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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Personalidades y personajes

Una oleada de dirigentes que parecen haberse formado en el negocio del espectáculo está revolucionando el mundo. Un día es Donald Trump el que se enfada porque no le quieren vender Groenlandia y al siguiente es Boris Johnson quien anuncia que sacará al Reino Unido de la UE por lo civil o por lo criminal. En manos y bocas así está el destino del planeta.

Gracias a ellos y a la reciente incorporación del brasileiro Jair Bolsonaro a este club, las cumbres del G-7, antes tan serias y aburridas, se han convertido en alegres reuniones donde se critica a la señora del vecino. Aunque el vecino sea en este caso el mismísimo anfitrión del evento, Emmanuel Macron.

Son personalidades al mando de grandes o medianas potencias que, sin embargo, han devenido en personajes del show business, cuando no de ópera bufa. Tanto es así que la nota de seriedad tiene que ponerla el chino Xi Jinping, un comunista inesperadamente convertido en el apóstol del libre comercio frente al rancio proteccionismo del emperador Trump. Aunque sea a este último a quien, en teoría, le corresponde en el reparto el papel de paladín del capitalismo sin barreras.

Coinciden todos ellos en ser gente ceñuda y de fácil exabrupto que, a pesar de la gravedad del gesto, desatan a menudo la hilaridad del público con sus salidas de tono.

Antes de mostrar sus propósitos inmobiliarios sobre Groenlandia, por ejemplo, el presidente americano había hecho ya famosa su costumbre de gobernar a golpe de tuit. A esa revolucionaria innovación hay que añadir sus opiniones sobre la mejor técnica para abordar a las señoras cogiéndolas por salva sea la parte. O su intención -aún no ejecutada- de levantar un muro en la frontera con México y hacérselo pagar a los mexicanos.

El británico Johnson, que comparte con Trump un flequillo rubio producto "del azar y de las fuerzas de la Naturaleza", según su propia interpretación, es también un gobernante perito en extravagancias. El actual líder del Brexit se declaró en 2003 "fanático de la Unión Europea". "Si no existiera, habría que inventarla", dijo, sin que se le moviese un pelo, ante la Cámara de los Comunes. En otra ocasión motivó a su electorado asegurando que votar al Partido Conservador "hará que su esposa tenga los pechos más grandes e incrementará sus posibilidades de comprar un BMW".

Mucho menos gracioso, pero humorista a su pesar, el brasileño Bolsonaro no ha dudado en atribuir a la "libertad" y a "las mujeres que trabajan" el aumento del número de homosexuales que, según sus cálculos, está experimentando el país de la samba.

Siempre ha habido gobernantes atrabiliarios, desde luego. El ya fallecido presidente de Turkmenistán, Saparmurat Nizayov, tuvo, por ejemplo, la ocurrencia de prohibir por ley las enfermedades infecciosas; aunque ni bacterias ni virus le hiciesen el menor caso. Y el jefe del Estado Novo portugués, Oliveira Salazar, vetó a su vez la Coca Cola, convencido de que, bajo su apariencia inofensiva, ese refresco contenía algún tipo de sustancia estupefaciente.

La diferencia con la situación actual reside, como es obvio, en que aquellos eran gobernantes de países de escasa influencia en el mundo. Inquieta más ver aupada al mando del imperio americano y del antiguo imperio británico a una pareja de involuntarios humoristas como Trump y Johnson. Las risas, mejor para la comedia.

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