Opinión | Crónicas galantes

Casi da gusto ser viejo

Profetizaba el filósofo Francesc Pujols a principios del pasado siglo que en un futuro los catalanes “tendrán sus gastos pagados, allá donde vayan” por el mero hecho de serlo. Exageraba, naturalmente, ya que en realidad los avecindados en Cataluña aportan al Tesoro Público más de lo que probablemente reciban. Al menos, hasta ahora.

Los que en realidad gozan ya de una situación parecida a la descrita por Pujols son los mayores: tanto da que sean catalanes, gallegos, madrileños o de cualquier otra parte de España. No es que los españoles en edad de jubilación lo tengan todo pagado, por supuesto; pero sería injusto negar las ventajas que les ofrece la Europa democrática y social.

Aquí en Galicia, sin ir más lejos, el Gobierno autónomo les anuncia para dentro de nada autobuses y barcos gratis –allá donde la ría lo permita–, además de bonos de 5.000 euros a quienes necesiten cuidadores.

A eso hay que añadir ayudas para viajes a otros lugares de España y del extranjero con el propósito de que los mayores de 65 conozcan mundo. Siempre habrá quien se queje de que estas ofertas le pillen un poco añoso para disfrutarlas plenamente; pero ya se sabe que algunos nunca están contentos.

Por lo que toca a Galicia, es fácil entender que se prodiguen especiales atenciones a los jubilados, dado que este es un país en el que una cuarta parte de la población ha cumplido ya los 65 y se encuentra, por tanto, en edad de merecer.

"La vejez, que tradicionalmente representaba un incordio, es ahora una tercera juventud, al menos en Europa"

Antiguamente, tal barrera cronológica implicaba que uno ya solo está para sopitas y buen vino; pero esas son épocas ya superadas. La sanidad, que también es gratuita porque la pagamos a escote, no solo ha alargado la vida de la gente. También permite que lleguemos a edades avanzadas en razonable estado de salud.

La jubilación es ahora un tiempo de júbilo que cualquiera puede aprovechar para darse un garbeo por el mundo o viajar en plan low cost por España y el extranjero.

No solo los gallegos se benefician de la largueza de los gobernantes, como es natural. El Gobierno central –de color distinto al galaico– mantiene desde hace más de un año la gratuidad de los trenes de cercanías y media distancia a los viajeros frecuentes, sin distinción de edad. Y en el caso de quienes superen los 60 años, ofrece también descuentos en casi toda la red de ferrocarriles.

Da igual si socialdemócratas o conservadores, los gobiernos autonómicos y el central no paran de proveer beneficios a la ciudadanía, mayormente si se trata de personas en el otoño de la vida. Ahí se demuestra lo sana que es la competencia: ya sea entre empresas, ya entre gobiernos.

Habrá quien relacione estas medidas con el deseo de captar el favor de los votantes en un país tan envejecido como el nuestro; pero aun si así fuere, no ve uno razón para poner pegas.

La vejez, que tradicionalmente representaba un incordio, es ahora una tercera juventud, al menos en Europa. No es que vivamos a gastos pagados, como sostenía el ingenuo Pujols, pero nos vamos acercando poco a poco a ese ideal. Josep Pla, otro catalán ingenioso, pero no tan optimista, se habría preguntado quién va a pagar todo esto. Conviene disfrutarlo mientras dure.