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Tribuna

Así vivimos el 23-F

Aquella tarde del 23-F en la redacción de Faro de Vigo en Chapela era un día normal como cualquier otro, en que cada uno seguía su rutina. Yo era entonces responsable del Suplemento Dominical. Teníamos la radio puesta, escuchando el pleno del Congreso para seguir la sesión de investidura de Calvo Sotelo. Para no molestar el volumen estaba bajo, por lo que no percibimos muy bien los momentos iniciales de la entrada de Tejero.

En un lateral de la redacción estaba la sala de teletipos. En aquel tiempo, estos artilugios tenían adosado un timbre para advertir que estaban vomitando una noticia importante, de modo que, de repente, todos los aparatos suspendieron la transmisión ordinaria de noticias y se dispararon todos los timbres. El auxiliar de redacción que tenía a su cargo ir cortando las noticias y repartirlas a las mesas de los redactores se llamaba Lodeiro, y era un hombre especialmente tranquilo. Uno de nosotros le dijo: “Lodeiro, vai ver qué coño pasa”. Y este sin perder la calma, respondió: “Qué vai pasar, un cortocircuito”. Pero no era tal.

El primero que se dio cuenta de lo que realmente pasaba fue el viejo redactor de deportes Tourón, excelente veterano y gran persona, quien dijo con cierto humor: “En esta redacción empieza a oler a caca”, en referencia al miedo que, según él, nos estaba entrando. Poco tiempo después nos comunicaron que se habían presentado en la consejería dos guardias civiles que habían sido enviados allí por el gobernador civil.

Plenamente conscientes ya de lo que estaba ocurriendo, Armesto, el entonces director de FARO, empezó a organizar la redacción para centrar todo el esfuerzo en la información especial que teníamos que componer, pero sin abandonar el resto de las noticias del día. A mí me tocó una misión muy especial: era importante conocer si las guarniciones de Galicia se habían sumado al golpe o la situación era normal. En aquellos años, en Galicia había dos grandes unidades: la Brigada de Infantería DOT VIII (Brigada de Defensa Operativa del Territorio), cuyo cuartel general estaba en Vigo, cuyo jefe fuera el general Juste, ahora jefe de la Acorazada, en el edificio del Arenal que luego sería rectorado; y la Brigada Aerotransportable.

En principio, a la indefinición de la Capitanía General de Galicia que no se sabía muy bien de qué lado estaría, y desde la perspectiva de los 40 años sucesivos, se puedan extraer algunas consideraciones. La unidad más desplegada en Galicia era la BRIDOT VIII, pero A Coruña y Ferrol eran entonces plazas militares de primer orden.

Por lo general, los regimientos y centros consultados daban sensación de tranquilidad, en el sentido de que todo sucedía normalmente en los cuarteles y que la tropa franca de servicio había salido a la calle como cada tarde. Sin embargo, eso no era del todo cierto. En Vigo, la dotación de la ETEA fue acuartelada, y en las unidades del ejército de Tierra, como el Regimiento de Infantería Zamora 8, en Ourense, los soldados fueron provistos de munición de guerra y durante tres días se mantuvo la prevención y la capacidad de despliegue, de modo que los medios de transportes de las unidades estuvieron con sus depósitos llenos en prevención de tener que salir.

Años después de aquellos días, llegó a mis manos un interesante documento de la Escuela Superior del Ejército, titulado “Orientaciones provisionales para el empleo táctico de la Brigada de Infantería D.O.T.” Allí se relataba con todo detalle qué hacer en una situación como el 23-F. Eran las órdenes de despliegue ante una perturbación del orden público, la subversión social o “que el poder civil dé muestras de debilidad o desidia”. Estaba claro. La cuestión si ese despliegue se hace o no para defender el orden constitucional o para derribarlo.

El general decisivo aquella tarde, aunque al inicio no se enterara bien de lo que pasaba, era el general Juste, quien residió algunos años en Vigo, como gobernador militar y jefe de la BRIDOT VIII. Era hombre educado y de trato social. Era muy conocido y asistía a todos los actos a los que era invitado. Yo lo había tratado y conversara en repetidas ocasiones con él.

Nunca creí y acerté que fuera un golpista, pero cuando le preguntaron qué hubiera hecho si el Rey le da orden de apoyar el golpe él la hubiera acatado sin dudarlo.

Poco después del 23-F pude entrevistar al general Gutiérrez Mellado, y al preguntarle por su valor al enfrentarse a Tejero me dijo que en aquel momento pensaba que por nada del mundo volviera a haber otra guerra civil en España.

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