“La cohesión social es inseparable de la cohesión territorial. Y la forma de potenciar ambas consiste en algo tan sencillo y tan difícil como resolver los atrasos y las carencias históricas de cada territorio. [...] Para tan colosal tarea, además de recursos, se necesita unidad de acción y la voluntad política. Afortunadamente, aunque debería haberse escuchado hace mucho tiempo, la voz del Noroeste empieza por fin a oírse...”.

Este fragmento escrito a propósito del Corredor del Noroeste forma parte de un texto publicado en este mismo espacio editorial hace más de tres años (22 de diciembre de 2019). Este hecho es doblemente revelador: primero, de la persistencia de FARO en requerir al Gobierno un compromiso concreto (fondos y plazos) sobre un eje ferroviario clave para nuestro futuro; y segundo, de que la situación, 37 meses después, apenas ha cambiado. O, para ser exactos, ha empeorado respecto a los progresos de otras líneas que, como la del Mediterráneo, han logrado en este tiempo un sustancial impulso.

En ese mismo texto se hacía un llamamiento a nuestros gobernantes, pero también a la sociedad civil, en especial a los empresarios, para que dejasen al margen disputas o intereses particulares, partidistas o territoriales, y forjasen una gran alianza que, en forma de ariete, sirviese para derribar el muro de desidia, desprecio o incomprensión que había erigido el Ejecutivo.

Por fin, aunque no sin notabilísimo retraso, el pasado viernes Santiago acogió una cumbre en la que se citaron tres presidentes autonómicos –el gallego Alfonso Rueda, el asturiano y socialista Adrián Barbón y el popular castellano-leonés Alfonso Fernández Mañueco–. Junto a ellos, numerosos representantes políticos –pero la ausencia de representación oficial del PSdeG y la única asistencia del portavoz autonómico de infraestructuras por parte del BNG– así como una amplia presencia empresarial de las tres autonomías. Cientos de personas exponentes de diferentes sectores levantando la voz para exigir que el Noroeste no quede en el olvido, que sus legítimas aspiraciones no permanezcan arrumbadas en un cajón ministerial.

El riesgo de que eso ocurra es mayúsculo, y ahora más que nunca es el momento de hacerse oír, presionar y defender una causa más que justa. Porque, como publicó FARO el pasado miércoles, está en juego mucho. Concretamente, casi 2.500 millones procedentes de los Fondos de Recuperación. Y en esa batalla disputa con Madrid y País Vasco –dos pesos pesados por diferentes razones–, que también aspiran a mejorar su red ferroviaria.

En la nueva estrategia europea de sostenibilidad, de reducción de emisiones y de protección del medio ambiente –una política que recibirá en los próximos lustros decenas de miles de millones de euros–, el tren, junto a los barcos mercantes, es el medio de transporte llamado a ser preponderante, en especial en el movimiento de mercancías. La situación geográfica de Galicia la hace especialmente valiosa en el transporte marítimo. Sus puertos son ejemplos de eficacia, resiliencia y adaptación a las nuevas circunstancias. Son, especialmente el de Vigo, extremadamente competitivos. Sin embargo, esa misma situación geográfica, el finis terrae europeo, es una flagrante debilidad en términos de comunicación por carretera o ferrocarril. Por eso es determinante estar enganchados a un corredor atlántico que nos conectará con el resto del continente. Con el mercado global.

“La batalla del Corredor del Noroeste no es un esprint. Es un maratón de fondo que hay que correr entre todos. Con fortaleza, audacia, firmeza, espíritu solidario y sentido de la responsabilidad. Enarbolando una única bandera: el bien común”

Eso es lo que se juega hoy Galicia, y el Noroeste. Y eso es precisamente lo que se tiene que defender sin denuedo. Porque esto no va solo de bienestar, sino de cohesión social, territorial y económica. De supervivencia económica de unos territorios ultraperiféricos.

La cumbre de Santiago no puede ser un fin en sí misma –una foto–, sino el principio de algo mayor. Los participantes deben comprometerse a seguir sumando adeptos a su causa. Da una sana envidia ver, por ejemplo, cómo las grandes referencias empresariales del Mediterráneo no solo se han sumado a la defensa de su corredor, sino que la lideran sin complejos ni temores. Porque entienden que esto no va de intereses particulares o sectoriales. No va de partidos ni de gobiernos. No va de ideología. No va contra nadie, sino a favor de todos (habitantes, empresarios o no, de sus comunidades). Esto va del interés general.

El ejemplo mediterráneo nos ha ilustrado sobre qué hay que hacer. Sensibilizar y concienciar son el primer paso. Captar, agrupar las fuerzas y organizarse el segundo. El tercero es capital: diseñar un plan de acción sistemático, riguroso, consistente y firme. Es necesario profesionalizar y despolitizar el lobby del Noroeste –desproveerlo de cualquier tinte electoralista– para obligar al Gobierno a mover ficha. Y algo ya se ha conseguido. Tras años de silencio, el ministerio, en un patente ejercicio de contraprogramación, anunció el mismo día de la cumbre a José Antonio Sebastián Ruiz, hasta ahora gerente de Material de Renfe, como comisionado para el Corredor del Atlántico. Esta designación, que llega cinco años más tarde que la del Mediterráneo, es en todo caso un pasito en la buena dirección. Además, Transportes comunicó que actualizará el plan director de este eje y agilizará el “despliegue de la infraestructura”. Francamente, esto segundo suena a vacua retórica administrativa.

Precisamente porque llueve sobre mojado, se debe trabajar de forma incansable, manteniendo viva la presión y la movilización política, empresarial y social para que nadie albergue la ilusión de que esa fuerza acabará amainando, como una tormenta de verano. La ausencia en Santiago de la ministra de Transportes –que sí acudió a otras citas similares del Mediterráneo y se comprometió en público a invertir en su conexión– no proporciona tranquilidad y sí alimenta las sospechas.

La batalla del Corredor del Noroeste no es un esprint. Es un maratón de fondo que hay que correr entre todos. Con fortaleza, audacia, firmeza, espíritu solidario y sentido de la responsabilidad. Enarbolando una única bandera: el bien común. En ese empeño, todos deben tener tan claro que la cumbre de Compostela ha sido útil como que para conseguir el objetivo final se necesita mucho más.