“Tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo”, decía Dickens.

Si hay guerra es porque el ser humano está enfermo, al menos algunos seres humanos están enfermos.

Contemplando la masacre de Ucrania es difícil negar que existe el bien o el mal; en este caso el mal es la guerra, el bien es la paz. Ya podamos ver, oler, sentir, palpar, sufrir la guerra en directo o por televisión, que alguno mantendrá que no existe el bien y el mal, que no podemos decir que la guerra es mala por naturaleza y en todos los casos.

La enfermedad humana que produce la guerra tiene varios síntomas, el primero no aceptar que existe el bien y el mal. Así lo mostró Dickens en “Historia de dos ciudades”.

Otro síntoma clarísimo de la enfermedad es cuando el binomio libertad/respeto por la vida empieza a cojear: deberían ser dos elementos intocables sellados con el sello de tolerancia cero. Los países comunistas se llevan muy mal con este binomio, aunque occidente también tiene sus lagunas. Un último síntoma de esta enfermedad es la pérdida de memoria: no recordamos la historia y por tanto no podemos aprender de los errores del pasado y estamos condenados a repetirlos. La espiral sería: error/amnesia/no aprendo/error…

Y acabo con Dickens: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”.

Dickens nos contrasta de una forma bellísima el bien y el mal y apunta a la trascendencia con visión transformadora. Pero, ¡el bien siempre es más fuerte!