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Las huellas en la salud de un ‘okupa’ llamado COVID

Las secuelas del virus ocho meses después: "Ya hago la cama, pero tengo que descansar"

Las secuelas del virus ocho meses después: "Ya hago la cama, pero tengo que descansar"

Quizás parezca un relato discordante, pero es real. Hoy se cumplen ocho meses de la primera PCR que dio negativo en SARS-COV-2 la enfermera María Isabel Quintana Jambrina, después de padecerlo.

Sin apenas voz, afectación pulmonar y con un tubo de alimentación: algunas secuelas persistentes del COVID de un marinero jubilado tras 56 días en la UCI | Fatiga y dolor de cabeza y articular acompañan a una enfermera tras ocho meses su PCR negativa

Es decir, cuando se quedó ‘libre’ de la enfermedad. Solo aparentemente. Ayer por la mañana, esta sanitaria gallega de 44 años aseguraba: “Conseguí hacer la cama de un tirón, pero luego tuve que descansar. Es cierto que ahora puedo hacerlo, porque antes no podía quitar y extender las sábanas de una sola vez. ¿La comida? Tengo una silla pegada a la cocina para poder hacerla si es algo que tarde más de cinco minutos”.

Las secuelas del virus ocho meses después: "Ya hago la cama, pero tengo que descansar"

María Isabel se siente envejecida y fatigada después de que el COVID ‘habitase’ en su organismo. Como un insecto difícil de atrapar, los síntomas pasaron de la garganta al sistema respiratorio, luego a las articulaciones, marcadamente a la cadera, de la que se resiente desde octubre y dañaron su memoria… hasta la capacidad de organización. “Hoy, a finales de enero, sigo estando más cansada de lo que corresponde a la actividad que hago. Nunca sé cómo me voy a levantar al día siguiente”, reconoce a FARO.

“Mi único factor de riesgo es cierto sobrepeso, pero ni siquiera obesidad. No tengo ninguna de las enfermedades que te predisponen a que el COVID sea grave

María Isabel Quintana - Enfermera

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La enfermera María Isabel Quintana, ayen en su casa de Ourense. | Sabela Pérez

Esta enfermera ourensana sospecha que se contagió en el trabajo a finales de marzo, a pesar de que no trabajó en un área COVID. El curso de la enfermedad fue ‘normal’. Es decir, más allá de sentir molestias en la garganta, tos y un ‘día malo’, esta madre de dos adolescentes de 15 y 13 años (Sabela y María) superó la enfermedad sin complicaciones. Pero lo que no se imaginaba era que lo peor estaba por llegar. Tras la prueba que dio negativo el 31 de mayo, comenzaron las febrículas por la tarde y “los síntomas raros. “Mi fase aguda la pasé relativamente bien. El problema vino después. Tengo dolor en una cadera de forma persistente desde octubre y eso me limita mucho… y sigo de baja laboral. Tengo problemas a nivel de razonamiento y memoria”, advierte. ¿Cómo de graves?, pregunto. “ Si alguien corta esta conversación, muy probablemente yo no sea capaz de seguirla”, advierte.

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Dieciséis escalones. Ese fue el primer reto diario de María Isabel: llegar a su dormitorio cada día en el interior de una casa de dos plantas. Si se le olvidaba algo después de culminar esa ‘cumbre’, ya no importaba. Ahora que sube relativamente bien los peldaños, sigue olvidándose de las cosas. “Guardar algo y luego no encontrarlo ya forman parte de mi vida”, reconoce.

“Estoy casada y tengo dos hijas adolescentes. Desde que yo estoy así, ellas han madurado años de golpe… y eso que no les tocaba. Ya no sé si decir soy o era una persona muy activa, porque siempre estaba metida en un montón de cosas y ahora me desborda organizarlas. Llevar la casa ya me supone un gran esfuerzo, aunque antes lo hacía de forma diaria. Ahora puedo hacer una cosa por día y me veo muy limitada”, indica.

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Y eso, que María Isabel Quintana reconoce que la están cuidando “mucho”, dentro y fuera del hospital. “Me sigue una internista y un psicólogo”, explica sobre las consultas de COVID persistente del CHOU, que coordinan médicos de Medicina Interna, con María Bustillo.

