Opinión | sol y sombra

El bipartidismo y algo más

Puede que la vuelta del bipartidismo empiece a ser algo más que una ocurrencia de cuatro analistas ociosos debido a la línea descendente de la llamada nueva política. En realidad, la nueva política no es nada distinto de la vieja, tiene todos sus vicios y ninguna de las virtudes que algunos presumían como consecuencia de la mayor diversidad. En este caso, la diversidad no ha hecho otra cosa que fortalecer la uniformidad y el frentismo en un país demasiado polarizado, dividido en dos bloques que vuelven a mostrarse irreconciliables. El único nuevo partido, Ciudadanos, que parecía distinto por representar mejor esa tercera España alejada de las confrontaciones históricas, renunció a un papel de bisagra creyéndose alternativa de poder y fue precisamente el primero en extinguirse.

"El gran problema es que no resulta fácil pegar las piezas de una gobernabilidad razonable y razonada"

A la experiencia peronista de Sumar habrá que darle tiempo, de momento ya ha iniciado su ciclo menguante. Podemos, nada más que una nimia presencia dentro de un todo ridículamente atomizado, se halla en fase de liquidación despidiendo a la mitad de sus empleados, y en Vox la cúpula se empieza a descomponer. Iván Espinosa de los Monteros, portavoz en el Congreso, sumó su renuncia a la de los damnificados del partido, Ortega Smith y Macarena Olona, entre ellos. Cuando las cosas no van del todo bien y mucho menos como se esperaban, suelen producirse este tipo de situaciones. Luego vienen las desbandadas.

Tras la voladura del centro liberal llegará más tarde o temprano la de los extremos en plena crisis. Los españoles vuelven a encontrar en la concentración del voto una herramienta de mayor utilidad para poder expresarse en las urnas, sin embargo son los nacionalismos periféricos fortalecidos por una ley electoral injusta que los prima con respecto al resto los que se han convertido, con solo unos pocos votos, en árbitros de la política nacional en una de sus etapas más inciertas. El gran problema es que no resulta fácil pegar las piezas de una gobernabilidad razonable y razonada.