Espero que perdones mi atrevimiento por dedicarte unas palabras. Hace días, viendo en distintos medios de comunicación tu gesto tan solidario acogiendo a un inmigrante a la intemperie, me reconcilié un poco con el género humano. Por un instante pensé que quizás, tan solo quizás, el mundo, con gente como tú dando ejemplo de humanidad, de amor por los demás de forma desinteresada y con el único propósito de auxiliar sin pedir nada a cambio, tal vez, y solo tal vez, tenga remedio. No permitas que el paso del tiempo haga mella en tu forma de pasearte por la vida pues, aunque encuentres muchas dificultades, que las habrá, la perseverancia te hará más fuerte. No toleres que las opiniones ajenas te hagan cambiar y persiste en que la bondad sea la brújula de tu vida.

Desde este pequeño rincón de España quiero trasmitirte mi admiración, mi solidaridad y mi respeto. Espero que estas palabras te animen a no cejar en tu empeño y me pongo a tu disposición para lo que precises.

Ahora quiero pedirte disculpas. Sé que tú no lo harías, pero permíteme que me dirija a estos canallas que de forma tan rastrera te han censurado. Esas ratas que medran en las cloacas de la amoralidad, a veces apoyadas por algún medio de comunicación, que solo merecen ser repudiadas y marginadas, y a aquellos que las jalean que están condenados al desprecio y sobre todo al olvido. Con el devenir de los años la historia se avergonzará de permitir que, al albur de una sociedad libre, se haya tolerado que manifiesten su odio con tanta impunidad.

Desde la perspectiva que me otorgan todos estos años dedicados al servicio público, únicamente puedo terminar dándote las gracias, y donde quiera que te lleve el futuro siempre contarás con mi apoyo.