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Mercè Marrero

LA SUERTE DE BESAR

Mercè Marrero

Si yo fuera ministra de Educación

A veces desearía grabar todas las horas de prácticas de flauta a las que he sido sometida en los últimos años para enviárselas a los mandamases de Educación. Puede que solo así se dieran cuenta de lo inútil que resultan ciertas metodologías dirigidas a aprender determinadas materias. Me cuesta comprender cómo se pretende educar la curiosidad y el amor por la música a base de tocar una y otra vez la canción de Sonrisas y lágrimas. Hay que tener mucha paciencia para no desesperarse cuando escuchas a alguien atrancarse una y otra vez en el “Mi, denota posesión”.

Pienso en Froilán María bailando sobre una verde colina, mientras estoy congelada en una butaca disfrutando de la función Una noche sin luna. Más que una obra de teatro es una obra de arte. Juan Diego Botto, autor e intérprete, se mete en la piel de Federico García Lorca y nos habla, entre otras muchísimas cosas, sobre los instantes memorables. Cuando muramos no recordaremos las horas que pasamos delante del ordenador, haciendo la compra o limpiando los baños. Gran parte de nuestros recuerdos estarán vinculados a momentos relacionados con el arte. La emoción que nos generó escuchar una sinfonía, la euforia que sentimos al bailar o cómo un texto fue capaz de encogernos el corazón. Teatro, pintura, baile, música, canto enriquecen el espíritu y en nuestro modelo educativo brillan por su ausencia. Solo los niños de familias que pueden permitirse pagar extraescolares a precio de oro pueden acceder a esa formación elevada. Al resto siempre les quedará tocar la flauta. Si fuera ministra de Educación incluiría la práctica obligatoria de distintas expresiones artísticas en los planes docentes. El arte nos hace mejores personas, ¿a qué esperamos?

Nazareth Castellanos es uno de mis últimos descubrimientos y ya, casi, no puedo vivir sin ella. La neurocientífica explica por qué la respiración, la meditación, el ejercicio físico y la microbiota son factores clave para una buena salud neuronal y cerebral. Lo de la microbiota me cuesta un poco más, pero el resto es bastante accesible. Prestar atención a lo que hacemos, respirar conscientemente y promover la actividad física son actividades que podríamos fomentar desde muchos ámbitos. El primero, cómo no, el educativo. Si está demostrado que hacer deporte mejora la plasticidad cerebral, se debería insistir en su práctica diaria desde infantil en las escuelas. Igual que no cuestionamos que nuestros hijos deben aprender a hacer quebrados y conocer las capitales europeas, tampoco deberíamos dudar en defender que es necesario que ejerciten y engrasen su cuerpo (y su mente) un mínimo de una hora al día. Si los planes docentes incluyeran esa práctica, muchos progenitores evitarían inversiones significativas en extraescolares. La realidad hoy es que, a mayor capacidad económica, mayor probabilidad de gozar de buena salud. Triste.

Y ya puestos en materias deportivas, si yo fuera ministra de cualquier materia que se preciara, potenciaría el deporte lúdico infantil y juvenil muy por encima del competitivo. Una vez asumido que nuestras hijas no serán Mireia Belmonte o Alexia Putellas y que nuestros hijos jamás ganarán tantos títulos como Rafa Nadal (y que tampoco importa tanto), ¿qué tal si fomentamos partidillos de fútbol y de baloncesto amistosos o quedadas para salir a correr por la montaña? Más deporte y menos medallas. Si yo fuera ministra, armaría un buen jaleo.

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