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Juan José Millás.

El trasluz

Juan José Millás

Pertenencias inmateriales

Me pregunto si esta migraña es tan mía como mi cabeza. Por lo general, aceptamos que la cabeza es nuestra, pero que la migraña viene de fuera. De ahí que intentemos expulsarla con algún remedio. Conocí a un tipo que se llevaba mal con su cabeza porque, según él, no era suya. Aseguraba que se la habían cambiado al nacer, en la incubadora, con unas técnicas sutiles, que no requerían cirugía. No le habían cambiado la cabeza física, en fin, ni siquiera el cerebro: le habían cambiado la mente.

–Yo tengo una mentalidad –aseguraba– que no me pertenece, una mentalidad que rechazo, pero con la que he de vivir porque me han robado la mía.

El hombre sufría ese delirio, qué le vamos a hacer, con el que no hacía daño a nadie, excepto a sí mismo. Y quizá ni siquiera a sí mismo, pues vivía de alimentar tal obsesión como otros viven de meter barcos en botellas. A veces pensaba en decapitarse, claro, pero de una manera retórica, como quien le dice a un hijo del que está harto: “te voy a matar” o “me vas a matar”, según el carácter. Hay quien prefiere matar y quien prefiere que le maten, depende de su grado de bondad.

Cuando me duele la cabeza, mi primer movimiento es el de rechazar el dolor como si no me perteneciera. ¿Pero entonces a quién?, me pregunto. Y no se me ocurre a quien endilgárselo. Alcanzada, pues, la conclusión de que es tan mío como el resto de mi cuerpo, dudo si debo o no tomar una pastilla para combatirlo. Quitármelo, siendo mío, es un modo de no aceptarme. De hecho, no es raro que, al llegarme la paz proporcionada por el ibuprofeno, sienta ese bienestar como ajeno a mí. Me encuentro bien, de acuerdo, pero también algo amputado. Se trata, en fin, de un bienestar estéril, del que no obtengo nada, excepto la retirada de la migraña. Cuando soy capaz de aceptarla como propia, en cambio, asisto a transformaciones de orden mental enormemente productivas. Resuelvo problemas narrativos, por ejemplo, se me ocurren ideas, me atrevo a rechazar compromisos absurdos que aceptaría sin dudar bajo los efectos del fármaco. A veces, hasta me meto en la cama, aunque sea muy pronto, sin sentimiento de culpa alguno. Soy más yo, en suma.

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