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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

Las decisiones

Es conocido el refrán que asegura lo de que “a nadie le amarga un dulce” y además –probablemente– su proporción de aciertos sea muy elevada, por lo que no resulta práctico ponerse a discutir. Ahora bien, tampoco procede tomarlo como una norma de obligado cumplimiento porque, al igual que tantos otros conceptos, no puede eludir la posibilidad de error o, cuando menos, de matices. Por ejemplo, cuando el manjar tenga un precio que lo haga prohibitivo hasta para el más alto nivel de riqueza o, también, la dulzura sea peligrosa para la salud del amante de las golosinas.

Esto viene a cuento especialmente en el terreno de la economía porque hay inversiones, y sus efectos de creación de empleo, que además de esas bondades encierran, o suelen hacerlo, el riesgo de que sectores importantes, estratégicos, de las actividades de un país pueden quedar en manos de intereses que no siempre convergen con los de quien recibe esos impulsos financieros. Y no son precisos en absoluto gestos de disconformidad, porque esta opinión no pretende chocar con otras divergentes: solo recordar que cuando alguien pierde su capacidad de decisión, su posibilidad de pronunciar la última palabra, significa que de lo que se trate ya no es realmente suyo.

Y esto es lo que está ocurriendo en Europa ahora mismo, dependiente en un gran porcentaje de materias primas, productos energéticos, industriales e incluso alimenticios que, por simple comodidad, por exceso de confianza o sencillamente porque se consideró mejor encargar a terceros lo que podría haberse hecho en la UE, sin ir más lejos, dejando para las importaciones lo que habría rebajado la dependencia actual. Es otro ejemplo. Al último episodio, al menos hasta el momento, se refiere la información que acaba de publicar este periódico acerca de la intención del gigante chino “Citic” –propietario ya de “Censa”, en Porriño– de invertir cifras hiper/millonarias en Galicia.

Se trata de construir una instalación que necesitará más de cien mil metros cuadrados y creará seiscientos empleos de cara a iniciar la producción llantas para automóviles, en 2024. En este punto procede insistir en que la cuestión que se plantea no es una discusión sobre la conveniencia de las inversiones, que como quedó dicho es indiscutible, sino acerca de la necesidad de que exista control serio a la hora –que llegará, sin duda– de las subvenciones, ayudas o facilidades. De hecho, la historia de Galicia está repleta de ejemplos en los que alguna que otra multinacional llegó, vio y recibió dinero público para irse –sin devolver– cuando cambiaron las circunstancias.

La irrupción de inversiones que otros países –y algo menos Galicia–, está recibiendo conlleva beneficios, es obvio, pero también el perjuicio de la citada pérdida de la capacidad de decisión. Y no es nuevo: muchas cosas ocurrieron mientras las potencias hegemónicas reconstruían o ayudaban decisivamente a hacerlo a los países que formaron parte del nuevo concepto de “imperio”, que ya no necesitaba de tropas de ocupación porque controlaba a los nuevos Estados por otros medios, el más destacado quizá la capacidad de decisión sobre sus asuntos claves, aquellos en los que de verdad reside la independencia que dinamizó la ONU para las colonias en 1946. Es evidente que, llevando la cuestión a términos gallegos, sería una insensatez renunciar a las inversiones y a crear las condiciones óptimas para que accedan, pero procede insistir en que deben establecerse los controles que garanticen que la capacidad de decisión no se vaya al exterior. Podría ser pan para hoy y hambre para mañana.

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