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Faro de Vigo

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Eduardo Jordá opinador

Por esto

En marzo de 1917, desde su puesto de observación en el frente de Arras, el teniente de artillería Edward Thomas oyó cantar a una alondra y a un carbonero. Poco después vio a un hombre que estaba arando un campo enfrente de las trincheras alemanas. Más tarde le llegó un paquete con el correo: su madre le había enviado un par de botas nuevas. A las seis de la tarde, cuando iba a la cantina de su batallón, el teniente Thomas oyó cantar a un tordo. Por la noche soñó que estaba de vuelta en su casa, pero no podía quedarse a tomar el té. Pocos días más tarde, cayó un obús a dos metros de donde estaba, pero el proyectil no explotó. Los soldados empezaron a decir que el teniente Thomas era un tipo con suerte. Tenía una especie de amuleto, y fuera a donde fuera, podía estar seguro de que siempre estaría a salvo. Al día siguiente, Lunes Santo de 1917, volvió a explotar un obús a pocos metros del puesto de observación del teniente Thomas. Esta vez, un fragmento de metralla le perforó el pecho. El teniente Thomas murió en el acto.

Thomas tenía 37 años, mujer y tres hijos. Cuando estalló la guerra, era demasiado mayor para alistarse, pero un día sintió una especie de llamada irresistible surgida de no sabía dónde, y se presentó voluntario para ir a luchar al frente. “Usted es muy mayor y tiene esposa y tres hijos –le dijeron–. ¿Por qué se empeña en alistarse?”. Thomas se agachó, cogió un terrón del suelo –un puñado de oscura tierra húmeda– y se lo mostró al oficial de alistamiento: “Por esto”. El oficial pensó que aquel tipo estaba loco, pero como hacían falta soldados por las bajas continuas en el frente, se encogió de hombros e inscribió el nombre de Thomas en el listado de nuevos reclutas. Al poco tiempo, Thomas ascendió de soldado raso a teniente de artillería y fue destinado a Francia. Allí murió, el primer día de la ofensiva de Arras que iba a costar la vida a 300.000 soldados en poco más de un mes. Thomas era poeta, aunque casi nadie lo sabía (solo su amigo Robert Frost), y casi toda la poesía que escribió –que no fue mucha– la escribió mientras estaba preparándose para ir a la guerra. Muchos años después, Ted Hughes –el marido de Sylvia Plath, que algo sabía de poesía– dijo que Edward Thomas había sido “el padre de todos nosotros”.

"¿Qué se puede hacer contra el poder fatídico que tiene ese puñado de tierra por el que estamos dispuestos a dar la vida? ¿Qué remedio existe contra ese veneno?"

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¿Por qué hablo de Edward Thomas ahora? ¿A qué viene esto? Muy sencillo: imagino que ahora mismo, en algún lugar de Ucrania, alguien que está en el frente oirá cantar a una alondra o a un carbonero y correrá a anotarlo en su cuaderno (o lo grabará en el móvil con la esperanza de mandar el canto de la alondra a su mujer o a un amigo). Y a poca distancia de allí, un hombre estará arando un campo con su tractor a muy poca distancia de la línea del frente. La primavera es terca. El ser humano es terco. Y hay algo muy hermoso en la imagen de un hombre que ara su campo en medio de la guerra o que escucha el canto de la alondra con un fusil en las manos. Pero al mismo tiempo, hay algo terrible en el hecho de que un hombre sensible como era Edward Thomas sintiera el impulso de ir a la guerra porque se veía dominado por una pulsión incontrolable cuando cogía un puñado de tierra y lo sostenía entre las manos. Si el nacionalismo puede definirse de algún modo –y es muy difícil hacerlo– habría que pensar en la belleza y al mismo tiempo en la irradiación mortífera que ese puñado de tierra causa en el ser humano que lo sostiene en las manos. ¿Qué se puede hacer contra el poder fatídico que tiene ese puñado de tierra por el que estamos dispuestos a dar la vida? ¿Qué remedio existe contra ese veneno?

Hace treinta años, en el paseo marítimo de Kiev, frente al Dniéper, vi a un grupo de marineros que combatían el tedio de un domingo por la tarde vaciando botellas de vodka en el espigón del puerto. Tenían mi edad, quizá un poco menos, pero parecían mucho mayores, con esos rostros de la gente que vive en dos años lo que uno tarda en experimentar una década entera. Eran marineros, pero miraban el ancho río con indiferencia, como si solo fuera una ruta de escape para escapar del letargo de los interminables domingos por la tarde. Ahora esos marineros tendrán cincuenta años o más. Y algunos de ellos estarán en algún lugar del frente, en Odessa o Mariúpol o en las mismas afueras de Kiev. Y quizá alguno de ellos oirá una alondra o verá a un hombre arando su campo con un tractor. Y todos se preguntarán qué impulso irresistible es ese que te lleva a meterte en una trinchera, con un rifle en las manos, solo porque pocos días antes has sentido un estremecimiento que te llegaba del suelo y te has agachado y has cogido un grumo de negra tierra húmeda y lo has sostenido entre las manos. “Y usted, ¿por qué ha venido a alistarse?”. “Por esto”.

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