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Personas, casos y cosas de ayer y de hoy

Reflexiones sobre libertad, verdad y generosidad

De nuevo con ustedes, mis lectores, para pasarles unas cuantas frases, entresacadas de las que cada día envío a medianoche, a través de WhatsApp, a un grupo de familiares y amigos, sin otra pretensión que no perder la conexión e intentar llevarles a la meditación sobre algunos temas. Los que me siguen en este diario ya lo saben, pero me han de permitir que lo repita para los que nunca me han leído. Todas estas reflexiones son el fruto de mis lecturas, de las que me apropio más o menos. En unos casos, las copio tal como las escribió el autor o simplemente las modifico o adapto; en otros, son solo el punto de partida para mis pensamientos propios. Luego las reordeno, extraigo unas cuantas, y las enlazo, con mayor o menor fortuna, hasta conseguir elaborar uno de estos sueltos. Cuando tuve el atrevimiento de verter las primeras, ya les dije que no serían las últimas; con este serán veintidós los artículos que se sustentan en estas reflexiones. Seleccionen las que quieran y acéptenlas o rechácenlas, según su propia opinión y principios.

Libertad

La libertad y la autoridad son compatibles y necesarias y una no puede limitar a la otra. Para ello hay que tener el convencimiento de que la libertad del otro amplía la libertad de uno mismo. No obstante, hemos de considerar que libertad no es hacer lo que se quiere, es hacer lo que se puede. Al fin y al cabo la libertad es un bien común y como tal no se puede ser enteramente libre si no son libres los demás. Parece paradójico, pero si conocemos nuestras limitaciones, somos más libres porque somos conscientes de hasta dónde podemos llegar y determinar nuestros actos. En este sentido, el teólogo y escritor francés François Fénelon (1651-1715), dijo: “El más libre de todos los hombres es aquel que puede ser libre dentro de la esclavitud”. La libertad empieza en uno mismo. Es innegable que la esclavitud con cadenas es horrible, pero aún es peor la esclavitud de uno mismo, en la que uno no es dueño de su voluntad.

La finalidad de la humanidad es la búsqueda constante de la libertad. Pero ahora, al igual que antes, los vientos pueden no ser favorables porque corran malos tiempos, por lo que parece oportuno recordar lo que en su día sentenció el filósofo idealista alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831): “En cada caso particular, los hombres persiguen sus fines particulares contra el derecho universal; obran libremente”. Frase relevante con la que se refería de modo esencial a la libertad de acción y empresa.

El concepto de libertad abarca el de libertad religiosa; sobre ella, con lucidez y actualidad aún válida, el papa emérito Benedicto XVI – Joseph Ratzinger– (n. 1927) dijo: “Si la libertad de religión se considera como expresión de la incapacidad del hombre de encontrar la verdad y, por consiguiente, se transforma en canonización del relativismo, entonces pasa impropiamente de necesidad social e histórica al nivel metafísico, y así se la priva de su verdadero sentido, con la consecuencia de que no la puede aceptar quien cree que el hombre es capaz de conocer la verdad de Dios y está vinculado a ese conocimiento basándose en la dignidad interior de la verdad”. Además, respecto a la libertad de religión, Benedicto XVI añadía: “Algo totalmente diferente es considerar la libertad de religión como una necesidad que deriva de la convivencia humana, más aún, como una consecuencia intrínseca de la verdad que no se puede imponer desde fuera, sino que el hombre la debe hacer suya solo mediante un proceso de convicción. El concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo, con el decreto sobre la libertad religiosa, un principio esencial del Estado moderno, recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia. Esta puede ser consciente de que con ello se encuentra en plena sintonía con la enseñanza de Jesús mismo (cf. Mt 22, 21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos. La Iglesia antigua, con naturalidad, oraba por los emperadores y por los responsables políticos, considerando esto como un deber suyo (cf. 1 Tm 2, 2); pero, en cambio, a la vez que oraba por los emperadores, se negaba a adorarlos, y así rechazaba claramente la religión del Estado. Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia”.

Verdad

Asimismo no debemos olvidar que es indudable que libera más la verdad que cortar las cadenas que otros nos imponen. Nadie puede creer en el que dice ser consecuente y sin embargo carece de congruencia entre lo que dice y lo que hace. Solo los que son congruentes, son auténticos y se puede creer en ellos; el resto, unos charlatanes –y pido perdón a los charlatanes de entonces, porque al fin y al cabo en su día defendieron temas como el de la familia con sus prédicas–. Si decimos que creemos, lo que está bien, hemos de creer con todas las consecuencias. Pero, en cualquier caso, la verdad no está exenta de dudas. Por eso, René Descartes (1596-1650), el físico y filósofo francés, sentenció: “Si quieres ser un verdadero buscador de la verdad, es necesario que dudes al menos una vez en tu vida, en la medida de lo posible, de todas las cosas”.

