Opinión | Crónicas galantes

Ánxel Vence

La casta sirve para todo

“La casta tiene miedo”, vociferaban en campaña los partidarios del inminente presidente argentino Javier Milei. “El miedo va a cambiar de bando”, decían no hace mucho en España los feligreses de Pablo Iglesias (Jr.), que también cifró en la casta todos los males del país. En uno y otro caso, la palabra demostró sus mágicos poderes.

Podemos obtuvo en su día una vicepresidencia y cuatro ministerios en la pedrea del Gobierno de España; aunque el verdadero premio gordo se lo haya llevado ahora el indescriptible Milei al hacerse con la presidencia de Argentina.

Queda claro, por tanto, que la casta fue y es un hallazgo de extraordinaria utilidad para motivar al votante. Tanto da si quienes la atacan son de extrema izquierda como Podemos o de ultraderecha como el anarcocapitalista Milei. Mucho más que el contenido, lo importante es el concepto, según recordó ya en su momento Pazos, el personaje que Manquiña interpretaba en Airbag.

La casta, según Iglesias, serían los partidos tradicionales –PP y PSOE– que actúan como agentes de la banca y benefactores de los empresarios del Ibex-35, que a su vez untan a los medios de comunicación para que hablen bien de ellos.

“Este rollo de los políticos que viven en sus chalés y que no saben lo que es coger el transporte público”, explicaba a modo de ejemplo el líder insurgente en una entrevista concedida a Ana Rosa Quintana. Al final, la idea se resume en “los de arriba” frente a “los de abajo”, filosofía que ya había popularizado anteriormente Barrio Sésamo, famoso programa infantil de la tele.

Milei ha ensanchado el concepto. Para él, la casta serían los políticos corruptos, los empresarios subvencionados, los sindicalistas, los economistas, los abogados, los periodistas y los encuestadores. No todos ellos, claro está; pero sí una mayoría que contribuye al mantenimiento del sistema. Solo le faltó incluir en el paquete a los ciclistas.

Puede que el próximo jefe del Estado argentino se refiriese, sin más, al peronismo, que no es tanto una casta como una institución en esa admirable República de Ultramar tan maltratada por sus gobernantes.

"El voto de los cabreados es una sólida promesa de frustración para quienes usan la papeleta como desahogo"

El propio Perón solía subrayar la identificación entre el movimiento por él fundado y su país. Entrevistado por un reportero, el general detalló los porcentajes de apoyo que correspondían a los radicales, a los conservadores, a los socialistas y a los comunistas. “¿Y los peronistas?”, repreguntó el entrevistador al observar la omisión. “Ah, no: peronistas somos todos”, aclaró Perón sin ironía alguna.

El asalto a los cielos de Podemos, partido tendente a la lírica de Campoamor, fracasó al contacto con el poder, que ya es el paraíso en sí mismo y no admite más redundancias. Bastó una legislatura para que fuesen engullidos por sus propios compañeros (y, naturalmente, enemigos) hasta ser desalojados del Gobierno.

Se ignora lo que pasará en Argentina con Milei, un castizo paradójicamente enemigo de la casta; aunque bien pudiera sucederle lo mismo que al Podemos de Iglesias una vez alcanzado el poder. Acá y allá, el voto de los cabreados es una sólida promesa de frustración para quienes usan la papeleta como desahogo. La casta, que vale para un roto y un descosido, no ha dado señal alguna de susto.