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Isabel Olmos

Otra vez la foto

Están de pie sobre un gran escenario. Como son muchos han tenido que apretarse quizás demasiado pese a las medidas COVID que aconsejan distancia, pero están contentos y orgullosos de posar ante los flashes: no han lidiado dentro de sus respectivos partidos y organizaciones para no salir en la foto ahora. En cualquier foto. Habrase visto.

Se miran entre ellos complacientes, quizás un poco molestos por la tardía hora del acto pero bueno, las agendas son así y va con el sueldo, se convencen a sí mismos en silencio. Tampoco les cuesta mucho. Cuando les han llamado para la foto oficial no se han hecho los remolones y tras chequear que estaban todos los que tenían que estar y que cada uno ocupa su lugar en función de su importancia, miran a cámara, bromean y sonríen. ¡Flash, flash, foto!

Son diez en total, cada uno con un rango y una posición que, en muchos casos, ya llevan años ocupando –sin k– pese a los recurrentes alegatos a la renovación de un sector de su entorno. La mayoría son progresistas, modernos, o al menos representan a siglas asociadas tradicionalmente a la izquierdas y se les presuponen valores como, por ejemplo, la igualdad. Porque ellos no son de derechas –¡por favor!– sino hombres guays de la órbita socialista, podemita, nacionalista de izquierdas, ecologistas, muy tolerantes, muy respetuosos, muy conscientes y muy muy buenos compañeros. ¡Que se lo pregunten si no a sus compañeras! Codo con codo, oiga.

“No digo que hubiera hombres, digo que solo había hombres, sin ninguna mujer”

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Abajo el público se percata en seguida porque es algo que ‘ya no queda bien’ pero ellos están ahí, tan panchos y a gustito entre colegas. Entre colegas hombres porque, de todos ellos, no hay ni una mujer. Diez de diez, pleno al quince que diría mi abuelo. No eran dos o tres, o seis... eran diez y ni una sola mujer. Diez hombretones de todos los tamaños y condición, con traje o de casual, pero hombres.

Arriba del escenario nunca sabremos si alguno de ellos se dio cuenta de que faltaban mujeres. Bueno, faltaban las mujeres, en general, en mayúscula, en su totalidad, porque no había ni una. Nunca sabremos –y es algo que yo siempre me pregunto cuando veo cosas así– si alguno de ellos al girar la cara no pensó “ostras, las hemos dejado fuera” o “lo acaparamos todo, es necesario ya un cambio urgente” o simplemente le dio vergüenza y pensó que es una “injusticia” que una parte de la población invisibilice completamente a la otra parte. ¿Sienten rubor al menos?

He visto mesas redondas hablando de brecha salarial, de género, de diferencias en los liderazgos y hasta de procesos de gestación y parto en el que los invitados eran solo hombres. No digo que hubiera hombres, digo que solo había hombres, sin ninguna mujer. En el ámbito privado cada uno que haga lo que considere con la imagen que quiere proyectar, pero sostener este discurso de que solo los hombres son los protagonistas activos de nuestra sociedad en las instituciones públicas es vergonzante, triste, injusto y abusivo.

Por favor, compañeros hombres progresistas, sedlo de verdad. Levantaos de la mesa a la que habéis sido invitados si no hay mujeres; pedid que haya mujeres en las reuniones, consejos y foros en los que participáis; proponed a mujeres para las direcciones y órganos de partidos y empresas y no permitáis los abusos que otros hombres querrán hacer. Ya no os hace falta tanto. Ya no os hace falta todo. Compartid, dad espacio libre, empatizad. Pero si a pesar de todo esto no podéis, al menos no sonriáis.

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