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Carmen Martínez-Fortún

Naturalidad

De Tamara Falcó a Isabel Díaz Ayuso

Éxito, popularidad y fama no son lo mismo pero se parecen. Y su secreto no sé dónde está escrito. Puede estarlo en el viento y ser un fenómeno efímero. Por eso la historia abunda en personalidades de inmerecida notoriedad en su momento y olvidados en la actualidad. Por ejemplo, Echegaray, ese premio Nobel de Literatura de una época en que Galdós o Valle-Inclán, por solo citar dos de los más merecedores, se quedaron sin él. Y puede tener raíces profundas y resistir todos los embates, perdurar por años y superar envidias y maledicencias. Mas abandonemos el plano superior de personajes trascendentales o al menos insignes para la humanidad y no nos preguntemos, por ejemplo, por el éxito incomprensible aunque permanente de figuras como Lady Di. Sería demasiado arduo.

Vayamos a lo de ahora, que es de lo que quiero escribir tras leer que Pérez Reverte ha declarado que cuando él muera nadie le recordará. Y puede que lamentablemente sea así, pues ya desconocen a Alatriste la mayoría de los estudiantes de Secundaria que pronto creerán que Cervantes es el nombre de una calle. Por el contrario, la simpatiquísima Tamara Falcó ha ofrecido una fiesta con motivo de su cuarenta cumpleaños, éxito y baño de masas absoluto, quizá uno de los postreros antes de que las restricciones vuelvan, que volverán. Todo el mundo quiere a Tamara, en este mundo nuevo de influencers y una se pregunta a qué debe su brillo esta joven atípica que tenía todas las papeletas para ser considerada la tonta entre las tontas. No se rían de mí, pero cuando contemplo su triunfo, me acuerdo de Díaz Ayuso, a la que llamaban y todavía llaman Ida sus odiadores, pero que sigue escalando popularidad, imagino que ante la mirada incrédula y algo desesperada no solo de la izquierda sino del mismo Casado que no sabe qué tiene ella y él no.

No es desde luego más formación o profundidad. Es frescura, autenticidad, seguridad en ellas, creerse lo que dicen, decir lo que piensan y nulo miedo a meter la pata. Naturalidad. Algo que se tiene o no se tiene. Letizia no lo tiene. Ni Sánchez tampoco.

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