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Faro de Vigo

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Lola Galovert

Aquel rayo

“No he de callar por más que con el dedo ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo”. La voz tronaba en los pasillos haciendo fisuras en los muros de la sala de justicia militar.

¿Qué estará pasando?, se preguntaban los cientos de personas que intentaban presenciar el juicio. La más osada se atrevió a abrir la puerta. Al frente, subido en el estrado el tribunal militar y a su espalda la bandera del águila roja y amarilla. Tres personajes con uniforme togado, ungidos de imperio, se revolvían en sus sillones de terciopelo rojo, con la mirada perdida, como si no lo oyeran, como si no lo vieran, como si no fuera con ellos. No podían más. Aquello era subversivo susurraban.

Pero Quevedo no callaba, hablaba en la boca de un abogado barbudo de pelo ensortijado que por debajo de la toga exhibía pantalón de pana y zapatos faltos de betún. Y venga y venga, seguía con verbo encendido, sin arredrarse, blandiendo códigos como único baluarte, como única arma contra el orden narcotizado, ante el regocijo de los que, allí abajo, estaban sentados en el banquillo de los acusados.

"Pero Quevedo no callaba, hablaba en la boca de un abogado barbudo de pelo ensortijado que por debajo de la toga exhibía pantalón de pana y zapatos faltos de betún"

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A golpes de oratoria del abogado Rosendo, el ambiente se fue caldeando y cuando llegó al rojo vivo, los procesados alzando puños esposados rompieron a gritar “justicia y libertad" , secundados por el irrespetuoso público.

Nunca había pasado suceso semejante. Aquello rugía. “Orden en la sala”, gritaba el presidente de los togados, a golpe de mazo de madera. “Despejen la sala”, bramaba mientras tocaba la campanilla en auxilio de los coronados de tricornio que acudieron al quite. Zafarrancho. Según se iban acercando, el letrado desde la trinchera de su escritorio les lanzaba su artillería, libros, folios, documentos y bolígrafos. Al tiempo, los jueces por si acaso les tocaba una descarga jurídica, optaron por esconderse debajo de la mesa. Salió esposado.

No importó, su hazaña quedó escrita en los archivos judiciales. Los viejos la cuentan. Aquel rayo entró por las ventanas de las vetustas salas de audiencia, las inundó de luz y removió sus cimientos.

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