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Sosa Wagner

La tarjeta dorada

Renfe mantiene un último vínculo afectivo con el pasado

Todo está hoy al alcance de nuestro artilugio informático. Este periódico lo puede leer usted en su tableta, en su móvil, en su ordenador y lo mismo el periódico chino de su preferencia o el de Burkina Faso.

¿Quiere usted una entrada para la ópera en Madrid, en París, en Berlín, en Viena o en Sidney? No tiene más que entrar en la página web de los respectivos teatros, abrir una ventana, teclear su nombre y tendrá a localidad asegurada. Si no se ha olvidado, claro es, de pagarla.

Y lo mismo si desea ver el teatro de Molière en Burdeos, el de Shakespeare en Londres, o el de Ibsen en Oslo y esto último ya es una hazaña si se tiene en cuenta la rareza con la que los españoles –al menos quienes somos lectores de Miguel Mihura– observamos a los noruegos. Digo esto porque en sus “Memorias” don Miguel nos relata el caso de una vecina suya de Madrid que no paraba de tener hijos noruegos y ante la extrañeza del ginecólogo, que era de Talavera de la Reina, la buena madre explicó:

–En algún sitio, doctor, tendrán que nacer los noruegos.

Pero volvamos a la magia electrónica en la que estábamos, fuente de buena parte de las sorpresas de la vida moderna.

"La organización del viaje más fatigoso que se pueda imaginar, el más enredado en combinaciones ferroviarias, aéreas o por carretera puede hacerse con el futuro viajero sentado en su casa vestido con el pijama de dormir"

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–Yo le he comprado a mi nieta por Amazon un pelele cruzado con cremallera que es una monada –dice la abuela satisfecha a su amiga, abuela también.

–No me digas más: yo a mi nieto, que acaba de entrar de asesor vigésimo noveno en el gabinete de un ministro, le he regalado un extensor de Red Wifi. Aprovechando el Black Friday, no te creas, que una es muy mirada con la pensión.

La organización del viaje más fatigoso que se pueda imaginar, el más enredado en combinaciones ferroviarias, aéreas o por carretera puede hacerse con el futuro viajero sentado en su casa vestido con el pijama de dormir.

Todo pues queda hoy al alcance del clic informático.

¿Todo? No, amigo/a. Hay algo que usted, si es persona mayor de sesenta años, jamás podrá comprar por internet ni por amazon ni por ningún otro circuito mágico. Algo que le obligará a desplazarse a una instalación alejada de su casa, aproximarse a una ventanilla o mostrador, al estilo clásico, y habérselas con el empleado/a correspondiente.

Me refiero a la tarjeta dorada de Renfe. Más aún: quien quiera pagar con la tarjeta de crédito de su banco, se encontrará con el firme rechazo dispuesto por la entrañable empresa ferroviaria.

–Solo se admite dinero en efectivo –oirá usted al señor/a que le atienda.

Mi amigo Rigoberto que es un tipo desconfiado, que ve conspiraciones por doquier como don Quijote veía castillos y princesas, sospecha que algún enjuague habrá en la extraña regla que rige la compra de esta tarjeta, ábrete Sésamo del ahorro del jubilado.

Tengo un espíritu menos enrevesado y por eso creo que la singularidad descrita se debe al interés de la Renfe de mantener un vínculo afectivo con el pasado. Ha vivido el tránsito de las máquinas que echaban humo a los talgo y después a los Aves modernos, ya no hay revisores con bigotes y los trienios colgados como medallas sino señoritas o señoritos vestidos con creaciones made in Italy. Eso sí: sostenibles.

De manera que hemos de agradecer a Renfe este detalle tan tierno: conservar un hilo con la tradición que se nos escapa de las manos. A ella nos brinda la posibilidad de aferrarnos como Scherezade lograba asegurar la vida por medio de la narración de un cuento interminable.

Así la Renfe, solo que sin tanta floritura, con la trivial expedición de su tarjeta dorada.

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