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Ceferino de Blas.

La única sonrisa

En el centenar y medio largo de fotografías que muestra Javier Teniente en la Casa das Artes, solo se ve una sonrisa. Es la de un vendedor irakí, que sonríe tras una gran pieza de carne, no se sabe si por sentirse propietario o por posar ante el fotógrafo.

En el resto de las fotos, tomadas en diferentes países del mundo, de Asia, África, Latinoamérica, Europa, incluso de España, todos, sin distinción de edad, niños, jóvenes, adultos, ancianos aparecen serios.

"Javier Teniente ha querido plantar sus cámaras en lugares dantescos. Es como fuese al encuentro del dolor"

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A los que acuden a la exposición no les coge por sorpresa, porque se lo advierte el cartel anunciador de la fachada del edificio. Se titula “una geografía atormentada”, que previene que se trata de un recorrido por situaciones dramáticas, de desastres naturales y guerras que no invitan a la sonrisa sino a la seriedad y al rictus atormentado.

Siempre cabe imaginar que ocurra como en las películas, en las que los guionistas se permiten una condescendencia para que la vida no parezca tan espantosa, y emerge la sonrisa de un niño que, por cualquier nimiedad, se sustrae de la terrible realidad que entristece a sus padres y a los amigos.

Pero la vida es cruel y no coincide con la buena voluntad de los guionistas cinematográficos que no quieren mortificar a los espectadores sin darles un respiro, porque en las fotografías de referencia no existe la excepción. Todos cuantos aparecen están profundamente serios, soportando el dolor con una enorme entereza, dejándose llevar por un determinismo inexorable.

Aunque circulan varias acepciones de la sonrisa, la más común la define como la manifestación gestual más característica de la alegría, el placer, la felicidad o la diversión que una persona experimenta.

La exposición fotográfica se titula "Una geografía atormentada"

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Por lo que es evidente que todos los humanos –al menos no han perdido esa condición– que captan las fotos experimentan sensaciones contrarias a las descritas y lo exteriorizan en la adustez de sus rostros. Son el ejemplo de la tristeza, causada por el dolor, la desolación, la impotencia, la incapacidad para superar el estado de indefensión. Lo terrible es que se sienten atrapados sin el menor gesto de reacción. No se quejan, no protestan ni increpan, aceptan la desgracia en la que están inmersos con una increíble templanza. La hispana virtud del pataleo ante situaciones de injusticia no se atisba por ninguna parte.

Javier Teniente, que ha asumido su profesión de reportero al modo en que los antiguos misioneros se expandían por mundos desconocidos, dispuestos a arrostrar las peores circunstancias, ha querido plantarse con sus cámaras en lugares dantescos: en Mozambique donde llovió ininterrumpidamente más de tres semanas, en la Sumatra del tsunami, en el Kósovo arrasado por la guerra, en el Timor de las matanzas y el millón de refugiados, en el Irak postbélico de los terribles atentados o en la Sudamérica indígena.

Acopia una trayectoria de más de un cuarto de siglo recorriendo continentes, personándose allí donde la vida resulta más dura y en los momentos en que se muestra más amarga. Es como si hubiera ido al encuentro del dolor, por eso no aparece la sonrisa en los rostros de los protagonistas.

El resultado de esa visión del mundo en llamas son unas fotografías impresionantes, en las que convergen el dramatismo de las situaciones y el talento del reportero.

Solo se ha permitido la excepción del vendedor irakí, que en un guiño a la vida sonríe tras la gran pieza de vacuno colgada del techo de la tienda.

Aunque sin el dramatismo agobiante de los escenarios de las fotos, los meses pasados han dado sobrados motivos para comprender mejor las situaciones que borran la sonrisa a la gente enganchada en un desastre natural o en casos de conflicto.

La pandemia del COVID-19 causó tanto dolor que tensó los labios y congeló las sonrisas, aunque la expresión de tristeza quedara atenuada al ocultarse tras las mascarillas. El gran número de muertes causadas por el virus, y las experiencias personales de incertidumbre y temor, han incrementado los estados de depresión. Aún es pronto para conocer las consecuencias, que con el paso del tiempo reflejarán las estadísticas.

Cuando crecen los augurios de que se está a punto de superar la pandemia por la vacunación masiva, y se habla de la vuelta a la normalidad, cabe prever que comience a cambiar la expresión de los rostros ya sin mascarillas. Pero la sensación de que todo ha transcurrido y todos los que han llegado aquí han salido indemnes puede ser aparente.

Si la sonrisa es la medida para comprobar el estado de ánimo de la sociedad, será bueno estar atento a si la gente sonríe tanto ahora como antes del virus. Una vida de sonrisas es el mayor de los deseos, pero sin ellas resulta insufrible, propia de “una geografía atormentada”.

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