Opinión | Sol y sombra

Starace, Berlusconi...

Decía Indro Montanelli, una de las personas que mejor conoció a Silvio Berlusconi, que el Cavaliere no era en sí y por sí mismo un peligro para Italia. El peligro para Italia, según aquel gran maestro de periodistas, eran los millones de italianos que han estado y están dispuestos a lo largo de la historia a creer en el hombre de la Providencia, capaz de sacarles de los apuros por la vía de los milagros. Los vendedores de humo siempre han existido y existirán en Italia y en otros lugares, a derecha e izquierda, a veces fundidos en un solo cuerpo por el designio, y si no hubiese una mayoría decidida a comprarles toda esa mercancía averiada con que trafican su peligro se reduciría considerablemente. La gran estafa que en estos momentos vuelve a aflorar bajo el nombre de populismo no es precisamente novedad por mucho que ahora su poder de captación sea superior gracias a una ignorancia colectiva potenciada por las redes sociales. El populismo ha existido en otros momentos del pasado más turbulento y confuso.

"Los vendedores de humo siempre han existido y existirán en Italia y en otros lugares, a derecha e izquierda"

Berlusconi proyectó su imagen mediante el éxito personal, un banderín de enganche entre los italianos descreídos de la clase política durante la Primera República y aún trastornados por la agitación social y el terrorismo de la segunda mitad del siglo XX. Para ello dispuso del poder hipnótico de la televisión y de las rubias de frasco con tetas de silicona. También, de su verborrea para hacer que muchos italianos creyeran que podían esperar de Totò un monólogo de Shakespeare, cuando con aires de grandeza evanescente pretendía emular el discurso de los estadistas. Grotesco y corrupto, Berlusconi, que tenía apenas siete años cuando se produjo la caída de Mussolini, parece sin embargo como si hubiera existido antes en la figura de Achille Starace, aquel jerarca mano derecha del Duce, que se movía a tirones como una marioneta y que el propio Duce utilizaba para aliviar con humor el sudario fúnebre Littorio de camisas negras y calaveras.