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Juan Gaitán

El síndrome Amarildo

Se ha muerto Michael Collins, ese tipo que fue a la Luna y no la pisó. Collins era un personaje fascinante porque, por más que él lo negase toda su vida, por más que la NASA dijese mil veces que su participación fue esencial, en el sentir colectivo siempre quedó como ese pobre tipo que fue a la Luna y no la pisó.

“El hombre más solitario de la Luna”, lo llamaron en su día. Mientras Neil Armstrong y Buzz Aldrin salían del módulo y cumplían el viejo sueño de la Humanidad de poner los pies donde nadie los había puesto antes, él se quedó en el cohete, mirando. Esa es la clave, ahí está la imagen profunda del perdedor, quedarse mirando mientras los demás se lucen.

Siempre tuve más simpatía por Collins que por Armstrong o Aldrin, quizás por la complicidad entre iguales, por ese sentido gremial que nos une a quienes siempre llegamos segundos o terceros en la carrera y somos esos que nadie recuerda, los que no salen en la foto. Somos muchos los que nos identificamos con Collins porque también nos ha tocado siempre quedarnos mirando mientras otro se llevaba la gloria, mientras otro pronuncia la frase “es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”, pero dejando claro que ese paso lo ha dado él, que él ha sido “el hombre”.

"Esa es la clave, ahí está la imagen profunda del perdedor, quedarse mirando mientras los demás se lucen"

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Alguna vez he hablado de lo que yo llamo el “Síndrome Amarildo”, que es un modo muy injusto de ser perdedor. Amarildo Tavares da Silveira fue un maravilloso delantero brasileño que tuvo la mala fortuna de coincidir con Pelé y ser, eternamente, su suplente. La genialidad de Pelé le dejó siempre mínimas oportunidades, y aunque por una lesión del mítico 10 en el Mundial de Chile de 1962 tuvo la oportunidad de brillar, de mostrar lo que valía, de nada le sirvió. En cuanto Pelé se recuperó él volvió a la sombra. Luego hizo algo de carrera en Italia ganando un par de títulos, poca cosa, poca fama, mucho olvido.

Y algo así le pasó a Collins, el que llegó tercero, el que ni siquiera llegó, el tipo que tuvo que ser obligatoriamente humilde y mirar el resto de su vida a los ojos de la gente sabiendo que pensaban “mira, este es el pobre tipo que fue a la Luna y no la pisó”.

Durante siglos se creyó que las almas de los difuntos iban a la Luna, donde vivían una segunda vida, y todavía en la mitología brahmánica se sigue creyendo que es en la Luna donde habitan las almas de los difuntos. No es tan mala idea. Algún sitio debe haber, es lo justo, para los que nunca ganan, para los Collins, los Amarildos, los…

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