“Me veo mayor, como si hubiera envejecido varios años de golpe. A veces me siento inútil, porque estoy torpe y no me gusta lo que estoy viviendo. Se me están acabando las fuerzas y eso que me considero una persona optimista”, reflexiona. “Es frustrante. Llevo casi un año escuchando “te vas a poner bien”. Y pienso, ¿por qué yo no soy una de esas personas que pasan el COVID en una semana?

El suyo no es un caso extraño. Un estudio recién publicado revela que solo el 16% de los pacientes estaban libres de síntomas de COVID seis meses después de sufrir la enfermedad. Y casi la mitad de los pacientes tiene limitaciones que dificultan su día a día: entre los síntomas más importantes, fatiga al hacer cualquier esfuerzo (tienen un cansancio impresionante con solo subir escaleras) o el 30-35 % tiene dolores articulares o musculares a los seis meses y otro 30% sigue teniendo dificultades para dormir, según el jefe de sección del servicio de Anestesia del hospital Clínico de Santiago, Manuel Taboada, que participó en un estudio de la Asociación Gallega de Anestesiología, Reanimación y Dolor que publica la revista “British Journal of Anaesthesia”.

Primer viaje

Peor suerte corrió el marinero jubilado de Boiro José Ramón Sieira Ríos, que sobrevivió al COVID con 69 años,. después de casi dos meses en la UCI y sedado. Con un tenue hilo de voz –una de sus pérdidas tras la enfermedad– reconoce “yo no me enteré mucho de la película mientras estuve allí” [por la unidad de críticos, donde pasó 56 días]. El (otro) calvario llegaría después de despertarse. “La recuperación es muy lenta”, asegura este exfumador que perdió 30 kilos de peso tras 79 días hospitalizado. Aunque ingresó el 20 de marzo y recibió el alta el 8 de junio, hasta hace prácticamente un mes tenía que usar una PEG (gastrostomía endoscópica percutánea); un procedimiento mediante el que se coloca un tubo de alimentación a través de la pared abdominal hasta el estómago para su nutrición. A esa situación llegó después de una traqueotomía.

José Ramón Sieira, que sobrevivió al COVID pero arrastra secuelas, con su mujer María José Moledo, ante su casa de Boiro. Iñaki Abella

Su mujer, María José Moledo, enhebra los recuerdos para encajar alguna de las piezas que faltan en la memoria de José Ramón. El azar jugó en su contra en el primer viaje que ambos realizaron con el IMSERSO. Ahí sitúan el contagio. Aunque María José solo sufrió molestias de garganta y bronquitis –que achacó a una dolencia habitual–, su marido cayó enfermo. Uno de sus tres hijos lo llevó al médico en Santiago y José Ramón ya no regresó. El 24 de marzo entró en la UCI. Después de que su estado fuera empeorando cada vez más –sus riñones se paralizaron y estuvo con diálisis y arritmias cardiacas–, su familia se preparó para lo peor. De hecho, los médicos le comunicaron un posible daño cerebral.

Para su sorpresa, salió. Enseguida llegaron las videollamadas, pero José Ramón apenas podía mover la mano para saludar o despedirse. María José se emociona al agradecer el trato del personal sanitario. “Creo que todo el mundo debería de estar en un hospital o tener un enfermo de COVID cerca para concienciarse de la gravedad de esto”, asevera. La rehabilitación fue larga y requirió de mucha fisioterapia. Su voz aún no ha vuelto a la normalidad, sufre trombosis y tiene afectación en un pulmón, por lo que duerme incorporado... y tiene pérdidas de memoria, pero lo ha pasado.

La ucista de la zona COVID del hospital Álvaro Cunqueiro, Mélida García, reconoce que esta pandemia es el mayor (y peor) reto sanitario que verán muchas generaciones. “La recuperación del COVID es muy lenta; los pacientes tardan en evolucionar. Quizás sea como el MERS y tarden hasta 2 años con mejorías muy lentas. Sabemos que de 3 a 6 meses van mejorando, pero aún no podemos decir si al cabo de un año van a estar al 100% porque es pronto para evaluarlo”, reconoce. También, que “hay muchas complicaciones asociadas a la gravedad de la situación del paciente”. “Empieza por el COVID pero en casos graves, acaba por descontrolarse todo el organismo”, ejemplifica.

“Nos preocupan las secuelas por daño pulmonar crónico, sobre todo por la fibrosis... y una parte será reversible pero quizás haya quien quede con secuelas que le limiten la vida”.

