Opinión

El extraño pasajero del AVE

Una sociedad ruidosa

El otro día en el AVE viví una situación indignante. Iban un par de tunos en mi vagón, cantando una y otra vez el “Clavelitos”; una señora de Tomelloso vociferando por el móvil a cuenta de un problema burocrático del que nos hizo a todos partícipes; un par de adolescentes viendo vídeos con el móvil a toda pastilla y un grupo de jubilados madrileños que no paraban, senectud, divino tesoro, de contar chistes y pegar risotadas. Todo al mismo tiempo. Todo ensordecedor. Y de cuando en cuando, el revisor montando la de Dios pidiendo los billetes.

“Un joven de aire provocador no paraba de guardar silencio. Y venga a callarse. Y venga a no decir ni pío. Ni móvil ni conversación, ni nada”

Sin embargo, al fondo, había un joven de aire provocador que no paraba de guardar silencio. Y venga a callarse. Y venga a no decir ni pío. Ni móvil ni conversación, ni nada. Al principio todo el pasaje trató de disimular, pero luego, era tan evidente su mutismo, su saber estar, su falta de ruido, que todo el mundo empezó a mirarlo sospechosamente. Una señora dijo que tal vez era un terrorista pero uno de los adolescentes opinó que quizás el silencioso y educado pasajero estaría haciendo una performance. Uno de los jubilados preguntó que qué es una performance. Lo preguntó pegando unos gritos espantosos a la vez que conminaba a todo el mundo a ir al vagón cafetería a “pegarse unos pelotazos”. El joven miró la escena y sonrió levemente. Miró por la ventanilla y en su rostro se dibujó una placidez beatífica. Y calló. Abrió un libro. No paró de callar hasta que llegamos a Madrid. Querían matarlo. Menudo provocador.