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Soy vikingo ‑así llaman los del Atleti a los del Real Madrid– desde el día en que, teniendo once años, mi tío Rafael Cela me llevó al Bernabéu a ver jugar a un equipo en cuya delantera estaban Di Stefano, Puskas y Gento. Mi tío Rafael, ingeniero de Minas, era de lejos el mayor talento de la familia pero se negaba a cenar cuando el Madrid perdía. Me contagió una afición al fútbol que en mi caso es puro ánimo porque jamás veo, ni siquiera por la televisión, partido alguno porque me aburren. Lo dicen los yanquis: en el fútbol europeo —soccer, lo llaman ellos— casi nunca pasa nada; todo lo contrario del fútbol americano que es pura testosterona en movimiento por más que, en los tiempos que corren, eso debe suponer casi un crimen, supongo.

Pero a lo que iba. Aunque no vea los partidos, me encanta leer las crónicas y los comentarios, aunque solo sea por ver hasta dónde se puede exprimir un tópico y qué límites alcanza la estupidez humana. Estoy al tanto, pues, de que el mundo del fútbol se parece mucho al de la política excluyendo de ella la diplomacia que solo aparece al derivar, como decía creo que von Klausewitz, en su continuación natural que es la guerra. Igual que en cualquier batalla, en el fútbol hay vencedores y vencidos, incluso cuando se da un empate, y lo suyo es disfrutar tanto de las victorias como de las derrotas. Yo, por ejemplo, prefiero de lejos que pierda el Barça a que gane el Madrid. Pero debo ser un madridista muy raro porque me pongo también muy contento cuando el que gana es el Atleti.

Aunque no vea los partidos, me encanta leer las crónicas y los comentarios, aunque solo sea por ver hasta dónde se puede exprimir un tópico y qué límites alcanza la estupidez humana

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Los colchoneros tienen un equipo peculiar, cuya mejor razón se ser supo expresarla a las mil maravillas el anuncio aquel que publicó el club el año en el que bajó a la segunda división. En él un niño pequeño, agarrado a la mano de su padre, le preguntaba, “Papá, ¿por qué somos del Atleti?”. Nadie que sienta los colores del rojo y el blanco necesita siquiera pensar la respuesta porque sale sola. El descenso a los infiernos es el camino por naturaleza del Atleti. No compite ni de lejos con el Barça y el Madrid a golpe de talonario para fichar estrellas consagradas pero tiene siempre un portero y un delantero centro que se lo disputan a precio de canario joven los jeques y los oligarcas rusos dueños de los equipos más poderosos del planeta.

Está tan en el ADN del Atleti el perder que cuando gana una liga, por ejemplo, esta última, ha de hacerlo a golpe de hazaña, remontando partidos que parecen la cumbre del K2 y esperando al último suspiro para que un jugador desechado, despreciado y humillado por el Barça marque el gol definitivo. No es ninguna situación excepcional; es la norma, esa misma ley que le impide al Atleti ganar los partidos sencillos, los que no suponen dificultad alguna. Lo suyo es ir contra la costumbre y por eso mismo me alegro tanto cuando la norma que echa abajo es la de que, en el fútbol, todo lo ganen el Barça o el Madrid.

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