En el sentido religioso, también Ratzinger mostró en muchos de sus textos evidente clarividencia sobre la verdad. Entre ellos entresaco este párrafo: “La verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad. No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos. A esto os ayudará el Señor, que os propone ser sencillos y eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido. No tengáis miedo”.

El brillante filósofo alemán, Arthur Schopenhauer (1788-1860), decía aproximadamente que la verdad era como la medicina amarga, desagradable en el momento de tomarla, pero después solución de muchas cosas. Hemos de utilizar siempre la verdad, pero no como arma arrojadiza, sino como solución correctora de falsas opiniones y juicios. La sociedad, en demasiadas ocasiones, impone y difunde una versión simplificada de la realidad, que no siempre coincide con la verdad y el conocimiento. Verdad y conocimiento solo pueden adquirirse a través de la lectura y una gran parte de la gente por no leer no lee ahora ni el periódico; acaso los ojea través de la prensa digital, limitándose a los titulares, ya que el texto es solo accesible en su mayor parte mediante suscripción.

Además, si no piensas más allá de lo que dices ni ves más allá de lo que piensas. ¿Cómo esperas, después, que los demás te consideren? Una buena manera de mentir es recurrir a la estadística, que aisladamente puede ser una mentira infalible, pero una mentira. Así que hay que tener inteligencia, preparación y esfuerzo para saber el alcance real de los datos estadísticos.

Generosidad y envidia

Con la verdad por delante, asimismo, debemos ser generosos y ayudar a los demás. En palabras del pediatra y pedagogo polaco Janusz Korczak (1878-1942): “No estoy aquí para que me quieran y me admiren, sino para obrar yo y querer yo. No es obligación de la sociedad ayudarme a mí, soy yo el que tengo la obligación de cuidar al mundo, al ser humano”.

Además, así de simple, si cada uno de nosotros hacemos un esfuerzo por ayudar a otro, el resultado final es que habrá más esfuerzos de ayuda que esfuerzos para lastimar. Cuando hay que ayudar a alguien, el que es bueno, cuando puede, lo hace y si no puede, sufre mucho por no hacerlo. Son muchas la formas de falta de generosidad y muchas sus causas; un ejemplo son los celos, paradigma de ausencia de generosidad y una falta de estima.

Hay demasiadas personas a las que les domina la envidia y el odio. Al fin y al cabo, la envidia es el odio de los hombres cobardes, oscuros y desolados. Porque claro, es mucho más fácil pasarse la vida juzgando a los demás que trabajando por hacerlo cada día mejor. No me resisto a transcribir una frase que en su día anoté, si bien ahora mismo no identifico al autor: “La envidia es eso que se siembra en el corazón, por falta de logros personales. A veces se maquilla de amabilidad, se pone perfume de cortesía o se disfraza de buena voluntad. Es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual. A los envidiosos les molesta la satisfacción, la felicidad ajena y el progreso de los demás. Solamente sienten paz al ver la miseria de otros y por eso es que nunca, pueden ser felices ni sentirse realizados”. Los hipócritas y los egoístas se alimentan del chisme, se destruyen de envidia, se asfixian entre lo atesorado y se mueren sin amigos, eso sí, con todo puesto y sin haberlo disfrutado. La calumnia hiere y deja huella, pero tiene más fuerza la verdad, que es capaz de sanar y limpiar cicatrices.

Hemos de hacer lo imposible para evitar los sentimientos de odio, envidia y rencor, porque, dado que la vida es muy corta, es una pena que te quede el malestar de no haber perdonado en vida a aquel individuo indeseable. El odio no tiene sentido si es hacia quien nunca tuviste sentimientos de ningún tipo y, si realmente los tuviste, es difícil de entender que se pase del amor al odio. Basta con dar media vuelta y olvidar. Deben preocuparnos poco las personas que nos expresan su odio; en cambio, debes temer mucho a las que fingen querernos. Es bien sabido que no son los peores enemigos los que se manifiestan abiertamente; los peligrosos son los enemigos tímidos. Esos que te dan la puñalada en plena sonrisa.

En cualquier caso, si en definitiva quieres ser estimado por otros, tienes que lograrlo y uno de los secretos es dar más que recibir.

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