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Joaquín Rábago.

EE UU encuentra en China la horma de su zapato

Hablan los medios de un choque entre Estados Unidos y la República Popular China en su primera reunión bilateral tras el cambio de gobierno en Washington.

El secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken, con fama de “halcón”, reprochó a las autoridades comunistas sus acciones antidemocráticas en Hong Kong, su represión de los uigures en Xinjiang, sus amenazas a Taiwán y los ciberataques contra EE UU. Una larga lista de agravios que los chinos no quisieron dejar pasar sino que acusaron, a cambio, a Washington de arrogarse indebidamente la representación de la opinión pública mundial.

En lugar de criticar a China, replicó el consejero de Estado chino Yang Jiechi, EE UU debería resolver sus “profundos” problemas, incluidos los raciales, más que evidentes a ojos del mundo.

Según Yang, EE UU abusa continuamente de su “fuerza militar y su hegemonía financiera para ejercer su jurisdicción a larga distancia y reprimir a otros países”.

El ministro de Exteriores chino criticó que Washington hubiera impuesto sanciones, justo antes de la reunión, a veinticuatro funcionarios de los Gobiernos de China y Hong Kong a fin de “lograr alguna ventaja”.

A la vista está que el gigante asiático no se amilana como otros ante el poderío norteamerican: en China, la superpotencia parece haber encontrado por fin la horma de su zapato. El famoso lingüista y activista estadounidense Noam Chomsky ha puesto el dedo en la llaga al afirmar que EE UU se comporta en relación con los demás países “como si el mundo le perteneciera” (1).

Si alguien se rebela, “hay que pararle inmediatamente”, analiza Chomsky, aunque sea un país lejano como Irán, que tiene, es cierto, un Gobierno poco presentable, pero no tanto como el de Arabia Saudí, que es, sin embargo, “nuestro aliado”.

"El gigante asiático no se amilana como otros ante el poderío norteamerican: en China, la superpotencia parece haber encontrado por fin la horma de su zapato"

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Si Irán perseguía la bomba nuclear, era sobre todo con fines defensivos frente a Israel y al régimen saudí, argumenta el autor de ¿Quién domina el mundo? y Réquiem por América.

Sin embargo, “frenar a Irán se ha convertido en una obsesión” para los Gobiernos de EE UU, que no toleran, según Chomsky, que ese país pueda desarrollar una “estrategia de disuasión”.

En el caso de China, es cierto que sus vecinos se quejan de su abrumador poderío económico y de su “creciente beligerancia”, agravios que trata de aprovechar EE UU para sus propios intereses estratégicos en la región del sureste asiático.

Washington y Pekín tienen “necesidades existenciales que colisionan entre sí” y que “a veces han llevado a guerras”: China desea controlar las aguas frente a su territorio porque por ellas pasa el petróleo que necesita de Oriente Medio, algo que EE UU no puede tolerar.

El lingüista recuerda a ese propósito lo ocurrido a raíz de la crisis de los misiles con Cuba en plena Guerra Fría: el entonces líder soviético Nikita Jruschov ofreció retirar de la isla caribeña sus misiles si EE UU hacía lo mismo con los que tenía en Turquía y apuntaban a su país.

El presidente John F. Kennedy se negó a ello pese a que EE UU tenía secretamente la intención de sustituir aquellas armas, que habían quedado anticuadas, por nuevos submarinos Polaris en aguas del Mediterráneo, que serían menos vulnerables y mucho más letales. Pero tenía que dejar claro quién mandaba allí.

(1) En declaraciones al programa Sternstunde: Philosophie, de la SRF: Radiotelevisión suiza.

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