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Asimismo, la coordinadora de la UCI-COVID del hospital Povisa, Sonsoles Leal, explica que se mezclan los efectos de la estancia prolongada en una UCI, que “va a provocar un deterioro de las capacidades de los pacientes: no tienen fuerza para caminar o moverse, o incluso algunos para deglutir, con un deterioro físico que agrava el COVID, con pérdida de masa muscular”. “El COVID grave deteriora mucho el estado físico de los pacientes; el 64% tienen síntomas aún 6 meses después”, advierte Sonsoles Leal. “Llama la atención que son síntomas que tienen que ver con la actividad diaria normal”, explica la experta, “como fatiga y dolores articulares”. “No se trata solo de sobrevivir a esta enfermedad porque, aunque seas joven y te sobrepongas, vas a tener un empeoramiento de tu calidad de vida como mínimo los próximos seis meses y, quizás alguno, el resto de tu vida”.

El investigador Carlos Pérez, esta semana en Moaña. Gonzalo Núñez

Precisamente el investigador de la UVigo, Carlos Pérez Collazo, ingeniero de Minas con varios máster, fue el paciente más joven de la UCI del Hospital Povisa al ingresar el 20 de marzo. Tiene 38 años y recibió el alta el pasado 8 de mayo. “Soy joven y no tenía patologías previas, por lo que he tenido mucha suerte, pero espero que la gente se conciencie que esto no es una broma”. Aún así, se resiente de cierta pérdida de masa muscular. Tras su ingreso en Povisa, conocer su positivo en la PCR y enviar un mensaje a sus padres, ingresó en la UCI. “Mi siguiente recuerdo es despertarme cuando me estaban desintubando, 2 semanas después en las que había estado en coma inducido”, asegura. ”Del tiempo que estuve en mi primer coma, no tengo recuerdos y lo que sé es por lo que me han contado. Me sedaron, pusieron boca abajo en la camilla y bajaron a la UCI temiendo por mi vida. Sé por mi padre, que el miércoles 25 le llamaron diciéndole que mi carga viral era tan grande que mis riñones estaban a punto de fallar y necesitaba diálisis. Dos días más tarde, lo volvieron a llamar y le dijeron que no iba a pasar de esa noche y al día siguiente el domingo, le dijeron que dónde había salido”, rememora. “En la UCI, recuerdo ser prácticamente un vegetal en una cama. La mitad derecha de mi cuerpo estaba casi inmóvil y mi mente estaba nublada y llena de alucinaciones, como consecuencia de la encefalitis que el virus me causó. Tras cerca de una semana en la UCI, por fin subí a planta de aislamiento. Después de dos ataques de epilepsia en planta me volvieron a inducir el coma e intubar en la UCI”, relata. Después, otra semana en la UCI y otra en planta de aislamiento. Esta última, que se hizo “eterna”. “Yo solo en una habitación y recobrando la cordura poco a poco... pero fui mejorando con la ayuda de los fisioterapeutas y todo el equipo”. Así, el 28 de abril, tras su secundo test PCR negativo consecutivo, por fin salió de aislamiento y pudo ver a mis padres,

Carlos Pérez necesitó fisioterapia. Mucha. “No podía caminar, ni no podía moverme. Para levantarme de la cama necesitaba la ayuda de dos personas y una grúa. No podía casi hablar, no comer por mi mismo”. El 8 de mayo, tras haber estado ingresado 48 días en el hospital, recibió el alta. Recuerdo llegar a casa de mis padres casi como un “zombie”, Tras un mes de rehabilitación, a finales de junio se incorporó a su trabajo en la Universidad. En agosto, estaba casi recuperado y en noviembre su última resonancia confirmó que ya no quedaba resto de la encefalitis. 2020 terminó con buen sabor de boca para Carlos, que logró una plaza de Profesor ayudante doctor en el Centro Universitario de la Defensa en la Escuela Naval Militar de Marín. “Debemos ser fuertes y no aflojar, porque estamos quizás en el momento más crítico de esta pandemia, azotados por una 3ª ola, con una la variante inglesa por llegar, con el sistema sanitario en sus límites y con un personal sanitario que está muy cansado. Seamos fuertes y quedémonos en casa, porque hay luz al final del túnel y esta se llama vacuna”, reflexiona.

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