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Juan José Millás.

El trasluz

Juan José Millás

El mundo de las cosas

Decía el director del Museo Arqueológico Nacional en una entrevista reciente que todos los museos tienen falsificaciones.

–El que no las tiene –concluía– no es un museo.

Me pareció que se refería a las falsificaciones conocidas o detectadas, no a las que funcionaban como originales, claro. Todos los museos exponen falsificaciones auténticas, valga la paradoja. Hubo un falsificador húngaro famoso, Elmyr de Hory, que pintaba modiglianis como el que hace chorizos. Entiéndase: no es que copiara cuadros preexistentes de Modigliani, sino que era capaz de imitar su estilo. Quien dice el estilo de Modigliani dice el de Picasso, Matisse o Fernand Leger. Era un genio realizando obras de los otros. Sin embargo, curiosamente, carecía de obra propia, al menos de una obra propia estimable. Se dice que muchos museos de arte moderno del mundo poseen obras de él con la firma de los grandes de la época.

"Hay escritores capaces de escribir poemas de Lorca e incapaces de alumbrar un verso personal"

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Hay escritores capaces de escribir poemas de Lorca e incapaces de alumbrar un verso personal. Yo mismo considero que no haré una paella auténtica hasta que me salga como las que hacía mi madre. Alcanzar una “voz original” en la cocina pasaría por imitar a la perfección la de mi progenitora. Entre tanto, voy ensayando con otro tipo de arroces hasta el fracaso final. Hay que matar al padre para suplantarlo, para ocupar su puesto, para erigirse en una copia perfecta de él. No hay vida fuera de la réplica. El dinero auténtico, el emitido por los bancos centrales, es el más falso porque no hay nada tal frágil como la “garantía del Estado”. Todos los Estados colapsan, solo hay que darles tiempo. Cuando caen, nos damos cuenta de que la moneda respaldada por ellos carecía de fundamento.

Pero nos matamos por el dinero falso avalado por las autoridades monetarias de aquí y de allá. Nos matamos por él y nos matan por él. Estamos, en fin, acostumbrados a las falsificaciones. Para Platón, el mundo de las cosas (aquel en el que vivimos o sobrevivimos) es una réplica imperfecta del mundo de las ideas. Tomamos por realidad lo que no es sino una sombra de la realidad. En todos los museos hay sombras. Un museo en el que no las haya no es museo.

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