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Juan Gaitán

El saber inútil

La Filosofía desaparece de la educación obligatoria

Cuentan que, al abrir un libro de Euclides, el filósofo Hobbes tropezó casualmente con el teorema de Pitágoras y exclamó: “¡Por Dios! ¡Esto es imposible!”. Entonces comenzó a leer las demostraciones en sentido inverso hasta que llegó a los axiomas, quedando maravillado. Sin duda, Hobbes disfrutó del momento de “saber” y estoy convencido de que ni se le pasó por la cabeza la idea de la utilidad de la geometría en la medición de terrenos.

Pero mucho hemos retrocedido desde aquellos días en que el móvil principal del estudio era el goce intelectual, la adquisición de un cierto modo de riqueza. Desde hace algunas décadas todo eso se ha ido eliminando paulatinamente y ahora lo que prevalece es el aspecto utilitario del conocimiento, hasta el punto de que hemos llegado a asumir que el único que merece la pena adquirir es aquel que resulta aplicable a la vida económica, lo que podría sintetizarse en que el saber está considerado no como un bien en sí mismo, sino como un medio. Hoy prácticamente se nos “obliga” a aprender solo aquellas cosas que se estiman útiles.

Dando un paso más en esa fatídica dirección, el Gobierno ha decidido quitar definitivamente la Filosofía del currículo de la ESO, lo que significa que las nuevas generaciones pasarán toda la enseñanza obligatoria sin ver una palabra de Platón, pese a que hubo una vez un compromiso suscrito en el Congreso por todos los partidos que se ha incumplido. La Filosofía desaparece para hacer sitio a materias como Orientación Profesional, Servicio a la Comunidad o Modelos de Negocio, sin duda muy prácticas todas y tendentes a fabricar ciudadanos leales al sistema.

“Algunos de los peores rasgos del mundo moderno podrían mejorarse con un mayor estímulo del conocimiento humanístico y una menos despiadada persecución de la competencia profesional”

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No hay duda de que el conocimiento “útil” es muy útil, pero hay mucho que decir sobre el estrecho criterio utilitarista de la educación. Es indiscutible que algunos de los peores rasgos del mundo moderno podrían mejorarse con un mayor estímulo del conocimiento humanístico y una menos despiadada persecución de la competencia profesional.

Vivimos rodeados de fanatismos para cuya estrechez la instrucción técnica no será un antídoto. El antídoto está en aquellos estudios que nos capacitan para vernos en nuestra verdadera perspectiva. Es necesario proporcionar un conocimiento que inspire una concepción de los fines de la vida humana en su conjunto, el poder de ver y de conocer, de sentir y de pensar y comprender.

La cultura, el conocimiento “inútil”, no solo hace menos desagradables las cosas desagradables, sino que hace más agradables las agradables. Bertrand Rusell afirmaba que encontraba mejor sabor a los albaricoques desde que supo que provenían de China y que unos prisioneros los llevaron, de donde se extendieron a Persia, llegando al Imperio romano durante el siglo I, y que por eso la palabra “albaricoque” deriva de la misma fuente latina que la palabra “precoz”, porque el albaricoque madura tempranamente. Y todo esto, que acaso no sirve para nada, sin embargo hace que los albaricoques tengan un sabor mucho más dulce.

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