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Habilidades sociales en tiempos de “nativos digitales”

Expertos constatan que la pandemia y el uso de dispositivos electrónicos hacen más patentes las dificultades a las que se enfrentan los jóvenes y adolescentes a la hora de relacionarse

Un grupo de jóvenes, con sus teléfonos móviles. | // GABRIEL BOIA

El ser humano es un animal social, necesita relacionarse por naturaleza, pero la forma en la que lo hace ha ido mutando con el paso del tiempo. Actualmente, tras una pandemia en la que el contacto social ha estado muy limitado y el uso, o abuso en algunos casos, de las nuevas tecnologías influyen en la forma en la que interactúan los jóvenes y adolescentes.

Las habilidades sociales son las capacidades de un individuo que le posibilitan y le facilitan poder interactuar con sus semejantes y comunicarse adecuadamente en diferentes contextos, sabiendo hacer uso de las reglas sociales. Algunos ejemplos serían la empatía (o saber ponerse en el lugar del otro), la asertividad (saber comunicar sentimientos sin herir al otro), la escucha activa (poner atención a lo que los demás nos comunican, saber pedir perdón, saber dar una opinión, etc.).

De este modo, la falta de habilidades sociales “produce consecuencias negativas de todos los tipos que abarcan todas las áreas relevantes de la vida de una persona”, advierte la psicóloga general sanitaria Paula Fdez Rodríguez, experta en adolescencia, trastornos de la conducta, aprendizaje y Tdah. “En el plano intrapersonal no saber relacionarse con otros, tener problemas constantes fruto de esta interacción deficiente puede producir sensación de rechazo, aislamiento, baja autoestima, ansiedad o depresión”, enumera.

Una niña navega por redes sociales desde la habitación de su casa. DAVID CASTRO

Cómo desarrollar de forma correcta dichas habilidades depende de muchos factores, pero en ningún caso debería realizarse de forma autodidacta. “Las personas inician su vida en el colegio y es ahí donde se desarrollan no solo a nivel académico, sino también a nivel personal. Pero, aunque cada vez más colegios muestran iniciativas particulares para el desarrollo de áreas tan importantes como la inteligencia emocional o las habilidades sociales, la educación todavía se sigue centrando su atención en el desarrollo académico sin profundizar apenas en el desarrollo personal”, sostiene la experta.

En el plano intrapersonal no saber relacionarse con otros, tener problemas constantes fruto de esta interacción deficiente puede producir sensación de rechazo, aislamiento, baja autoestima, ansiedad o depresión

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Para la psicóloga sanitaria, que es también directora del Gabinete de Psicología PersonalMind, “no puede ser que los profesores seamos meros comunicadores de conocimientos”. “Tenemos que romper este modelo tradicional de la educación y asumir el papel que verdaderamente nos corresponde: mostrarnos como modelos de humanidad vivos que vayan más allá de la materia para garantizar que los niños y adolescentes se desarrollan no solo como excelentes estudiantes, sino como excelentes personas. Porque vivimos en sociedad y de nada vale saber mucho si luego no sabes compartirlo.

Después del confinamiento, tras estar más tiempo encerrados, una de las preocupaciones era saber cómo podía afectar eso a su forma posterior de relacionarse. En ese contexto, la sanitaria es clara: “No creo que la pandemia haya supuesto un declive en el desarrollo de las habilidades sociales porque realmente ya estábamos mal en este aspecto inicialmente”, destaca.

En cuanto al trato con unos grupos u otros o a los métodos, “en la adolescencia siempre han cobrado más relevancia las relaciones con sus iguales que con su familia. Porque en la adolescencia las personas buscan diferenciarse y construir su propio yo; y, normalmente, el mundo adulto no les ofrece un feedback positivo a su construcción personal. Pero sus iguales sí. Además, sus iguales comparten sus intereses, gustos y aficiones y fruto de ello se genera un espacio más cómodo donde se sienten con más libertad de ser”, prosigue.

En cuanto a los métodos que usan para relacionarse, constata que “antes de la pandemia, las redes sociales y el mundo virtual ya eran el canal de comunicación favorito de los adolescentes. Con la pandemia han cobrado más protagonismo y además se han acostumbrado a estar más pendientes de ellas, ya que, durante el confinamiento, de alguna manera, todos y todas dependíamos de las redes sociales y de las nuevas tecnologías para continuar nuestras vidas”.

PAULA FDEZ RODRÍGUEZ - Psicóloga general sanitaria

“Los problemas de antes son más patentes ahora”

“No puede ser que la formación en habilidades sociales sea una cuestión autodidacta”, dice

La psicóloga Paula Fdez Rodríguez. Cedida

La psicóloga Paula Fdez Rodríguez pone el foco en la necesidad de “incluir en el currículo académico la inteligencia emocional y las habilidades sociales”. De hecho, ella misma, como subdirectora del campus politécnico Aceimar, introdujo este aprendizaje a sus alumnos de FP: “Está siendo un éxito”.

–¿Qué pautas se pueden establecer para que las habilidades se desarrollen de forma adecuada?  

