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Juan Gaitán

Una hora más

El tiempo es un relámpago bajo el mar que solo regresa en los espejos. Un animal que cava una profundidad inacabable ante la que tenemos los talones en el vacío y los ojos cerrados. Un ahora que se expande, eterno, aunque la eternidad solo empezará cuando acabe el tiempo.

Y este contratiempo de que, de pronto, cambie el horario, de que el domingo gane peso con sesenta minutos de segunda mano, repetidos, y las horas nos sean ariscas y nos altere los biorritmos y, de pronto, las tardes tengan temprana vocación de noche, tengo yo por seguro que no sirve para nada excepto para que yo escriba del tiempo, que es, sin duda posible, mi tema favorito.

Somos una especie absurda que se aferra al tiempo como si existiera, que se niega a comprender que el reloj, el espejo, la marea, son retratos, estatuas, relieves del tiempo, pero no son el tiempo, que se divierte contradiciendo el obtuso oficio del horario, autorretratándose, infinitesimal, en los relojes de arena. Y, sin embargo, nos empeñamos en contarlo como quien calcula pérdidas, no nos parece recorrerlo, sino agotarlo, como quien teme secar el río por haber bebido un sorbo, sin asumir, porque sería insoportable, que todas las horas lindan con la muerte.

Por eso la vida es una inexpugnable incoherencia, porque no entenderemos jamás el sistema de orden que usa el tiempo, aunque intuimos que es vertical e invulnerable y que no comprende la palabra “nunca”, palabra que solo debería pronunciar quien pudiera detener el tiempo.

“Nadie debería esperar del tiempo más justicia que del verdugo, porque al final solo el tiempo sobrevive”

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En más de una ocasión habré dicho que entre el mar y el tiempo hay más de un lazo, aunque nunca he logrado saber dónde cuenta su tiempo el mar, si en las olas o en las calmas, y que hay un silencio dentro del silencio, una tristeza dentro de la tristeza, un olvido dentro del olvido y un tiempo dentro del tiempo. Y que escribir es una batalla contra el tiempo, y que en el interior del poema, como en el interior del tiempo, palpita la palabra transparente del niño que fui.

Vivir es un combate contra el tiempo, una cronomaquia. Nadie debería esperar del tiempo más justicia que del verdugo, porque al final solo el tiempo sobrevive. Quien dice “el tiempo todo lo cura” en realidad habla de la muerte y de alguna forma comprende que no es habitable el tiempo que no tiene interrupción, que en algún momento has de pararte y dejar paso.

Y aunque no hay mayor prodigalidad que dar tiempo al tiempo, el domingo tendrá una hora más, una absurda hora más, que acaso solo valga para demostrarnos que en el reloj siempre desafina el tiempo, que solo la luz es puntual.

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