Opinión | Crónicas galantes

Mike Tyson, Sánchez, Aznar

Todo el mundo tiene un plan hasta que le cae el primer guantazo, decía el boxeador e involuntario filósofo Mike Tyson. El que en su día fue campeón mundial de los pesos pesados podría haberse dedicado con éxito a la política, como Pedro Sánchez, pero no le dio por ahí.

El presidente que aspira a revalidar ahora el título se presentó a las elecciones con un detallado programa en el que no figuraba ninguna de las medidas que está tomando. Su plan de gobierno, que sin duda era tan bueno como cualquier otro, se vino abajo tras constatar que los votos obtenidos en las últimas elecciones no le alcanzaban para seguir al mando.

Lejos de desanimarse, Sánchez se puso a buscar los apoyos que le faltaban hasta debajo de las piedras, según su propia frase; y lo cierto es que ha tenido el mérito de conseguirlos. Para ello ha tenido que desdecirse de lo que proponía antes de la votación e introducir disposiciones nuevas, pero eso es mérito más que desdoro cuando se trata del negociado de la política.

Decir una cosa y la contraria sin descomponer el gesto es, en efecto, una destreza –o maña– que solo está al alcance de los gobernantes de raza. Eso sostenía al menos el ilustrado François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, cuando afirmó que la política es el arte de mentir a propósito.

Aunque los políticos procedan mayormente de la abogacía y sean gente de letras, lo cierto es que su éxito depende de la aritmética. Todos ellos concurren a las elecciones con programas que incluyen toda suerte de medidas benéficas para atraer a sus electores; pero nadie ignora que eso es un mero trámite.

Lo que en verdad importa es que las cifras de diputados den para obtener la presidencia del Gobierno. En el caso de que no suceda así, los principios ceden ante la fuerza de la aritmética.

A Sánchez le reprochan sus adversarios, por ejemplo, que no incluyese la amnistía a los secesionistas catalanes en la propuesta con la que concurrió a las elecciones. El presidente en expectativa de repetir había dicho incluso que tal medida sería inconstitucional, pero ha cambiado de opinión. No por razones ideológicas, siempre tan mudables, sino por exigencias de la matemática.

No es la única ni seguramente la última vez que un político muda de criterio como le ocurrió a Saulo cuando iba camino de Damasco y oyó la voz del Señor. Otro gobernante, en este caso de derechas como José María Aznar, rompió a hablar en catalán en la intimidad hace más de un par de decenios, cuando su acceso a la presidencia del Gobierno dependía del nacionalista Jordi Pujol.

Aznar, de cuyo patriotismo constitucional pocos dudarán, cedió a Pujol competencias sobre policía y prisiones, tráfico, puertos e impuestos, entre otras de menor cuantía. Felizmente para los chavales, el pacto incluyó también la supresión de la mili, que no todo va a ser malo en una negociación.

La situación se repite ahora, si bien a mayor escala, con Puigdemont como protagonista al que se ha devuelto incluso el título de president. Nada nuevo bajo el sol. El visionario Mike Tyson ya había advertido de que todo el mundo tiene un plan hasta que la realidad –en este caso, los números– le da un buen sopapo. Y en esas estamos.