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Faro de Vigo

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Amancio Prada

Una suave brisa recorre los viejos caminos de Galicia. Sin prisa, demorándose en el paisaje, atrapando una melodía en las aguas de los ríos o en las piedras de una antigua capilla. En “Camiño do meu contento”, Amancio Prada (1949) parece acariciar a cada uno de los asistentes a sus conciertos, siempre con aforo completo. Como tantas otras cosas que en este país son lo que no aparentan, la nueva presencia del intimista autor berciano entre nosotros es un regalo que los medios apenas han señalado, pero que el público ha sabido descubrir y corresponder.

La memoria entrelazada de Amancio Prada y Galicia alcanza ya al medio siglo y en esa medida a prueba de desengaños, dilatada, los poemas cantados y la oralidad misma del artista son ya como un patrimonio singular y del común, antiguo y valioso que nos gusta guardar, proteger y escuchar cada cierto tiempo. En los últimos años he tenido la oportunidad de observarlo varias veces en su camino: en el homenaje a José Alvarez de Paz, entonces (2018) todavía entre nosotros y frente al mar inmenso de Oia; un tiempo más tarde en Urueña, claro, la Villa del Libro en Tierra de Campos -mares de espigas- acompañado por Xesús Alonso Montero y, ahora, en Tui. Si algo hay de inmutable en Amancio Prada es la cualidad del trabajo bien hecho, la fidelidad a sí mismo; también a sus amigos, que lo son a través de los años y están siempre presentes, inseparables, en la urdimbre de los recuerdos y la sensibilidad del músico y cantante.

Las amistades de Amancio están escogidas entre los vivos y también los muertos. Cadáveres antiguos, de delicados restos y memoria diluida gracias a él siempre recobrada, caso de los medievales líricos galaico-portugueses; la presencia mística de san Juan de la Cruz; la potencia intimista y vindicativa de Rosalía de Castro, el romanticismo de Bécquer, el Lorca de los Seis poemas galegos, la melancolía de Cunqueiro o el espíritu libertario del zamorano García Calvo. Prada va y viene entre ellos mimetizado con el negro del escenario y, en la cabeza, una paloma blanca con las alas desplegadas; apenas acompañado por la voz, la guitarra y el sonido ancestral de la zanfona. No necesita más.

E meu amigo venía,/ lelia doura.

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