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Juan Soto Ivars

Sálvame de la ministra

Rociíto, conocida por ser hija de Rocío Jurado y vender su vida en la tinaja de ácido corrosivo de la prensa del corazón, es la protagonista de un programa sensacionalista de ocho capítulos que Mediaset llama pomposamente “documental”. Allí ha contado que su expareja Antonio David Flores la maltrataba física y psicológicamente hace veinte años. Hasta donde sé, es lo mismo de siempre en “Sálvame”, pero con un formato más solemne para cazar a columnistas de izquierdas. La audiencia ha sido apoteósica. Picos de diez millones de espectadores, entre ellos Irene Montero. Supongo que la ministra aprovechó que Iglesias está liado con la campaña para desprogramar el puñetero HBO y gozarla con Telecinco.

Tuiteaba Montero, no sé si como espectadora o como ministra, que la pobre Rociíto es una mujer maltratada y que “yo sí te creo, hermana”. También tuiteaban en esta línea Íñigo Errejón y Adriana Lastra, en lo que un amigo ha tildado con ingenio como un “¡vamos Rafa!” especial para la parroquia feminista. La coña es que al día siguiente Montero conectó con ‘Sálvame’ desde su despacho del ministerio. Tenía detrás dos banderas, la española y la europea, para darle al esperpento un tono institucional. Repitió que lo visto y oído es el testimonio de una víctima pese a que hay dos sobreseimientos judiciales a favor de Flores.

La parte judicial del culebrón va camino del Tribunal Supremo, pero da igual, porque a Flores ya lo ha condenado España, que es la audiencia de “Sálvame”. Por la parte que le toca, me importa un comino. Flores se gana la vida con la miseria ajena y chapotea en la misma cubeta corrosiva que Rociíto, esa que ahora lo desintegra. Mediaset ha esperado a que la gente viera el bodrio para darle a Flores la patada en el culo, así que intuyo que su despido es, como los de Gran Hermano, un golpe de efecto. Partimos de la base de que Mediaset es capaz de emitir un empalamiento caníbal si esto le genera audiencia. Cosas peores se han visto.

En fin. Estoy desasosegado con el entusiasmo progresista alrededor de este asunto. No sé si Rociíto miente o dice la verdad, pero ha cobrado un dineral por dar su “valiente testimonio” y este dato es omitido en los ditirambos y loas que se le dedican estos días. Se calcula que más de un millón de euros, con lo que la pretensión de convertirla en una representante de las mujeres maltratadas no solo es un atropello a la presunción de inocencia y el trabajo de los jueces, sino un insulto monumental a las víctimas de la violencia machista.

Pero vayamos al fondo del asunto. ¿Qué ha hecho tan interesante para los políticos dejarse ver en ese circo? Dado que mi abuela ve los programas de Mediaset no se me ocurriría insultar a su audiencia, pero convendrán conmigo que es un entretenimiento más bien chabacano. ¿En qué momento se decidió que había que prestar crédito a lo que allí acontece y convertir los chillidos y cacareos de sus personajes en temas de interés político? ¿Fue porque los candidatos empezaron a dejarse entrevistar en ese plató cuando estaban en campaña? ¿Fue porque Jorge Javier se significó políticamente y empezó a cagarse en Vox y a echar flores a la Sánchez?

Puede. Pero el fenómeno alrededor de esa frivolidad es, por encima de todo, una señal alarmante del nivel que ha alcanzado en España el populismo. La presencia de ministros en el gallinero televisivo eleva esa frivolidad al rango de noticia y legitima el sensacionalismo, el chantaje emocional y el vituperio. No me importa parecer elitista. Es un ¡muera la cultura! actualizado.

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