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Alberto Barciela

La inexactitud de las masas

Joaquín Ruiz-Giménez fue embajador en el Vaticano (1948-1951) durante las negociaciones de Concordato. Su mayor sorpresa fue que, durante su primer encuentro con la más alta curia vaticana, le preguntaron: ¿Usted cree en Dios o está en el secreto? La anécdota me la relató una buena amiga, Anna Balletbò, periodista y política española, presidenta de la Fundación Internacional Olof Palme.

De una u otra forma, la democracia, con sus injustos y sus ángeles, nos salvó. Pero ahora, en plena descreencia populista, puede que nos condene. Los pecados de algunos son mortales de necesidad, inconfesables.

En democracia, el sentido de acierto de los muchos es difícil de refutar. La consideración es que, más que posible, la equivocación colectiva actual es evidente. La razón de las mayorías es un reconocimiento democrático que eleva el debate hasta convertirlo en un enigma de eficacia.

Nadie podrá cuestionar que el voto conjunto, resuelto por la mejorable Ley D́Ont, nos enfrenta a la responsabilidad de una democracia perfectible. Hay que aceptar la inexactitud de las decisiones en masa. Quizás, como ironizaba durante la Transición un buen amigo, Enrique Suárez Noche, seguimos siendo demócratas de granja y como en el Covid esperamos que el efecto rebaño rectifique lo que políticos, juristas y consultores son incapaces de corregir o de perfeccionar mientras ignoramos la evolución de un mundo global.

Un sistema más racional tiene que ser posible, como la construcción de consensos saludables.

Hace miles de años que el mundo descubrió la democracia. En la España de hoy, tras 42 años de la Constitución de 1978, se muestra cansada, desmejorada. Dicen que a escala mundial lo están las mismas ideologías. Es como si los estilos clásicos no hubiesen evolucionado, como si ignorásemos un necesario Renacimiento del ser ciudadano o que un Trump pueda alcanzar una presidencia.

No confiemos nuestro futuro ni al oráculo ni a la serendipia –a un posible hallazgo valioso que haya de producirse de manera accidental o casual, como el descubrimiento de la penicilina–.

A la vista de los acontecimientos, en una época en la que la historia corre más deprisa que los seres humanos, quizás haya que ir desvelando algún misterio, como ya hizo el admirado Olof Palme: “Los seres humanos encontrarán una situación equilibrada cuando hagan cosas buenas no porque Dios lo diga, sino porque tienen ganas de hacerlas”.

*Este artículo forma parte del proyecto manifiesto Ibérico. Destino Europa

**Periodista

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