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De vuelta y media

El Kursaal Galicia Pasó por ser el café-concert más golfo de su tiempo y cobijó el juego prohibido, pero la leyenda superó la realidad

Si el Royalty tomó el relevo del Español a finales de la década de1910, igualmente a principios de la década de 1920 el Kursaal sucedió al Royalty, aunque en abierta competencia con el Carrillo y La Armonía. Unos y otros compusieron el cuadro de honor de los café-concierto más famosos de esta ciudad en el primer tercio del siglo XX.

Al mediodía del viernes 11 de agosto de 1922, víspera del inicio de las Fiestas de la Peregrina, tuvo lugar la inauguración del café-concierto Kursaal Galicia -aunque luego fue el Kursaal a secas- en un amplio bajo de la calle de la Oliva, frente la Casa de Correos y Telégrafos, todavía en construcción.

El acto resultó un éxito, la orquesta del maestro Taboada puso la nota musical y el establecimiento recibió el aplauso unánime. La prensa del día siguiente habló de un amplio salón montado con gran lujo y exquisito confort, dotado de todas las comodidades, y situado en un lugar muy céntrico.

No importó mucho a sus propietarios, los señores Durán y Pousa, que La Armonía de los hermanos Lamas Fernández en el número 30 de la calle Riestra, adelantara su apertura al domingo 30 de julio. Pronto se enzarzaron ambos cafés-concert en una dura pugna que terminó por decantarse a favor del Kursaal, puesto que estuvo más tiempo en candelero.

Como la inauguración del local resultó un tanto precipitada, el Kursaal empezó solo como café y tardó un mes en adquirir la condición de concert.

La canzonetista Merceditas Marín estrenó su escenario el 17 de septiembre y tuvo una presentación triunfal. Dos días después, la cartelera que anunciaba su programación en el exterior del local se amplió con el debut de la cupletista Ketita Tesoro. Ambas compartieron escenario hasta final de mes, cuando tomó su relevo Pepita Domínguez. Vicente Cardama fue su primer pianista de acompañamiento.

Unas grandes cristaleras opacas y protegidas por amplios cortinones, impedían cualquier visión del interior del Kursaal. La imaginación era libre para suponer lo que pasaba y lo que no pasaba. Así comenzó a escribirse su leyenda como lugar de perdición, aunque los cronistas más modernos rebajaron mucho la generosidad de escotes y muslos de las cupletistas. La cosa no era para tanto.

Los chavales más avispados no tardaron mucho tiempo en descubrir un pequeño huequecito que permitía una efímera visión del interior del establecimiento. Al igual que sobre otras cuestiones de gran trascendencia, Rafael Landín levantó acta testimonial por experiencia propia.

"La primera audacia -contó en una crónica sobre los viejos cafés- consistía en pasear por la Oliva, como si tal cosa, y al pasar junto al Kursaal, echar una rápida ojeada por el agujerito. La licenciatura se conseguía entrando por el portal, disimilando con que se iba al dentista, y colándose a un reservado. Solo se graduaban de doctor los que entraban con naturalidad por la puerta de la calle".

El 1 de enero de 1923, el Kursaal acogió su primera juerga sonada, que después corrió de boca en boca por toda la ciudad. Manuel Lorán Montes, opulento capitalista de familia distinguida, celebró su onomástica por todo lo alto con una cena en el Hotel Progreso y todos los asistentes ya bien entonados continuaron la fiesta en aquel café-concierto. Allí se armó la marimorena. El integrante de la pandilla con mayor graduación etílica subió al escenario, se puso algunas ropas de Lolita Vargas, la artista invitada aquel día, y cantó con ella ante el despiporre general.

El Kursaal abrió siempre desde el año siguiente un paréntesis como café-concierto entre febrero y marzo para transformarse en sala de baile durante una semana y sumarse a las fiestas del carnaval que organizaban las sociedades recreativas, desde La Peña hasta el Liceo Casino.

Dos bailes de máscaras y uno de piñata -domingo, martes y domingo- compusieron su programa tradicional. Nunca faltaba un soberbio ambigú "sin subir los precios". Y la orquesta del maestro Ruíz tuvo a su cargo habitualmente la animación de aquellos bailes, que se prolongaban "hasta el último minuto que consienta la autoridad gubernativa".

El ventrílocuo Fregolín protagonizó en 1933 la primera y notable excepción que hizo el Kursaal, dentro de su habitual línea picantilla, para dar cabida a la actuación de un artista de otra dimensión. Fregolín ya había actuado con éxito unos años antes en el Teatro Principal y su fama no había hecho más que crecer en toda España, sobre todo gracias al Tío Roque, un muñeco que gozaba de la simpatía general.

Precisamente aquel mismo año, el Kursaal echó la casa por la ventana cuando llegó a ofrecer en su cartelera la actuación diaria de ocho artistas diferentes: Dorita García, Soledad Blanco, Maruja Sánchez, Pepita Piche, Aura Urigote, Fernanda Sánchez y las Hermanas Araceli.

Con eso y con todo, su golpe de efecto más sonado aún estaba por llegar y se materializó a lo largo de 1934: el anuncio en un periódico local de la artista invitada, con foto incluida.

El País, diario republicano editado bajo el lema "libertad, igualdad y fraternidad", cometió tamaña osadía el 16 de enero, con motivo del debut de Remi Elsa. La cantante lucía una sugerente pose, pero nada más; cualquier otra cosa ya dependía de la imaginación del lector.

Probablemente fue la primera vez que un anuncio semejante apareció en .la prensa editada en esta ciudad y se mantuvo durante varios días. Al año siguiente, el Kursaal repitió la experiencia con el bello rostro de Rosita Linares, pero se cuidó mucho de cualquier otro atrevimiento.

Blanquita Mora, "la estrella de la frivolidad", quizá resultó la última cantante que pasó por su escenario antes de estallar la Guerra Civil. Al menos fue la última que mereció una reseña periodística.

Seguramente, la leyenda superó la realidad de todo lo que pasaba cortinas adentro del mítico café-concert, y quizá lo peor fue que cobijó el juego prohibido que nunca llegó a erradicarse, pese a las campañas policiales.

Pasado el tiempo, la popular Droguería Godoy se estableció en el local del Kursaal Galicia tras pasar antes por la calle Michelena.

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