó de manera casi espontánea. En Estados Unidos han destacado científicos como Anthony Fauci y Peter Hotez, su “vecino” en Houston y habitual de la CNN y otros medios.

-Lo importante es que la información fiable llegue a la gente cuando lo necesita para protegerse. A Peter Hotez lo tengo justo enfrente de mi edificio y todos los días tiene gente delante con pancartas, antivacunas frente a su laboratorio. No sé cómo puede llevar ese ritmo de vida, da pánico ver hasta qué punto las “fake news” y los negacionistas, sobre todo en Estados Unidos, llevan al odio por los científicos. Hotez es un personaje público que está en las noticias y se arriesga mucho. Ya lo era antes por un libro que desvinculaba las vacunas del autismo (su hija tiene autismo). Hay que admirar cómo investigó, divulgó, y sacó de sus neveras una vacuna que se distribuye por India sin patente, libre. Es un ejemplo y lo nominaron para el Nobel de la Paz.

–¿La pandemia ha impulsado la comunicación entre los científicos y entre estos y la sociedad?

–Sí, ha cambiado la perspectiva. Parece que la población general sabe a qué nos dedicamos. Antes parecía que los científicos estaban en su mundo imaginario mirando probetas... Ahora se percibe que tenemos una utilidad para la sociedad y que las sociedades que tenían un avance científico pudieron salir más rápido y victoriosas de la crisis. El respaldo de la investigación en el pasado aceleró muchos procesos en la pandemia porque ya había investigación detrás, como ocurrió con las vacunas de ARNm. También hay sociedades muy distintas. En Galicia la ciencia se respeta muchísimo, y eso se ve en las tasas de vacunación superiores al 90%, algo impensable en Estados Unidos. No hay que quejarse sobre la credibilidad en la ciencia en Galicia y en España. Que a nivel político se nos apoye es otro tema.

–La cuestión de la ciencia ha brillado por su ausencia en los debates electorales.

–Parece que se les ha olvidado la pandemia. Como decíamos al principio, la memoria es muy débil y hay que poner todo por escrito para extraer un balance. Esa es la pretensión del libro. A ver si algún político lo lee.