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Una ciudad culta y terminada

Blanco Tobío siempre añoró su Pontevedra de la infancia y adolescencia, por la cual sentía tanta devoción y cariño que no quería que cambiase jamás. Según su visión, "el aire del siglo XIX en Pontevedra se prolongó hasta 1940". "Pontevedra -sentenció- estaba dispuesta a dejar pasar el siglo XX con un servido, como en el póker".

Tan idealizada tenía su imagen, que aseguraba con convencimiento que a finales de los años 20 "era una ciudad terminada, a la que nada había que quitar o añadir". "Pontevedra se tenía, y no sin razón, por una ciudad muy culta, que desdeñaba la industria y el comercio. Hubiese sido una ciudad universitaria ideal porque tenía ambiente para eso, y también vocación, además de esa placidez y esa hiedra que distingue a las universidades americanas".

Y para remachar su idílica descripción, defendía a ultranza que "los pontevedreses no teníamos por aquel tiempo ninguna cita con el futuro". Cuando llegó el desarrollismo de los años 60, con los edificios más altos y los coches atascando las calles, el periodista abominó del cambio experimentado y consideró que el turismo fue un mal invento para Pontevedra

Blanco Tobío escribió media docena de libros, entre el ensayo y la novela. También recreó en un manuscrito no editado el idílico verano que pasó en su Lérez natal, con el famoso Moreno como acompañante. Así y todo, me quedo con sus dos pequeñas joyas pontevedresas: "La fuente de los tornos", una pieza de "Pontevedra, Boa Vila", libro coral de Agustín Portela y, sobre todo, el delicioso prólogo a "Pontevedra de aquella", de Rafael Landín. Una lectura pausada más que recomendable e imprescindible.

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