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Francisco García Pérez opinador

Lo que hay que oír

Francisco García Pérez

Los culpables son los profes

La irresponsabilidad frente al virus

Pues ya me toca las narices que se me tenga a mí por culpable de la pandemia. En la cola del súper, pude oír a un trío de consumidoras –abstinente por completo de la distancia física prescrita− resumir así la causa de los pavorosos contagios en fiestas y otros botellones: “No es solo cosa de los jóvenes, que te lo digo yo. También de gente mayor. Mira las terrazas de las cafeterías y la gente fumando y sin mascarillas”. Añadió la segunda: “Padres gochos, hijos marranos. No sé lo que les aprendieron en el instituto…”. Terció la tercera: “La culpa es de los profesores de los institutos, que no les enseñaron ni educación ni respeto ni solidaridad ni nada”. La culpa, pues, es mía y de mis compañeros de profesión.

“El Sistema de Poder invirtió en ignorancia. Ahorrando, conseguía menos críticos y más rebaño. Invirtió en permisividad total, en mimo al pobrecito alumno, lleno de razón siempre y de suspensos nunca”

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Falso. La irresponsabilidad grupal e individual que observamos frente al virus no es culpa de los profesores de la pública, solo faltaba. Es ─justo al contrario─efecto directo de un Poder o Sistema, cuyos mandamases decidieron durante la década final del siglo XX crear para el XXI consumidores en vez de ciudadanos, anulando –precisamente y como primer paso− la función enseñante de los profesores. Así que pusieron su maquinaria a trabajar en forma de menos tiempo para impartir clase y más para papeleo, papeleo y papeleo inútil. En forma de siglas y siglas vacuas: CCP, JE, JPE, CE, PE… docenas. En forma de menoscabo de autoridad y supresión de capacidad decisoria de esos profes. En forma de adulación descarada a tantos papis y mamis que aceptaron gustosos el chollo de que todo el monte educacional era orégano suyo, de que quedaban liberados de la trabajosa y responsable educación integral del chico, ya no cosa de casa sino solo de la escuela. En forma de no pocos neopedagogos que venían altivos a enseñarnos cómo había que enseñar, mediante cursos curriculares y cursillos curricularillos con tal de huir ellos de la tiza y la chavalería, dos cosas tan engorrosas. Eran los bautistas proféticos de una educación posmoderna y avanzadísima, pimpollos y pimpollas que o no habían dado clase en su vida o habían dado clase allá por la prehistoria. Eran como aquel parroquiano que no paraba de hablar de Stendhal (cortesía de Iñaki Uriarte la cita) y al que alguien preguntó: “¿Pero ha leído usted a Stendhal?, a lo que respondió, tan tranquilo: Hombre, claro. Bueno, personalmente, no, pero...”. Yo les preguntaba: Pero ¿han entrado, estimados neopedagogos sabelotodo, en un aula de adolescentes de estos años?, a lo que respondían tan tranquilos: ‘Hombre, claro. Bueno, personalmente, no, pero...’. Eran los funcionarios de las estadísticas de aprobados, del índice de fracasos escolares y otras zarandajas varias muy bien vestidas de palabrería. Implementaban y articulaban y hablaban neoespañol y valían tanto para la LOGSE como para la LOE, la LOMCE y otras leyes de chiste (¿recuerdan la de Wert?).

En fin, lo que el Poder ordenara para que el profe no fuese profe, el alumno tampoco alumno sino futuro consumidor, y los papás consumistas consumidores exigentes, ya exentos de responsabilidad alguna de crianza. El Sistema de Poder quería ver a los profes rellenando y rellenando papeles y papeles, so pena de expediente al canto. Nada de dando clase. Como consideraba que la educación era cara, invirtió en ignorancia. Ahorrando, conseguía menos críticos y más rebaño. Invirtió en permisividad total, en mimo al pobrecito alumno, lleno de razón siempre y de suspensos nunca, enfrentada la criatura a unos malvados y siniestros profes, empeñados en enseñarles Literatura y Aritmética y hasta Historia y Geografía y otras Humanidades.

Pues ahí los tienen ahora: amorales insolidarios muchos, tengan 20, 30, 40, 50 o la edad que fuere. Lampando por consumir y no privarse de nada, luciendo muy a gala su ignorancia en TikTok u otras redes, haciendo verdad el dicho (gracias de nuevo, Uriarte): “Si la posteridad fuera un lugar, habría en ella más gente oyendo cantar a El Fary que escuchando a Kant”.

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