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Faro de Vigo

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Joaquín Rábago.

El complejo militar-industrial está de enhorabuena

Son éstos tiempos de bonanza para la industria militar de todo el mundo, que tiene que agradecer su ventura al presidente ruso, Vladimir Putin, y su invasión ilegal de Ucrania.

Lo reconocen sin tapujos los directivos ejecutivos de las principales empresas armamentistas, entre ellos el de la estadounidense Raytheon Technologies, Greg Hayes.

“Vemos oportunidades para nuestras ventas internacionales (…) Estamos ahí para defender la democracia, pero el hecho es que de paso vamos a obtener también beneficios”, explica Hayes a los accionistas de la empresa.

Y es que, aunque la OTAN no esté directamente implicada en esa guerra en suelo ucraniano, los aliados no han dejado de enviar armas para la defensa del país frente al invasor ruso.

Y el armamento que salga de los depósitos tiene que ser sustituido.

Se destruye totalmente un país, pero habrá luego que reconstruirlo, y será también una bonanza para las empresas del sector de la construcción y las infraestructuras.

Pero de momento, mientras dure esa guerra, y pueden pasar todavía meses y quién sabe si años, los principales beneficiados son gigantes como las estadounidenses Raytheon, Lockheed Martin, General Dynamics, Northrop, Grumman y sus competidores de otros países.

A las dos semanas de la invasión de Ucrania, las acciones de Raytheon se revalorizaron en un 8 por ciento; las de General Dynamics lo hicieron en un 12 por ciento; las de Lockheed Martin, en un 18 por ciento, y en un 22 por ciento las de Northrop Grumman.

Raytheon fabrica una de las armas más usadas por los ucranianos, los misiles antiaéreos Stinger, y esa empresa y Lockheed Martin producen conjuntamente el misil antitanque portátil Javelin, otro gran éxito de ventas.

Esas y el resto de las empresas norteamericanas del sector se beneficiarán este año del Programa de Financiación Militar del Departamento de Estado.

Se trata de un programa cuyos destinatarios integran una lista elaborada por el Departamento de Estado, pero de cuya ejecución se encarga directamente el Pentágono.

Desde la anexión rusa de la península de Crimea, Estados Unidos ha dedicado unos 5.000 millones de dólares de ayuda militar –armamento y entrenamiento– a Ucrania.

Y solo desde que el demócrata Joe Biden llegó a la Casa Blanca, esa ayuda ha superado los 3.200 millones de dólares.

El Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes ha decidido, gracias a un acuerdo entre demócratas y republicanos, acelerar la producción del misil antiaéreo que sustituirá al Stinger.

Incluso antes de que Rusia comenzara su guerra en Ucrania, el Pentágono tenía presupuestados 7.300 billones de dólares para gastos militares durante los próximos diez años.

Puede parecer una cantidad exorbitante, pero no hay que olvidar que la superpotencia mantiene más de 750 bases militares distribuidas por todo el planeta.

Esa suma representa más del cuádruple del coste de los programas sociales del Gobierno Biden, que por cierto sufrieron un recorte por considerarlos demasiado caros los legisladores. Algo que no suele ocurrir con los gastos militares.

El presupuesto solicitado para el Pentágono supera en cualquier caso en 100.000 millones lo que ese ministerio recibía anualmente en el período álgido de la Guerra Fría, pero los republicanos no se dan todavía por satisfechos, sino que quieren más.

Según los expertos, el único programa militar que ha sufrido un recorte es el del avión de combate de quinta generación F-35, fabricado por Lockheed Martin, cuyos costes de desarrollo se han disparado debido a sus defectos de diseño, pero que varios países de la OTAN se han comprometido a comprar. ¡Ningún negocio como el armamentista!

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