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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

Mucho blablá y pocas medidas concretas contra el cambio climático

Al final vamos a tener que dar la razón a la activista sueca Greta Thunberg cuando acusa a los políticos de hablar mucho y no hacer prácticamente nada en la autoproclamada lucha contra el cambio climático.

Se fijan metas de reducción de emisiones, que los países se comprometen a cumplir en fechas concretas, pero vemos que no se adoptan las medidas correspondientes.

Y mientras tanto, asistimos año tras año a las consecuencias del calentamiento global: inundaciones, sequías, incendios, huracanes y otros fenómenos de la naturaleza por desgracia cada vez más frecuentes.

Próximamente se celebrará en Escocia, bajo presidencia británica, es decir de uno de los países que menos está haciendo por reducir su impacto, una nueva conferencia –vamos ya por la número 26– de la Convención Marco de la ONU sobre el cambio climático.

El primer ministro británico, Boris Johnson, dice tener la solución: “Ciencia, innovación y capitalismo”. Es decir, más de lo mismo.

Se ha pedido a los Gobiernos reducciones ambiciosas de las emisiones de CO2 que permitan llegar a la total neutralidad del carbono para mediados de siglo. Pero las palabras de los políticos no parecen corresponderse con la realidad.

Es cierto que han aumentado las ventas de coches eléctricos, lo que ha permitido reducir en 40.000 barriles diarios el consumo de petróleo, más allá del resultante de la caída de la actividad en todo el mundo durante la pandemia del COVID-19.

Sin embargo, al mismo tiempo ha aumentado de forma exponencial la venta de los conocidos en la jerga del automóvil como SUV, es decir vehículos deportivos utilitarios, que son los que más combustible consumen.

Un 42 por ciento de los nuevos automóviles vendidos el año pasado corresponden a esa categoría.

Como señala la plataforma británica OpenDemocracy, también ganó en eficiencia energética la aviación civil en los últimos veinte años, pero ¿qué ocurrió a cambio?

Ocurrió como resultado que aumentó de modo exponencial el número de los llamados frequent flyers, es decir de las personas que utilizan con asiduidad ese medio de transporte tan contaminante.

El número de vuelos de pasajeros por año pasó en todo el mundo de 310 millones a 4.400 millones, con el consiguiente aumento en el consumo total de combustible.

Como escribió en su día la revista científica “Nature”, la estrategia de emisiones negativas de CO2 es solo “pensamiento mágico”.

Según esa misma publicación, para tener una probabilidad del 50 por ciento de que la temperatura media del planeta no sobrepase el 1,5 por ciento a mediados de siglo, habría que dejar en el subsuelo el 60 por ciento de los hidrocarburos y hasta un 90 por ciento del carbón existente.

"Como escribió en su día la revista científica 'Nature', la estrategia de emisiones negativas de CO2 es solo 'pensamiento mágico'”

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Según el Mercator Research Institute, de Berlín, para poder cumplir ese objetivo del 1,5 por ciento fijado por la ONU, la atmósfera no debe absorber en total más de 400 gigatoneladas de CO2, y las emisiones actuales de gases de efecto invernadero son de 42,2 gigatoneladas: es decir, que en solo diez años se superaría ya esa cifra.

OpenDemocracy responsabiliza sobre todo a Gran Bretaña del desarrollo y la exportación a todo el planeta, a través de su imperio colonial, de un tipo de capitalismo impulsado por el carbón.

Dos de las mayores compañías petroleras: la Shell y BP son británicas. En el primer caso, anglo-holandesa. La Royal Navy gasta una fortuna en patrullar las aguas de todo el mundo por donde pasan los petroleros.

Y si las petroleras quieren recurrir a créditos bancarios para seguir invirtiendo, denuncia esa plataforma, han de presentar como activos las reservas que tienen todavía sin explotar.

Si hubiésemos de creer en la sinceridad de la lucha contra el cambio climático –es decir, en la renuncia a la extracción de esas reservas del subsuelo– esas compañías estarían ya quebradas.

Los cuatro grandes bancos del Reino Unido están, por el contrario, financiando con más de 26.000 millones de dólares a multinacionales dedicadas a la construcción de nuevas centrales de carbón.

Y la única solución que se les ocurre a quienes todo lo fían a la innovación es el desarrollo de nuevas tecnologías que permitan almacenar en el subsuelo el CO2 resultante de la actividad humana.

De cambio de estilo de vida, de renuncia a los actuales patrones de consumo, ¡nada!

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