El Papa confirma y amplía la misión de la Academia de la Vida, a veces con tonos severos, de algún modo en contraste con su habitual temple positivo, optimista, alegre. Realmente, resulta en cierto modo penoso tener que recordar con fuerza el compromiso por la defensa y promoción de la vida en una época, como la actual, en la que el avance económico y técnico permitiría cuidar eficazmente la casa común y los derechos humanos. Pero Francisco lo hace, según me parece entender, justamente para ayudar a superar el posible "desánimo espiritual" que acecha a tantas almas. De ahí la llamada a una respuesta clara, consciente, solícita, "antes de que sea demasiado tarde".

En la cultura contemporánea laical se invoca periódicamente la fraternidad, como criterio potencialmente inspirador de soluciones prácticas a los interrogantes de nuestro tiempo. No es necesario citar la revolución de 1799, para reconocer con Francisco que "la fraternidad sigue siendo la promesa incumplida de la modernidad". Al menos, los cristianos hemos de comprometernos en su construcción real, justamente porque el hombre es camino de la Iglesia, como subrayó Juan Pablo II en Redemptor hominis, y no se puede despreciar olímpicamente el efectivo significado de las exigencias de la familia humana: así, familia, real, no tópico. Menos aún si se sospesa la esperanzada afirmación del pontífice en esta carta: "La fuerza de la fraternidad, que la adoración a Dios en espíritu y verdad genera entre los humanos, es la nueva frontera del cristianismo".

Muy oportuna parece también una lectura digamos civil de la fraternidad humana, desde la perspectiva de la "bioética global", que enlaza situaciones personales con la protección del medio ambiente, del conjunto del orden de la creación. Permitirá elaborar, como sugiere el Papa a la Academia, "argumentos y lenguajes que puedan ser utilizados en un diálogo intercultural e interreligioso, así como interdisciplinario".

En definitiva, la carta Humana Communitas interpela no sólo a los académicos, sino, como suele decirse, a los hombres de buena voluntad. No es difícil encontrar el texto castellano.