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José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

De cómo envenenar a la disidencia

El secuestro de un avión en el que viajaba el periodista bielorruso Roman Protasevich, destacado activista en la lucha contra el régimen dictatorial de Aleksandr Lukashenko, ha escandalizado a la opinión pública mundial. El aparato había salido de Grecia con dirección a Lituania cuando al sobrevolar territorio de Bielorrusia fue interceptado por un caza de ese país que le obligó a aterrizar en Minsk, so pretexto de una supuesta amenaza de bomba.

En realidad, se trataba de un engaño porque la minuciosa búsqueda del explosivo no dio resultado alguno ya que el objetivo principal de la operación era detener al activista y a su novia. El secuestro de Protasevich, en una acción que muchos observadores no han dudado en calificar de piratería, ha tensado las relaciones de Bielorrusia con EE UU y con la UE que adoptaron de inmediato sanciones comerciales. Una vez consumado el secuestro, las autoridades bielorrusas difundieron un vídeo con unas declaraciones del activista en las que reconocía haber cometido todos los delitos que le imputan sus secuestradores, aunque cabe la sospecha de que pudieran haberse producido bajo tortura.

El episodio rocambolesco de la detención de Protasevich tiene aspectos muy parecidos a los que se han vivido recientemente con el opositor ruso Alexei Navalny. Este fue autorizado por el gobierno ruso a tratarse en un hospital alemán de un supuesto ataque con veneno y concluida la revisión regresó a Rusia donde fue ingresado en prisión para cumplir el resto de la pena a que había sido condenado por fraude.

El periodismo de investigación es una dedicación muy peligrosa

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Según medios occidentales, los servicios secretos rusos manejan el veneno contra la disidencia de una forma tan eficaz como lo hizo en tiempos la familia del Papa Borgia, aquel valenciano sin escrúpulos. Y se han especializado en no dejar rastro de su uso en el cuerpo de las víctimas. Hay una larga tradición en ese sentido.

En 1978, cuando en España nos preparábamos para culminar los trabajos de redacción de nuestro primer texto constitucional democrático tras la dictadura, se produjo el asesinato en Londres del disidente comunista Georgi Markov. Paseaba tranquilamente por la calle cuando un agente soviético le pinchó con la puntera de un paraguas, el “paraguas búlgaro” como se denominó al arma homicida en el argot de los servicios secretos. Después de ese hubo más casos y no solo con rusos como protagonistas.

Ahí tenemos, más recientemente, el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi, asesinado supuestamente en Turquía por agentes de su propio país a las órdenes del príncipe heredero. Khashoggi fue citado en el consulado de Arabia Saudita en Estambul, entró en su sede y no hay constancia de que saliera nunca de allí. Las inspecciones realizadas no aportaron ninguna evidencia y hay sospechas fundadas de que pudo haber sido disuelto en ácido y luego evacuado por los retretes. Trabajaba como corresponsal para la prensa norteamericana y se había manifestado muy crítico con el régimen de Riad.

El periodismo de investigación es una dedicación muy peligrosa. Ya lo advirtió el famoso intelectual estadounidense Noam Chomsky en una frase memorable: “El sistema lo permite todo, excepto la revelación de los móviles económicos ocultos”.

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