Opinión | Crónicas galantes

El poder ya no es cosa de gallegos

El poder solía ser cosa de gallegos en España, donde los dos partidos que se turnan desde la restauración de 1978 fueron fundados por galaicos de nación, aunque no siempre de ejercicio. Sánchez ha puesto fin, de momento, a esas costumbres.

Sabido es que el Partido Popular lo fundó el lucense Manuel Fraga; pero quizá no sea tan obvio que el PSOE y la UGT fueron una creación del ferrolano Pablo Iglesias. La irrupción de su homónimo Pablo Iglesias Jr., el de Podemos, ha oscurecido su figura en las búsquedas de Google.

Cierto es que Iglesias, el viejo, desarrolló toda su carrera política en Madrid; y que su partido no es el mismo que el actual. El PSOE, desaparecido durante la dictadura franquista, fue refundado tras la muerte del Centinela de Occidente (que también era de Ferrol) por Felipe González, Alfonso Guerra y otros líderes andaluces.

Son asuntos de la geopolítica. Durante los años setenta del pasado siglo, a la CIA le inquietaba el ascenso de los partidos comunistas en Europa. Mayormente, el del PC italiano de Enrico Berlinguer, que ofrecía –al igual que el del español Santiago Carrillo– un eurocomunismo algo más ligero y digerible que el tradicional.

Para quitarse de encima esa preocupación, los americanos no dudaron en financiar por vía indirecta a los antiguos partidos socialistas bajo la condición de que se convirtieran a la socialdemocracia. El propósito era que sirviesen de muro de contención frente a los comunistas: y parece que la estrategia tuvo el éxito apetecido.

"El bipartidismo inaugurado en aquellos años difíciles permitió a los dos partidos repartirse el poder por turnos (desiguales) para alumbrar el más largo período de prosperidad en la historia de España"

En España, el PSOE era entonces poco más que un grupo de viejecitos exiliados en Toulouse, que pronto pasó a la historia. Atinadamente rebautizado como “histórico”, aquel partido residual cedió frente al impulso de los nuevos socialistas dirigidos por González con la financiación del Partido Socialdemócrata de Alemania.

Lo de Fraga en el bando de enfrente fue distinto, aunque no menos meritorio. Tras ensayar una continuación light del franquismo con Alianza Popular, el Ciclón de Vilalba acabó por caer en la cuenta de que la democracia era ya irreversible. Fue entonces cuando decidió bajar a la derecha del monte en el que acampaba, mediante la creación del Partido Popular.

Ni a González le fue fácil despojar al PSOE de su anacrónica condición marxista, ni a Fraga convencer a sus correligionarios de que solo un partido entre conservador y liberal tendría oportunidades de futuro en las urnas. El tiempo acabaría por darles la razón a ambos.

El bipartidismo inaugurado en aquellos años difíciles permitió a los dos partidos repartirse el poder por turnos (desiguales) para alumbrar el más largo período de prosperidad y avances sociales en la historia de España.

Después llegó la crisis del 2008 y la irrupción de los partidos de la nueva política que hicieron casi imposible la gobernación.

En ese guirigay ha triunfado Pedro Sánchez al derrocar primero a Rajoy y madrugarle luego la presidencia a Feijóo, paisano de este. Un político de tal fuste, capaz de abatir al poder gallego del que nacieron PP y PSOE, ha de estar inevitablemente bajo la protección de los dioses de la fortuna. Puigdemont, que aparenta estar al mando, debiera llevar cuidado con la cartera.