–No hay una receta universal que pueda llevar a cabo una persona por sí misma. Yo creo que esto debe partir de la acción de las instituciones y los gobiernos. No puede ser que la formación en habilidades sociales sea una cuestión de aprendizaje autodidacta como se viene planteando desde el principio de nuestra historia. Deberíamos estandarizar esta formación e incluirla en el currículo y contar con profesionales expertos para formar a las personas en esta clase de cuestiones. Pero, por partir de algún punto, yo creo que es indispensable empezar formando a los niños y adolescentes en pensamiento crítico, escucha activa, asertividad y empatía.

–¿Ha cambiado la forma de relacionarse entre los adolescentes tras la pandemia?

–No es que haya habido cambios, simplemente los problemas de antes son más patentes ahora. La falta de comprensión hacia el mundo adolescente es una constante que se mantiene a lo largo de la historia de la humanidad. Desde tiempos ancestrales, la adolescencia se criminaliza y se caracteriza como una época de rebeldía y desequilibrio hormonal. Sin embargo, es una época de desarrollo, de crecimiento, de intensidad, de creación. Muchos adolescentes han generado grandes ideas y proyectos en esta época. Bill Gates, Steve Jobs o Greta Thunberg son ejemplos de ello. Pero la perspectiva criminalizadora no ha cambiado ni se ha suavizado. La falta de visibilidad de los aspectos positivos de la adolescencia y la falta de comprensión hacia sus procesos se ha agravado con el auge de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Donde antes solo había libros y artículos de periódico que fomentaban una visión negativa de la adolescencia, ahora hay millones de contenidos digitales que perpetúan esta imagen. Por tanto, no es de extrañar que el adolescente se perciba como rechazado y prefiera cada vez más encerrarse en su habitación y evadirse en el mundo virtual que salir a la calle. Por su parte, el colectivo adolescente también aprovecha estos canales para hacer eco de sus protestas ante esta visión, lo que de alguna manera también valida el prejucio por parte del mundo adulto. Pero esto no es algo nuevo, simplemente se ha intensificado.

La necesidad de compartirlo todo está generando un efecto muy negativo que impacta especialmente en la adolescencia.

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–¿Cómo se constata?

–En primer lugar, en cómo gestionan su ocio y tiempo libre. Partamos de la base de que el mundo en los últimos años ha eliminado muchas alternativas para los jóvenes y se ha diseñado desde una perspectiva muy adulcentrista. Hoy en día los adolescentes ya no tienen apenas opciones de ocio que no supongan un coste. Los salones recreativos se han convertido en salones de apuestas, las discotecas light ahora son discotecas para la tercera edad y en las calles se han instalado carteles donde se prohíbe jugar al balón o incluso reunirse en grupos. Les hemos cerrado casi en las narices la puerta de la realidad. Sin embargo, el móvil, les abre infinidad de posibilidades: pueden conectar con otras personas con sus mismos intereses, jugar con otros, verse, reunirse y todo desde la comodidad de su casa y gratis… En segundo lugar, la edad de acceso a las nuevas tecnologías es más temprana, además de que lanzamos a los chavales a este mundo sin darles primero una buena formación en competencia digital. Los formamos en saber realizar un powert point o manejar Excel, pero no en ciberseguidad o en reconocer el maltrato en el entorno digital. Les hemos atribuido la etiqueta de “nativos digitales”, pero nadie nace con habilidad o competencia digital. Con lo que se nace es con curiosidad por el medio que nos rodea y si ese medio es mayormente digital, nuestra curiosidad será mayormente digital, pero no por tener esa curiosidad significa que vayan a tener la capacidad innata de saber moverse de manera correcta y segura. Finalmente, el desarrollo de las redes sociales no solo ha traído nuevas oportunidades de interacción, sino que también ha supuesto una puerta abierta a nuevas formas de violencia y de maltrato. Si ya en el plano real hasta los adultos carecemos de formación en habilidades sociales y en resolución de conflictos de manera adecuada, imagínate cómo podemos relacionarnos con los demás en el mundo virtual, con la falsa percepción de seguridad y anonimato que tenemos al estar detrás de una pantalla y no ver al otro. Ahora hazte una idea de cómo gestionará esta problemática el adolescente que está en un proceso de desarrollo y todavía no tiene tanto autocontrol como el adulto y mucho menos formación porque como supuestamente son nativos digitales ya aprenden solos. Finalmente añádele la falta de intervención que todavía existe ante el ciberbullying. El problema es serio y de difícil solución.  

–¿Qué aspectos son más preocupantes en este contexto?

La necesidad de compartirlo todo está generando un efecto muy negativo que impacta especialmente en la adolescencia. Además, vivimos en una era donde no solo estamos asistiendo al auge de las nuevas tecnologías sino también a la del culto al cuerpo, la búsqueda de la perfección y el hedonismo inmediato. Fruto de esta comparación constante con modelos irreales encontramos consecuencias perniciosas que van desde el desarrollo de diversos problemas relacionados con la autoestima e incluso trastornos de la conducta alimentaria y depresión. De todos modos, las redes sociales no son el problema, el problema es el uso que hacemos nosotros de ellas, que obviamente sin formación va a tener sus peores consecuencias.

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