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Juan José Millás.

El trasluz

Juan José Millás

El aperitivo

Se metió en el vagón del metro un joven que llevaba un jamón sin funda al hombro como el que lleva una guitarra. Me gusta mucho el jamón, pero me desagradaba verlo en un contexto tan poco adecuado y, encima, desnudo. Otra cosa es que lo hubiera llevado en una caja o en una envoltura de tela. Había algo obsceno en la exposición subterránea de la extremidad de un cerdo. Al poco, se quedó libre un asiento que ocupó el joven, colocándose el jamón entre las piernas, apoyado en el suelo.

Apoyado en el sucio suelo, he querido decir.

Los pasajeros comenzaron a lanzar miradas de censura al chico sin que este pareciera afectado por ellas. En esto, le sonó el móvil, que extrajo del bolsillo y se puso a hablar con alguien de arquitectura. No nos habría extrañado que hablara de cualquier otro asunto, pero no se puede hablar de arquitectura con un jamón colocado entre las piernas. El viaje prosiguió, en fin, y en la siguiente estación entró una pareja de músicos. Ella tocaba la guitarra y él cantaba una canción de Bob Dylan. Pasaron la gorra con bastante éxito y se fueron con la música a otra parte. Para evitar mirar el jamón apoyado en el sucio suelo, saqué el móvil y repasé los correos electrónicos. No había ninguno de interés, ninguna buena noticia, tampoco mala, nada. Pobre de mí, pensé. Guardé el smartphone y en la siguiente parada decidí cambiar de vagón para evitar el espectáculo.

No basta con que las cosas dejen de ocurrir fuera de ti: han de hacerlo también en tu interior

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Resultó que en el siguiente había otro chico, también con un jamón, en idéntica postura a la de aquel del que venía huyendo. Esto, me dije, no puede estar pasando. Esto es un accidente cerebrovascular. Quizá arrastro mentalmente las cosas más allá de donde dejan de suceder. No basta con que las cosas dejen de ocurrir fuera de ti: han de hacerlo también en tu interior. De hecho, voy a la psicóloga porque me siguen afectando problemas de mi infancia.

Me bajé del metro y salí a la calle jurándome a mí mismo que si tropezaba con alguien que llevara un jamón desnudo, pediría voluntariamente el internamiento. No sucedió, pero cuando llegué a casa vi sobre la encimera de la cocina un plato de jamón que alguien había preparado como un aperitivo. Me tomé un ansiolítico.

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