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Mayores ponen rostro a la voz que mitigó su soledad durante meses: “Cuando llama me alegra el corazón”

38.600 ourensanos viven solos y casi 20.000 tienen más de 65 años, de los que el 63% son mujeres | Cruz Roja combate el aislamiento de quince octogenarias con llamadas largas que les brindan apoyo emocional

Marisa Sueiro, la voluntaria que llama por teléfono a mayores solas, recibe los aplausos de usuarias y técnicas. // IÑAKI OSORIO

Cuando la soledad domina los días, hablar ofrece abrigo y aliento. Durante meses, Marisa Sueiro ha sido la voz al otro lado del teléfono que escuchaba, conversaba y rompía la monotonía del silencio de un grupo de mujeres mayores que viven en soledad. Ayer, varias le pudieron poner cara, en un encuentro emotivo en el que este periódico estuvo presente.

“Cuando me llama me alegra el corazón. Muchas veces, me encuentro sola pero cuando me llaman sé que no se olvidan de mí. Si me tocara una primitiva, traería todo para aquí. Me aportan mucho cariño, no puedo dar más que gracias a Dios”, responde sin poder contener las lágrimas Purificación Blanco, de 85, sola desde que enviudó hace 18 años.

En Ourense hay 38.600 ourensanos que residen en un hogar sin compañía de otra persona. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), unas 19.000 de estas personas superan los 65 años, y de ellas el 63% son mujeres mayores (unas 12.500).

“Somos una gran familia; no deben sentirse solas porque aquí estamos. Me da satisfacción poder hacer algo útil por otras personas, para que no se sientan solas o desamparadas, sobre todo en esta situación de casi dos años particularmente difíciles"

Marisa Sueiro - Voluntaria

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Vivir sola es muy triste, yo hasta ahora tenía mucha salud, pero ahora ya no. Estoy pendiente de que me llamen para una operación de una válvula. Hay algunas veces que me caigo, incluso me llegué a desmayar y me tuvieron que llevar a la residencia. No salgo de casa sin una persona que me acompañe, porque me da miedo caerme”, comparte Purificación. En Cruz Roja encuentra quien se preocupe y la acompañe cuando tiene que salir, como próximamente hará para recibir la dosis de refuerzo contra el coronavirus.

“Somos todos una gran familia, así lo considero; no deben sentirse solas porque aquí estamos. A mí me aporta la satisfacción de poder hacer algo útil por otras personas, para que no se sientan solas o desamparadas, sobre todo en esta situación de casi dos años que han sido particularmente difíciles. Para mí es gratificante, me hace sentir realizada”, destaca Marisa, de 48 años.

Marisa, durante el encuentro de ayer con varias de las usuarias a las que da apoyo emocional y compañía. // IÑAKI OSORIO

"Se acaba estableciendo un vínculo. De hecho, yo, que por desgracia ya no tengo abuelos, las considero una familia afectiva"

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Ella se incorporó al voluntariado de la ONG en mayo de 2020, en plena primera ola de la pandemia. Como trabajadora de la hostelería sintió el golpe de la crisis socioeconómica derivada de las restricciones, de manera que ayudando a otras personas también se ayudó a sí misma. “Al principio se veía que la situación se alargaba y que no se apreciaba la luz. Yo trataba de hacer salir a flote a la gente, pero a mí también. Fue una temporada difícil”, reconoce.

Marisa se encarga de unas ocho llamadas a la semana. Otra persona voluntaria completa la atención al resto de usuarios de este programa que buscar dar compañía y un apoyo emocional. “Llamas, preguntas qué tal hoy, la persona te expone alguna situación, te dice si ha ido al médico, si se siente más o menos animada, si necesita algún tipo de acompañamiento para ir a la peluquería, al centro de salud, para hacer un trámite...”, explica Marisa. “Hay usuarias que hablan de sus actividades diarias, de los cultivos de la finca... Se acaba estableciendo un vínculo. De hecho, yo, que por desgracia ya no tengo abuelos, las considero una familia afectiva”.

“Hay momentos en los que a lo mejor quieres estar callada, pero muchos otros vale la vida poder desahogarse y contar los problemas. Aportan alegría. Son personas agradables y que se preocupan, son gente noble y buena”

Ana Atanes - 71 años

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Loli Álvarez, de 79 años, agradece “que te llame una persona con la que poder hablar, aunque casi no la conozcas”. Con la voluntaria "habla de todo, de dónde somos, de las cosas actuales y de la pandemia también. Hablar con gente siempre te aporta. Yo escucho mucho la radio y hago siempre comentarios. Ella también habla sobre ella y su trabajo. Tenemos una charla muy amena. Esta es una labor fenomenal”, destaca la septuagenaria. La soledad, dice con filosofía, “es para todos igual de mala, pero se va llevando. Yo procuro usar bastante el teléfono. Hoy he venido porque me apetecía muchísimo conocer a Marisa, para saber con quién hablo. A veces nos tiramos media hora y yo le digo: Marisa, cortamos, porque te estoy robando mucho tiempo”.

Ana Atanes, de 71 años, vive con su hija, a la que cuida por una enfermedad. Que suene el teléfono y, a otro lado, una voz amable se interese por ella “es una alegría y un apoyo. Es una cosa buena que te llamen y te den algo de ánimo”. Es usuaria de este programa de apoyo emocional desde principios del pasado verano. “Hay momentos en los que a lo mejor quieres estar callada, pero muchos otros vale la vida poder desahogarse y contar los problemas. Aportan alegría”, destaca esta mujer. “Son personas agradables y que se preocupan, son gente noble y buena”, agradece Ana.

Dolores Traver tiene 87 años y vive sola. Su hija, que reside en Madrid, “me llama todos los días, se preocupa por que salga con gente y está pendiente de mí”. Marisa, la voluntaria, la telefonea una vez por semana desde hace un año. Dolores dio antes el paso de conocerla, sin esperar al encuentro de ayer. “Un día le propuse ir a comer juntas, y lo hicimos. Ahora le acabo de decir que hay que repetir”, señala. El apoyo de Cruz Roja por teléfono, añade esta octogenaria, “me sirve un poco de aliento”. En la vida en soledad, comparte, “hay momentos de todo tipo”.

Dolores Traver, de 87 años, lleva más de un año recibiendo las llamadas de Marisa. // IÑAKI OSORIO

Dolores tiene problemas de visión. “Antes hacía las labores y leía. Ahora tengo una tablet de la ONCE que me dice todo con voz. Leo libros así y me ayuda un poco a ocupar el tiempo. Pero pasar muchas horas en casa sin poder hacer nada me desespera por momentos, así que a veces cojo y me voy a la calle con mi bastón y salgo además para mover las piernas, porque me harto del sofá”.

Cuenta Natalia Belmonte, técnica del área de mayores de Cruz Roja, que solventado lo peor de la pandemia “se han recuperado algunas actividades de atención presencial, como grupos de memoria, relajación, paseos –ya desde antes del verano–, y talleres sobre nuevas tecnologías o alimentación. Eso sí, seguimos manteniendo los grupos reducidos”.

La supresión de iniciativas colectivas y presenciales durante meses hizo que algunas personas vieran acelerado su deterioro cognitivo. Cruz Roja tiene un proyecto denominado Antenas, para que la población general informe de aquellos ciudadanos en situación de necesidad, incluidos mayores en soledad que necesiten apoyo.

El problema es identificar a personas con necesidades, porque una vez que las tienes localizadas se puede evaluar la vulnerabilidad y trabajar a través de los recursos de las ONG o la administración”, indica la experta. “El problema es si no se conoce el caso de algunas que carecen de red social que les indique a dónde acudir. El reto es llegar a donde no se ve”, dice Belmonte.

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